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Autobiografia de un Yogui
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 Capítulo Uno

Mis Padres y mis Primeros Años

   Los rasgos característicos de la cultura india han sido desde hace mucho tiempo la búsqueda de las verdades fundamentales y la concomitante relación gurú1-discípulo. Mi propio sendero me condujo a un sabio semejante a Cristo, cuya bella vida fue cincelada para la eternidad. Fue uno de los grandes maestros que constituyen la única riqueza que le queda a la India. Resplandeciendo en cada generación, han sido los baluartes de su tierra contra el destino sufrido por Babilonia o Egipto.

   Mis primeros recuerdos incluyen elementos de una encarnación anterior. Venían a mí, anacrónicas, nítidas imágenes de una vida lejana, un yogui en medio de las nieves del Himalaya. Por algún vínculo adimensional, estos destellos del pasado me proporcionaban también vislumbres del futuro.

   La indefensión y las humillaciones de la infancia no se han borrado de mi memoria. Era consciente, con resentimiento, de mi incapacidad para caminar o expresarme libremente. En mi interior se levantaban oleadas de plegarias al darme cuenta de la impotencia de mi cuerpo. Mi fuerte vida emocional se desenvolvía en silencio utilizando palabras en muchos idiomas. En medio de la confusión interior de lenguas, mi oído se acostumbró poco a poco a las sílabas bengalíes de mi pueblo, que me rodeaban. ¡Seductor campo de acción de una mente infantil! que los adultos consideran limitado a los juguetes y los dedos de los pies.

   La agitación psicológica y mi cuerpo que no me respondía, me llevaron a muchos accesos de obstinado llanto. Recuerdo el general desconcierto familiar ante mi aflicción. También se agolpan en mí recuerdos más felices: las caricias de mi madre y mis primeros intentos de balbucear una frase y dar los primeros pasos. Estos triunfos tempranos, generalmente olvidados con rapidez, constituyen ya una base natural para la confianza en uno mismo.

   Mis recuerdos de largo alcance no son exclusivos. Se sabe que muchos yoguis2 han mantenido sin interrupción la conciencia de sí mismos en la drástica transición de ida y vuelta entre la “vida” y la “muerte”. Si el hombre fuera sólo un cuerpo, la pérdida de éste supondría el punto final de su identidad. Pero si los profetas han dicho la verdad a lo largo de milenios, el hombre es esencialmente una naturaleza no corpórea. El núcleo continuo del ego humano está ligado sólo temporalmente a la percepción sensorial.

   Aunque raros, los recuerdos precisos de la infancia no son absolutamente excepcionales. Viajando por distintos países he oído relatos de recuerdos tempranos de labios de hombres y mujeres dignos de crédito.

   Nací en el último decenio del siglo XIX y pasé mis primeros ocho años en Gorakhpur. Allí nací, en las Provincias Unidas del Noreste de la India. Fuimos ocho hermanos: cuatro chicos y cuatro chicas. Yo, Mukunda Lal Ghosh3, fui el segundo varón y el cuarto hijo.

   Mi padre y mi madre eran bengalíes, de la casta Kshatriya4. Los dos estaban bendecidos con una naturaleza santa. Su amor mutuo, tranquilo y digno, nunca se expresó frívolamente. La perfecta armonía entre los padres era el centro de calma para el tumultuoso remolino de ocho vidas jóvenes.

Padre de Yogananda    Mi padre, Bhagabati Charan Ghosh, era amable, serio, a veces severo. Aunque amándolo cariñosamente, los niños observábamos respecto a él cierta distancia reverente. Extraordinario matemático y lógico, se guiaba principalmente por su intelecto. Pero mi madre era una reina de corazones y sólo nos enseñaba por medio del amor. Tras su muerte, nuestro padre demostró más su ternura interior. Observé entonces que con frecuencia su mirada se metamorfoseaba en la de mi madre.

