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Autobiografia de un Yogui
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Capítulo Dieciséis

Burlando a las Estrellas

   “Mukunda, ¿por qué no te pones un brazalete astrológico?”.

   “¿Para qué, Maestro? No creo en la Astrología”.

   “No es una cuestión de creer; la única actitud científica que se puede adoptar respecto a cualquier tema es ver si es verdad o no. La ley de la gravedad actuaba con tanta eficacia antes de Newton como después de él. El cosmos sería verdaderamente caótico si sus leyes no pudieran obrar sin la sanción de la creencia humana.

   “Los charlatanes han llevado la ciencia de las estrellas a su presente estado de desprestigio. La Astrología es demasiado amplia, tanto matemática1 como filosóficamente, para ser comprendida correctamente excepto por hombres de profundo entendimiento. Que los ignorantes malinterpreten los cielos y vean en ellos garabatos en vez de escritura, es lo que puede esperarse de este imperfecto mundo. No se debería rechazar la sabiduría junto con el ‘sabio’.

   “Las distintas partes de la creación están conectadas entre sí e intercambian sus influencias. El ritmo equilibrado del universo tiene sus raíces en la reciprocidad”, continuó mi gurú. “El hombre, en su aspecto humano, tiene que combatir a dos clases de fuerzas, en primer lugar los tumultos interiores de su ser, causados por la mezcla de los elementos tierra, agua, fuego, aire y elementos etéreos; en segundo lugar, los poderes desintegradores de la naturaleza. Mientras el hombre luche con su mortalidad, estará afectado por las miriadas de mutaciones del cielo y la tierra.

   “La Astrología es el estudio de la respuesta del hombre a los estímulos planetarios. Las estrellas no tienen conciencia de benevolencia ni de animosidad; simplemente emiten radiaciones positivas y negativas. Por sí mismas, éstas ni ayudan ni hieren a la humanidad, pero ofrecen un canal legítimo para que opere el equilibrio causa-efecto exterior, que cada hombre ha puesto en movimiento en el pasado.

   “Un niño nace el día y a la hora en que los rayos celestes están en armonía con su karma individual. Su horóscopo es un retrato que lleva implícito un reto, revela su pasado inalterable y sus probables consecuencias en el futuro. Pero la carta natal sólo puede ser interpretada correctamente por hombres de sabiduría intuitiva; que son pocos.

   “El mensaje, anunciado a bombo y platillo por todo el cielo en el momento del nacimiento, no tiene por objeto recalcar el destino, el resultado de un pasado bueno o malo, sino despertar el deseo humano de escapar de la esclavitud universal. Él puede deshacer lo que hizo. Sólo él fue el instigador de las causas cuyos efectos son ahora dominantes en su vida. Puede superar cualquier limitación porque fue él quien la creó en primer lugar, como consecuencia de sus propios actos, y porque tiene recursos espirituales que no están sujetos a la presión planetaria.

   “El temor supersticioso a la Astrología convierte a las personas en autómatas, dependiendo servilmente de una dirección mecánica. El hombre sabio vence a sus planetas, es decir, a su pasado, transfiriendo su lealtad de la creación al Creador. Cuanto más consciente sea de su unidad con el Espíritu, menos será dominado por la materia. El alma es siempre libre; es inmortal, porque no tiene nacimiento. No puede ser regida por las estrellas.

   “El hombre es alma y tiene un cuerpo. Cuando sitúa adecuadamente su sentido de identidad, deja tras sí los patrones compulsivos. Mientras permanezca confuso en su estado ordinario de amnesia espiritual, conocerá las cadenas sutiles de la ley del ambiente.

   “Dios es armonía; el devoto que está en sintonía jamás realizará un acto equivocado. Sus actividades, de forma natural y correcta, estarán de acuerdo con la ley astrológica. Tras profunda oración y meditación, está en contacto con su conciencia divina; no existe poder mayor que la protección interior”.

   “Entonces, querido Maestro, ¿por qué quiere que lleve un brazalete astrológico?”. Aventuré esta pregunta después de un largo silencio, durante el cual estuve intentando asimilar la notable exposición de Sri Yukteswar.

   “Sólo cuando el viajero ha llegado a la meta está justificado que confeccione un mapa. Durante el viaje, se aprovecha de cualquier atajo que le resulte útil. Los antiguos rishis descubrieron muchas formas de acortar el periodo de exilio que el hombre pasa en el engaño. Existen ciertos elementos mecánicos en la ley del karma que pueden ser hábilmente regulados por los dedos de la sabiduría.