   En presencia de mi madre saboreamos nuestro temprano y agridulce conocimiento de las escrituras. Las historias del Mahabharata y el Ramayana5 eran citadas ingeniosamente para satisfacer las exigencias de la disciplina. Instrucción y reprimenda se daban la mano.

   Mi madre demostraba diariamente su respeto hacia nuestro padre vistiéndonos con esmero por las tardes para recibirle al regresar de la oficina. Su puesto era equivalente al de vicepresidente en el Ferrocarril Bengala-Nagpur, una de las mayores empresas de la India. Su trabajo llevaba consigo trasladarse y nuestra familia vivió en distintas ciudades durante mi niñez.

   Mi madre era generosa con los necesitados. Mi padre también estaba bien dispuesto hacia ellos, pero su respeto por la ley y el orden se extendía al presupuesto. Mi madre gastaba en una quincena, alimentando a los pobres, más de lo que mi padre ganaba en un mes.

   “Por favor, lo único que te pido es que mantengas tu caridad dentro de unos límites razonables”. Hasta el más leve reproche de su marido era penoso para mi madre. Pidió un coche de alquiler, sin hacer alusión ante los niños a ningún desacuerdo.

   “Adiós, me marcho a casa de mi madre”. ¡Antiquísimo ultimátum!

   Rompimos en lamentos atónitos. Nuestro tío materno llegó oportunamente; le susurró a mi padre algún sabio consejo, almacenado sin duda desde hace siglos. Tras hacer mi padre algunas observaciones conciliadoras, mi madre despidió alegremente el coche. Así terminó el único conflicto del que yo tuve jamás noticia entre mis padres. Pero recuerdo una discusión típica.

   “Por favor, dame diez rupias para una desventurada mujer que acaba de llegar a casa”.

   “¿Por qué diez rupias? Una es suficiente”. Mi padre añadía una justificación: “Cuando mi padre y mis abuelos murieron repentinamente, experimenté por primera vez la pobreza. Mi único desayuno, antes de caminar kilómetros y kilómetros hasta la escuela, era un plátano pequeño. Más tarde, en la universidad, me vi en tal necesidad que solicité a un rico juez la ayuda de una rupia al mes. Se negó, señalando que incluso una rupia es importante”.

   “¡Qué amargamente recuerdas que te negaran aquella rupia!”. El corazón de mi madre tenía una lógica instantánea. “¿Quieres que esta mujer recuerde también dolorosamente tu negativa a darle las diez rupias que necesita urgentemente?”.

   “¡Tú ganas!”. Con el gesto inmemorial del marido derrotado, abría su cartera. “Ahí va un billete de diez rupias. Dáselo con mis mejores deseos”.

   Mi padre tendía a decir en primer lugar “No” a cualquier nueva propuesta. Su actitud ante la mujer desconocida, que tan rápidamente consiguió la simpatía de mi madre, era un ejemplo de su prudencia habitual. La aversión a la aceptación instantánea, en Occidente típica de la mente francesa, en realidad sólo hace honor al principio de la “debida reflexión”. Siempre encontré a mi padre razonable y serenamente equilibrado en sus juicios. Si era capaz de cimentar mis muchas peticiones en uno o dos argumentos de peso, invariablemente ponía el codiciado objetivo a mi alcance, se tratara de un viaje de vacaciones o de una motocicleta nueva.

   Mi padre impuso una férrea disciplina a sus hijos en sus primeros años, pero su actitud hacia sí mismo era realmente espartana. Por ejemplo, jamás iba al teatro, sino que buscaba su esparcimiento en distintas prácticas religiosas y en la lectura del Bhagavad Gita6. Rechazando todo lujo, se aferraba a un par de zapatos viejos hasta que estaban inservibles. Sus hijos compraron automóviles cuando se hicieron de uso corriente, pero mi padre se contentó siempre con el tranvía para su recorrido diario a la oficina. La acumulación de dinero como forma de poder era ajena a su naturaleza. En una ocasión, después de organizar el Calcutta Urban Bank, rehusó beneficiarse de ello conservando una parte para sí mismo. Simplemente había querido realizar un acto cívico en su tiempo libre.