   “Todas las enfermedades humanas proceden de la trasgresión de la ley universal. Las escrituras señalan que el hombre debe acatar las leyes de la naturaleza, sin dudar de la omnipotencia divina. Debe decir: ‘Señor, confío en Ti y sé que puedes ayudarme, pero también quiero poner todo de mi parte por deshacer los errores que cometí’. Los efectos adversos de los errores del pasado pueden minimizarse o anularse por distintos medios, la oración, la fuerza de voluntad, la meditación yoga, consultando a los santos, utilizando brazaletes astrológicos.

   “Así como una casa debe equiparse de una barra de cobre para absorber las descargas de los rayos, así el templo corporal puede sacar provecho de distintas medidas protectoras. Hace mucho tiempo, los yoguis descubrieron que los metales puros emiten una luz astral que tiene el poder de contrarrestar la atracción negativa de los planetas. Por el universo circulan constantemente sutiles radiaciones eléctricas y magnéticas; cuando el cuerpo del hombre está siendo traído a la existencia, no lo sabe; cuando está siendo desintegrado, continúa en la ignorancia. ¿Puede hacer algo al respecto?

   “Este problema mereció la atención de nuestros rishis; vieron que era útil, no sólo una combinación de metales, sino también de plantas y, todavía mejor, de joyas sin defectos, de no menos de dos quilates. El uso preventivo de la Astrología apenas ha sido estudiado seriamente fuera de la India. Un hecho poco conocido es que las joyas, metales o preparaciones de plantas apropiados, carecen de valor si no tienen el peso adecuado y si el agente correctivo no se lleva en contacto con la piel”.

   “Señor, por supuesto seguiré su consejo y llevaré un brazalete. ¡Me fascina la idea de burlar a un planeta!”.

   “Para propósitos generales aconsejo el uso de un brazalete de oro, plata y cobre. Pero por un motivo concreto, quiero que lleves uno de plata y plomo”. Sri Yukteswar añadió algunas cuidadosas instrucciones.

   “Guruji, ¿a qué ‘motivo concreto’ se refiere?”.

   “Las estrellas están tomando un interés poco amistoso en ti, Mukunda. No temas; serás protegido. Dentro de aproximadamente un mes tu hígado te causará problemas. Está previsto que la enfermedad dure seis meses, pero el uso de un brazalete astrológico reducirá el tiempo a veinticuatro días”.

   Al día siguiente busqué a un joyero y pronto comencé a llevar el brazalete. Mi salud era excelente; la predicción del Maestro se borró de mi mente. Él dejó Serampore para visitar Benarés. Treinta días después de nuestra conversación, sentí repentinamente dolor en la zona del hígado. Las semanas siguientes fueron una pesadilla de dolor insoportable. No queriendo molestar a mi gurú, creí que soportaría la prueba solo, valientemente.

   Pero veintitrés días de tortura debilitaron mi resolución; tomé el tren para Benarés. Allí Sri Yukteswar me recibió con un calor inusual, pero no me dio la oportunidad de hablarle en privado de mi aflicción. Aquel día visitaron al Maestro muchos devotos, simplemente para recibir su darshan.2 Enfermo y abandonado, me senté en un rincón. Sólo después de la cena se fueron todos los visitantes. Mi gurú me llamó al balcón octogonal de la casa.

   “Debes haber venido por tu trastorno del hígado”. La mirada de Sri Yukteswar era esquiva; paseaba arriba y abajo, interceptando de vez en cuando la luz de la luna. “Veamos, llevas enfermo veinticuatro días, ¿no?”.

   “Sí, señor”.

   “Haz por favor el ejercicio del estómago que te enseñé”.

   “Maestro, si supiera usted hasta qué punto sufro, no me pediría que hiciera ejercicio”. No obstante hice un débil intento por obedecerle.

   “Dices que tienes dolor; yo digo que no lo tienes. ¿Cómo puede existir tal contradicción?”. Mi gurú me miró inquisitivamente.

   Me sentí aturdido y a continuación invadido por un alivio feliz. No volví a sentir el tormento continuo que me mantuvo casi insomne durante semanas; ante las palabras de Sri Yukteswar, la agonía se desvaneció como si nunca hubiera existido.

   Empecé a arrodillarme a sus pies en agradecimiento, pero me lo impidió con rapidez.