   Varios años después de que mi padre se jubilara, llegó un contable inglés a revisar los libros de la Bengal-Nagpur Railway Company. El sorprendido inspector descubrió que mi padre jamás había solicitado las primas atrasadas.

   “¡Hacía el trabajo de tres hombres!”, dijo el contable a la empresa. “Le corresponden 125.000 rupias (alrededor de 41.250 dólares) en concepto de atrasos”. Los funcionarios hicieron entrega a mi padre de un cheque por esa cantidad. Él le dio tan poca importancia que pasó por alto mencionárselo a la familia. Mucho más tarde mi hermano menor, Bishnu, que se dio cuenta del abultado depósito consultando un extracto de la cuenta bancaria, le preguntó sobre ello.

   “¿Por qué alborozarnos por ganancias materiales?”, respondió mi padre. “Quien persigue la meta de la ecuanimidad no se exalta con la ganancia ni se abate con la pérdida. Sabe que el hombre llega a este mundo sin un céntimo y se marcha de él sin una sola rupia”.

   Al comienzo de su vida matrimonial, mis padres se hicieron discípulos de un gran maestro, Lahiri Mahasaya de Benarés. Este contacto reforzó el temperamento naturalmente ascético de mi padre. Mi madre hizo una confesión singular a mi hermana Roma: “Tu padre y yo vivimos juntos como marido y mujer sólo una vez al año, con el objeto de tener hijos”.

   Mi padre conoció a Lahiri Mahasaya gracias a Abinash Babu7, un empleado de la oficina del Ferrocarril Bengala-Nagpur en Gorakhpur. Abinash instruyó mis tiernos oídos con relatos de muchos santos indios. Invariablemente concluía con un tributo a la gloria suprema de su propio gurú.

   “¿Conoces las extraordinarias circunstancias bajo las que tu padre se hizo discípulo de Lahiri Mahasaya? Era una perezosa tarde de verano, Abinash y yo estábamos sentamos en el patio de casa cuando me planteó esta intrigante pregunta. Sacudí la cabeza con una sonrisa expectante.

   “Hace años, antes de que nacieras, pedí a mi superior en la oficina, tu padre, que me liberara durante una semana de mis deberes en Gorakhpur para poder visitar a mi gurú en Benarés. Tu padre se burló de mi proyecto.

   “‘¿Vas a convertirte en un fanático religioso?’, preguntó. ‘Concéntrate en tu trabajo en la oficina si quieres progresar.

   “Regresaba a casa caminando tristemente por un sendero en el bosque, cuando me encontré con tu padre en un palanquín. Despidió a sus sirvientes y al transporte y comenzó a caminar a mi lado. Tratando de consolarme, señaló las ventajas de esforzarse por obtener éxito mundano. Pero yo le oía con desgana. Mi corazón repetía: ‘¡Lahiri Mahasaya! ¡No puedo vivir sin verte!’.

   “El sendero nos llevó hasta la linde de un tranquilo campo, donde los últimos rayos del sol del atardecer todavía coronaban las altas ondas de la hierba silvestre. Nos detuvimos admirándolo. ¡De pronto, allí, en el campo, a sólo unos metros de nosotros, apareció la figura de mi gran gurú!8

   “‘¡Bhagabati, eres demasiado duro con tu empleado!’. Su voz resonó en nuestros oídos atónitos. Desapareció tan misteriosamente como había venido. Exclamé de rodillas, ‘¡Lahiri Mahasaya!, ¡Lahiri Mahasaya!’. Tu padre se quedó inmóvil, estupefacto, durante unos momentos.