“No seas infantil. Levántate y disfruta de la belleza de la luna sobre el Ganges”. Pero los ojos del maestro brillaban felices cuando me puse a su lado en silencio. Por su actitud, comprendí que deseaba que yo sintiera que no había sido él, sino Dios, el Sanador.

   Todavía ahora llevo el pesado brazalete de plata y plomo, un recuerdo de aquel día, pasado hace mucho tiempo y siempre entrañable, en que volví a descubrir que estaba viviendo con un personaje que era realmente un superhombre. En ocasiones posteriores, cuando llevaba a mis amigos a Sri Yukteswar para que los curara, invariablemente les recomendaba joyas o el brazalete, ensalzando su uso como un acto de sabiduría astrológica.

   Yo había tenido prejuicios contra la Astrología desde la niñez, en parte porque observé que mucha gente se apegaba servilmente a ella y en parte debido a una predicción hecha por el astrólogo de la familia: “Te casarás tres veces, enviudando dos”. Le daba vueltas a este asunto, sintiéndome como una cabra en espera de ser sacrificada en el templo del triple matrimonio.

   “Debes resignarte a tu destino”, observaba mi hermano Ananta. “Tu horóscopo escrito dice certeramente que huirías de casa hacia el Himalaya durante tus primeros años, pero que volverías perdonado. El pronóstico de tus matrimonios tiene que ser también verdad”.

   Una noche tuve la clara intuición de que la profecía era totalmente falsa. Prendí fuego al manuscrito del horóscopo, colocando las cenizas en una bolsa de papel en la que escribí: “Las semillas del karma pasado no pueden germinar si se tuestan en el fuego de la sabiduría divina”. Puse la bolsa en un lugar bien visible; Ananta leyó inmediatamente mi desafiante comentario.

   “No puedes destruir la verdad con tanta facilidad como has quemado este manuscrito de papel”. Se rió mi hermano con desdén.

   Es cierto que en tres ocasiones, antes de alcanzar la mayoría de edad, mi familia intentó concertar mi compromiso matrimonial. En todas ellas me opuse a sus planes,3 sabiendo que mi amor por Dios era más imperioso que cualquier persuasión astrológica del pasado.

   Alguna vez dije a los astrólogos que escogieran mis periodos más desfavorables, según las indicaciones planetarias, y a pesar de ello realicé los cometidos que me había propuesto. Es cierto que mi éxito en tales casos vino acompañado de dificultades extraordinarias. Pero mi convicción se ha visto siempre justificada: la fe en la protección divina y el uso correcto de la voluntad que Dios concedió al hombre, son fuerzas imponentes, mucho mayores que aquéllas que pueda reunir ninguna “bola de cristal”.

   Terminé comprendiendo que la inscripción que se graba en las estrellas cuando nacemos no dice que el hombre sea un muñeco de su pasado. Antes bien, es un aguijón para nuestro orgullo; los cielos intentan despertar la determinación del hombre a liberarse de toda limitación. Dios creó al hombre como un alma, dotada de individualidad, por tanto esencial en la estructura universal, ya sea en el papel transitorio de pilar o de parásito. Su libertad es definitiva e inmediata, si así lo desea; depende de victorias interiores, no externas.

   Sri Yukteswar descubrió la aplicación matemática de un ciclo equinoccial de 24000 años para la era actual.4 El ciclo se divide en un Arco Ascendente y un Arco Descendente de 12000 años cada uno. Cada Arco comprende cuatro Yugas o Eras, llamadas Kali, Dwapara, Treta y Satya, que corresponden a la idea griega de las Eras de Hierro, Bronce, Plata y Oro.

   Por medio de diversos cálculos, mi gurú determinó que el último Kali Yuga, o Edad de Hierro, del Arco Ascendente, comenzó alrededor del año 500 d.C. La Edad de Hierro, de 1200 años de duración, es una etapa de materialismo; terminó hacia el año 1700 d.C. En ese año se pasó a Dwapara Yuga, un periodo de 2400 años de desarrollo de la electricidad y la energía atómica; la era del telégrafo, la radio, los aviones y otros supresores del espacio.

   El periodo de 3600 años de Treta Yuga, comenzará el año 4100 d.C. Esta era estará marcada por el conocimiento, a nivel general, de las comunicaciones telepáticas y otros supresores del tiempo. Durante los 4800 años de Satya Yuga, última era del arco ascendente, la inteligencia del hombre estará completamente desarrollada; los seres humanos trabajarán en armonía con el plan divino.