   “‘Abinash, no sólo te dejaré ir, sino que yo mismo me pondré en marcha hacia Benarés mañana. ¡Tengo que conocer a ese gran Lahiri Mahasaya, capaz de materializarse a voluntad para interceder por ti! Llevaré a mi esposa y pediré a este maestro que nos inicie en su sendero espiritual. ¿Querrás servirnos de guía?’.

   “‘Por supuesto’. Me inundó la dicha ante la milagrosa respuesta a mi oración y el rápido y favorable giro de los acontecimientos.

   “‘Por la tarde del día siguiente entramos en Benarés. Al día siguiente cogimos un coche de caballos y después caminamos por una estrecha callejuela hasta la retirada casa de mi gurú. Al entrar en la pequeña sala nos inclinamos ante el maestro, sentado en su habitual postura de loto. Hizo parpadear sus penetrantes ojos y los fijó en tu padre.

   “‘¡Bhagabati, eres demasiado duro con tu empleado!’”. Sus palabras eran las mismas que había utilizado dos días antes en el campo de Gorakhpur. Añadió, ‘Me alegro de que hayas permitido a Abinash visitarme y de que tú y tu esposa le hayáis acompañado’.

   “Para su regocijo, inició a tus padres en la práctica espiritual de Kriya Yoga9. Tu padre y yo, como hermanos discípulos, hemos sido amigos desde el memorable día de la visión. Lahiri Mahasaya mostró mucho interés en tu propio nacimiento. Seguramente tu vida estará vinculada a la suya: las bendiciones del maestro nunca fallan”.

   Lahiri Mahasaya se fue de este mundo poco después de que yo entrara en él. Su fotografía, en un marco ricamente adornado, honró siempre nuestro altar familiar en las distintas ciudades a las que mi padre, a consecuencia de su trabajo, fue trasladado. Muchas mañanas y noches nos encontraron a mi madre y a mí meditando ante una capilla improvisada, ofreciendo flores bañadas en fragante pasta de sándalo. Uniendo incienso y mirra a nuestra devoción, rendíamos homenaje a la divinidad que había encontrado plena expresión en Lahiri Mahasaya.

   Su fotografía tuvo una influencia incomparable en mi vida. A medida que crecía, el pensamiento del maestro crecía conmigo. Con frecuencia, mientras estaba meditando veía su imagen fotográfica surgir de su pequeño marco, tomar forma viviente, sentarse ante mí. Cuando intentaba tocar los pies de su luminoso cuerpo, se metamorfoseaba y volvía a convertirse en una fotografía. A medida que la niñez desembocó en la adolescencia, Lahiri Mahasaya pasó para mí, de una pequeña copia de su imagen enmarcada, a ser una presencia viva, esclarecedora. A menudo le rezaba en momentos de dificultad o confusión, encontrando en mi interior su orientación y su consuelo. Al principio me afligía que no estuviera físicamente vivo. Cuando comencé a descubrir su secreta omnipresencia, ya no volví a lamentarlo. Él con frecuencia escribía a sus discípulos ansiosos por verle: “¿Por qué ver mi carne y mis huesos cuando estoy siempre al alcance de vuestra kutastha (visión espiritual)?”.

   Cuando tenía alrededor de ocho años, fui bendecido con una sorprendente curación gracias a la fotografía de Lahiri Mahasaya. Esta experiencia intensificó mi amor. Mientras estábamos en la finca de nuestra familia en Ichapur, Bengala, fui atacado por el cólera asiático. No había para mí esperanzas de vida; los médicos no podían hacer nada. A la cabecera de mi cama, mi madre me hacía desesperadamente señas para que mirara la fotografía de Lahiri Mahasaya colgada sobre mi cabeza.

   “¡Inclínate mentalmente ante él!”. Sabía que yo estaba demasiado débil incluso para levantar las manos en salutación. “¡Si de verdad muestras tu devoción y te arrodillas interiormente ante él, se te perdonará la vida!”.