   A continuación comenzará5 un arco descendente de 12000 años, que empezará con una Edad de Oro descendente de 4800 años; el hombre se hundirá gradualmente en la ignorancia. Estos ciclos son las vueltas eternas de maya, los contrastes y relatividades del universo fenoménico.6 Los hombres, individualmente, escapan de la prisión de la dualidad de la creación a media que despiertan a la conciencia de su ininterrumpida unidad divina con el Creador.

   El Maestro expandió mi comprensión, no sólo de la Astrología, sino de las escrituras mundiales. Colocando los textos sagrados en la impecable mesa de su mente, era capaz de diseccionarlos con el escalpelo del razonamiento intuitivo y de separar los errores y las interpolaciones de los eruditos de las verdades tal como habían sido expresadas originalmente por los profetas.

   “Fija la vista en la punta de la nariz”. Esta errónea interpretación de una estrofa del Bhagavad Gita,7 ampliamente aceptada por los estudiosos orientales y los traductores occidentales, solía despertar la crítica divertida del Maestro.

   “El sendero de un yogui ya es suficientemente singular tal como es”, señalaba. “¿Para qué aconsejarle además que sea bizco? El verdadero significado de nasikagram es ‘el origen de la nariz’, no ‘la punta de la nariz’. La nariz comienza en el entrecejo, el asiento de la visión espiritual”.8

   A consecuencia del aforismo Sankhya,9Iswar-ashidha”, “El Señor de la Creación no puede deducirse” o “Dios no se demuestra”,10 muchos estudiosos consideran la Filosofía en su conjunto ateísta.

   “El verso no es nihilista”, explicaba Sri Yukteswar. “Significa simplemente que para el hombre sin iluminación, que depende de los sentidos para hacer sus juicios, la prueba de Dios queda fuera de su alcance y, por tanto, Dios es no-existente. Los verdaderos seguidores del Sankhya, con una percepción profunda, nacida de la meditación, comprenden que el Señor es tanto existente como conocible”.

   El Maestro explicaba la Biblia cristiana con una bella claridad. De mi gurú hindú, desconocido en la lista de los miembros de la Cristiandad, aprendí a percibir la esencia inmortal de la Biblia y a comprender la verdad de la afirmación de Cristo, sin duda la más apasionantemente intransigente que jamás se ha pronunciado: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.11

   Los grandes maestros de la India moldean sus vidas en los mismos devotos ideales que animaban a Jesús; esos hombres son sus parientes: “Quien cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”.12 “Si seguís mi palabras”, señaló Cristo, “sois en verdad mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”.13 Todos ellos libres, dueños de sí mismos, los Cristos-Yoguis de la India son parte de la fraternidad inmortal: quienes han alcanzado el liberador conocimiento del Padre Único.

   “¡La historia de Adán y Eva me resulta incomprensible!”, observé con gran calor un día, en mis primeras luchas con la alegoría. “¿Por qué Dios no castigó sólo a la pareja culpable, sino también a las generaciones inocentes todavía no nacidas?”.

   Al Maestro le divirtió más mi vehemencia que mi ignorancia. “El Génesis es profundamente simbólico y no puede tomarse al pie de la letra”, explicó. “El ‘árbol de la vida’ es el cuerpo humano. La médula espinal es como un árbol invertido, el pelo del hombre son sus raíces y los nervios aferentes y eferentes sus ramas. El árbol del sistema nervioso produce muchos frutos agradables, o sensaciones de la vista, el sonido, el olfato, el gusto y el tacto. El hombre puede disfrutar de ellas legítimamente; pero se le prohibió la experiencia del sexo, la ‘manzana’, situada en el centro del jardín corporal.14

   “La ‘serpiente’ representa la energía espinal enrollada que estimula los nervios sexuales. ‘Adán’ es la razón y ‘Eva’ el sentimiento. Cuando la emoción o conciencia-Eva del ser humano se ve dominada por el impulso sexual, su razón o Adán, sucumbe también.15

   “Dios creó la especie humana materializando los cuerpos del hombre y la mujer por medio de Su fuerza de voluntad; dotó a la nueva especie del poder de crear hijos de la misma forma ‘inmaculada’ o divina.16 Dios hizo los primeros cuerpos humanos, llamados simbólicamente Adán y Eva, porque hasta entonces Su manifestación en el alma individual estaba restringida a los instintos limitantes de los animales y carecía de las potencialidades de la razón plena. Para que tuvieran una evolución ascendente favorable, les transfirió las almas o esencia divina de dos animales.17 En Adán, u hombre, predominaba la razón; en Eva, o mujer, era dominante el sentimiento. Así se expresó la dualidad o polaridad que subyace en los mundos fenoménicos. La razón y el sentimiento se mantienen en un cielo de cooperación feliz mientras la mente humana no es engañada por la energía serpentina de las tendencias animales.