   Miré su fotografía y vi una luz cegadora que envolvió mi cuerpo y toda la habitación. Mis náuseas y los demás síntomas incontrolables desaparecieron; estaba curado. Al mismo tiempo me sentí lo bastante fuerte para inclinarme a los pies de mi madre en agradecimiento por su inmensa fe en su gurú. Mi madre apretó repetidamente su cabeza contra la pequeña fotografía.

   “¡Oh, Maestro Omnipresente, te doy gracias porque tu luz curó a mi hijo!”.

   Comprendí que también ella había sido testigo del luminoso resplandor que me había repuesto instantáneamente de una enfermedad normalmente mortal.

   Una de mis posesiones más preciadas es esa fotografía. Dada a mi padre por el mismo Lahiri Mahasaya, lleva consigo una vibración sagrada. La fotografía tiene un origen milagroso. Oí la historia de labios del hermano discípulo de mi padre, Kali Kumar Roy.

   Parece ser que el maestro tenía aversión a ser retratado. A pesar de sus protestas, en una ocasión se le sacó una fotografía con un racimo de devotos, entre quienes estaba Kali Kumar Roy. El sorprendido fotógrafo descubrió que la placa, que tenía imágenes claras de todos los discípulos, no mostraba sino un espacio negro en el centro, donde lógicamente había esperado encontrar la figura de Lahiri Mahasaya. El fenómeno fue ampliamente debatido.

   Cierto estudiante y experto fotógrafo, Ganga Dhar Babu, se jactó de que a él no se le escaparía la huidiza imagen. A la mañana siguiente, mientras el gurú estaba sentado en la postura de loto en un banquito de madera con una cortina detrás, Ganga Dhar Babu llegó con su equipo. Tomando todas las precauciones para tener éxito, expuso con avidez doce placas. En todas ellas encontró rápidamente impresiones del banquito de madera y la cortina, pero una vez más la silueta del maestro había desaparecido.

   Con lágrimas y el orgullo destrozado, Ganga Dhar Babu fue en busca de su gurú. Pasaron muchas horas antes de que Lahiri Mahasaya rompiera su silencio con un comentario significativo:

   “Soy Espíritu. ¿Puede tu cámara reflejar el omnipresente Invisible?”.

   “¡Veo que no! Pero, Sagrado Señor, deseo tiernamente una fotografía del templo corporal donde, para mi estrecha visión, parece morar totalmente ese Espíritu”.

   “Entonces ven mañana por la mañana. Posaré para ti”.

   El fotógrafo enfocó su cámara. Esta vez la sagrada figura, no encubierta por la misteriosa imperceptibilidad, era nítida en la placa. El maestro no volvió a posar para otro retrato; al menos yo no he visto ninguno.

   La fotografía se reproduce en este libro. Las facciones universales de Lahiri Mahasaya difícilmente revelan a qué raza pertenecía. Su inmensa dicha en la comunión con Dios se manifiesta ligeramente en su, un tanto enigmática, sonrisa. Sus ojos, medio abiertos para indicar una simbólica dirección hacia el mundo exterior, están también medio cerrados. Totalmente ajeno a los encantos terrenales, era consciente en todo momento de los problemas espirituales de quienes se le acercaban buscando su espléndida generosidad.

   Poco después de mi curación gracias al potencial del retrato del gurú, tuve una visión espiritual que me influyó mucho. Sentado en mi cama una mañana, entré en un profundo ensueño.

   “¿Qué hay detrás de la oscuridad de los ojos cerrados?”. Este agudo pensamiento se impuso con fuerza en mí. De pronto apareció un inmenso destello de luz en mi mirada interior. En la gran y resplandeciente pantalla desplegada dentro de mi frente tomaron forma, como fotogramas de un cine en miniatura, divinas figuras de santos, sentados en postura de meditación en las cuevas de las montañas.

   “¿Quiénes sois?”, pregunté en voz alta.

   “Somos los yoguis del Himalaya”. La celestial respuesta es difícil de describir; mi corazón estaba emocionado.