   “Así pues, el cuerpo humano no es únicamente el resultado de la evolución desde los animales, sino que fue hecho por un acto creativo especial de Dios. Las formas animales eran demasiado toscas para expresar totalmente la divinidad; el ser humano fue dotado excepcionalmente de una tremenda capacidad mental, el ‘loto de los mil pétalos’ del cerebro, así como de centros extremadamente despiertos en la espina dorsal.

   “Dios, o Conciencia divina presente en la primera pareja creada, les aconsejó disfrutar de la sensibilidad humana, pero no concentrarse en las sensaciones del tacto.18 Éstas se prohibieron para evitar el desarrollo de los órganos sexuales, que atraparían a la humanidad en la red de los métodos animales e inferiores de propagación. La advertencia de no reavivar los recuerdos animales presentes en el subconsciente, no fue escuchada. Reasumiendo los medios de la procreación animal, Adán y Eva cayeron del estado de alegría celestial que era natural en el perfecto primer hombre.

   “El conocimiento de ‘el bien y el mal’ se refiere a la compulsión cósmica dual. Cayendo bajo la influencia de maya, por el uso erróneo del sentimiento y la razón, o conciencia de Eva y Adán, el hombre renunció a su derecho a entrar en el jardín celestial de la autosuficiencia divina.19 Es responsabilidad personal de todo ser humano devolver la naturaleza de sus ‘padres’, o naturaleza dual, a la armonía unificada o Edén”.

   Cuando Sri Yukteswar terminó su exposición, contemplé las páginas del Génesis con un respeto nuevo.

“Querido Maestro”, dije, “¡por primera vez siento una verdadera obligación filial hacia Adán y Eva!”.

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1 A partir de las referencias astronómicas de las antiguas escrituras hindúes, los estudiosos han sido capaces de determinar correctamente las fechas en que fueron escritas. El conocimiento científico de los rishis era enorme; en el Kaushitaki Brahmana hay precisos pasajes astronómicos que muestran que, en el año 3100 a.C., los hindúes estaban muy avanzados en Astronomía, la cual tenía valor práctico para determinar los momentos propicios para las ceremonias astrológicas. En el artículo de East-West de Febrero de 1934, se da el siguiente resumen del Jyotish o tratado de Astronomía védica: “Contiene la tradición científica que mantuvo a la India al frente de las naciones antiguas y la convirtió en la meca de los buscadores de conocimiento. El antiquísimo Brahmagupta, una de las obras del Jyotish, es un tratado de Astronomía que recoge temas como el movimiento heliocéntrico de los cuerpos planetarios de nuestro sistema solar, la oblicuidad de la eclíptica, la forma esférica de la tierra, la reflexión de la luz de la luna, la revolución axial diaria de la tierra, la presencia de estrellas fijas en la Vía Láctea, la ley de la gravedad y otros hechos científicos que no alborearon en el mundo occidental hasta los tiempos de Copérnico o Newton”.

Actualmente se sabe que la llamada “Numeración árabe”, sin cuyos símbolos son difíciles las matemáticas avanzadas, llegó a Europa en el siglo IX, a través de los árabes, desde la India, donde se había formulado este sistema de notación en la Antigüedad. Puede encontrarse más luz sobre la vasta herencia científica de la India en History of Hindu Chemistry, del Dr.P.C.Ray y en Positive Sciencies of the Ancient Hindus del Dr.B.N.Seal. Volver

2 La bendición que fluye simplemente ante la vista de un santo. Volver

3 Una de las jóvenes que mi familia eligió como posible novia para mí se casó más tarde con mi primo, Prabhas Chandra Ghose. Volver

4 En la revista East-West (Los Ángeles), en los números comprendidos entre Septiembre de 1932 y Septiembre de 1933, apareció una serie de trece artículos recogiendo pruebas históricas de la teoría de los Yugas de Sri Yukteswar. Volver

5 En el año 12500 d.C. Volver

6 Las escrituras hindúes sitúan la actual edad del mundo en Kali Yuga, dentro de un ciclo universal mucho más largo que los 24000 años del ciclo equinoccial del que se ocupó Sri Yukteswar. El ciclo universal de las escrituras es de 4.300.560.000 años de duración y mide un Día de la Creación o el tiempo de vida asignado a nuestro sistema planetario en su forma actual. Esta enorme cifra fue dada por los rishis en base a la relación entre la duración de un año solar y un múltiplo de Pi (3,1416, la relación entre el radio de la circunferencia y el diámetro del círculo).

La extensión del universo, según los profetas antiguos, es de 314.159.000.000.000 años solares, o “Una Era de Brahma”.

Los científicos estiman que la edad actual de la tierra es de alrededor de dos billones de años, basando sus conclusiones en un estudio de las +bolsas de plomo que quedan en las rocas como resultado de la radioactividad. Las escrituras hindúes declaran que una tierra como la nuestra se disuelve por una de estas dos razones: los habitantes en su conjunto se vuelven completamente buenos o completamente malos. La mente mundial genera así un poder que libera los átomos atrapados en forma de tierra.

De vez en cuando se publican alarmantes declaraciones con respecto al inminente “fin del mundo”. La última predicción del juicio final fue hecha por el Rev. Chas. G. Long, de Pasadena, que anunció el “Día del Juicio” para el 21 de Septiembre de 1945. Los periodistas del United Press me pidieron mi opinión; les expliqué que los ciclos del mundo siguen una progresión ordenada de acuerdo a un plan divino. No hay ninguna disolución de la tierra a la vista; nuestro planeta, en su forma actual, todavía tiene en reserva dos billones de años de ciclos equinocciales ascendentes y descendentes. Las cifras dadas por los rishis para las distintas edades del mundo merecen ser cuidadosamente estudiadas en Occidente; la revista Time (17 de Diciembre de 1945, p.6), les llama “estadísticas tranquilizadoras”. Volver

7 Capítulo VI:13. Volver

8 “La luz del cuerpo es el ojo: por eso cuando tu ojo es único, todo tu cuerpo se llena de luz; pero cuando tu ojo es malo, el cuerpo se llena de oscuridad. Por eso ten cuidado de que la luz que hay en ti no se convierta en oscuridad”. Lucas 11:34-35. Volver

9 Uno de los seis sistemas de la filosofía hindú. Sankhya enseña la emancipación final por medio del conocimiento de veinticinco principios, que comienzan con pakriti o naturaleza y terminan con purusha o alma. Volver

10 Aforismos Sankhya, I:92. Volver

11 Mateo 24:35. Volver

12 Mateo 12:50. Volver

13 Juan 8:31-32. S. Juan declaró: “Pero a quienes le recibieron, les dio el poder de convertirse en hijos de Dios, a quienes creyeron en su nombre (a quienes habían alcanzado la Conciencia Crística). Juan 1:12. Volver

14 “Podemos comer del fruto de los árboles del jardín, pero Dios dijo que, del fruto del árbol que está en medio del jardín, no comeremos, ni siquiera lo tocaremos, para no morir”. Génesis 3:2-3. Volver

15 “La mujer que me diste como compañera me dio del árbol y comí. La mujer dijo, la serpiente me engatusó y comí”. Gén. 3:12-13. Volver

16 “Así Dios creó al hombre a su imagen, a la imagen de Dios lo creó; los creó varón y mujer. Y Dios les bendijo y Dios les dijo, dad fruto y multiplicaos y llenad la tierra y dominadla”. Gén. 1:27-28. Volver

17 “Y el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra e insufló en sus fosas nasales el aliento de la vida; y el hombre se convirtió en un alma viva”. Gén. 2:7. Volver

18 “Entonces la serpiente (fuerza sexual) fue más sutil que cualquier otra bestia del campo” (cualquier otro sentido del cuerpo). Gén. 3:1. Volver

19 “Y el Señor Dios plantó un jardín al Este, en el Edén, y allí puso al hombre que había creado”. Gén. 2:8. “Por eso El Señor Dios lo arrojó desde el jardín del Edén, a cultivar la tierra de donde lo había sacado”. Gén. 3:23. El primer hombre divino, hecho por Dios, tenía la conciencia centrada en el omnipotente ojo único del entrecejo (el Este). El hombre perdió los poderes todo-creativos de su voluntad, centrados en ese punto, cuando comenzó a “cultivar la tierra” de su naturaleza física. Volver

 
         
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