   “¡Ah, anhelo ir al Himalaya y convertirme en uno de los vuestros!”. La visión se desvaneció, pero los haces de luz plateada se expandieron en círculos cada vez más amplios hasta el infinito.

   “¿Qué es este maravilloso resplandor?”.

   “Soy Iswara10. Soy Luz”. La voz era como un susurro de las nubes.

   “¡Quiero ser uno contigo!”.

   Lentamente mi éxtasis divino fue disminuyendo, pero rescaté de él un legado permanente de inspiración para buscar a Dios. “¡Él es eterno, Gozo siempre nuevo!”. Este recuerdo persistió mucho después del día del éxtasis.

   Guardo otro recuerdo excepcional de mis primeros años; y además literalmente, pues conservo la cicatriz de ese día. Mi hermana mayor, Uma, estaba sentada una mañana temprano bajo un árbol neem en nuestro jardín de Gorakhpur. Me ayudaba con el abecedario bengalí; yo, siempre que podía, me dedicaba a observar cómo los loros cercanos comían los frutos maduros de la margosa. Uma se quejaba de un forúnculo en la pierna y fue a por un tarro de ungüento. Yo me eché un poco de pomada en el antebrazo.

   “¿Por qué usas medicinas en un brazo sano?”.

   “Bueno, hermanita, siento que mañana tendré un forúnculo. Estoy probando tu pomada en el sitio en que el forúnculo aparecerá”.

   “¡Pequeño embustero!”.

   “Hermana, no me llames embustero hasta ver qué sucede por la mañana”. Estaba indignado.

   Uma no se impresionó y repitió su insulto tres veces. En mi voz había una firme resolución al replicarle lentamente.

   “¡Por la fuerza de mi voluntad, digo que mañana tendré un forúnculo bastante grande en este sitio exacto de mi brazo; y que tu forúnculo crecerá hasta el doble de su tamaño actual!”.

   La mañana me encontró con un gran forúnculo en el lugar antedicho; las dimensiones del forúnculo de Uma se habían duplicado. Con un chillido, mi hermana fue corriendo a mi madre. “¡Mukunda se ha convertido en un nigromante!”. Mi madre me ordenó seriamente que no utilizara jamás el poder de las palabras para hacer daño. Recordé siempre su consejo y lo seguí.

   Mi forúnculo necesitó cirugía. Todavía hoy se puede ver claramente la cicatriz dejada por la incisión del médico. En mi brazo derecho existe un recordatorio constante del poder de las simples palabras del hombre.

   Aquellas sencillas y aparentemente inofensivas frases dirigidas a Uma, dichas con profunda concentración, poseían suficiente fuerza oculta para explotar como bombas y producir inequívocos efectos perjudiciales. Más tarde comprendí que el explosivo poder vibratorio del habla puede ser dirigido sabiamente para aliviar nuestra vida de las dificultades y operar de ese modo sin cicatrices ni reprimendas11.

   Nuestra familia se trasladó a Lahore, en el Punjab. Allí adquirí un cuadro de la Madre Divina en la forma de la diosa Kali12. Consagré una pequeña capilla informal en el balcón de nuestra casa. Me ganó una inequívoca convicción de que todas las oraciones pronunciadas en ese sagrado lugar serían respondidas. Estando allí un día con Uma, vi dos cometas que volaban sobre los tejados de los edificios del otro lado de la estrecha callejuela.

   “¿Por qué estás tan silencioso?”. Uma me empujó en broma.

   “Estoy pensando en qué maravilloso es que la Madre Divina me conceda todo lo que pido”.

   “¡Supongo que te dará esas dos cometas!”. Mi hermana se rió burlonamente.

   “¿Por qué no?”. Empecé a rezar silenciosamente para poseerlas.

   En la India se organizan juegos con cometas cuyas cuerdas se cubren de cola y cristal molido. Cada jugador intenta cortar la cuerda de su oponente. Una cometa libre se desliza sobre los tejados; es muy divertido atraparla. Puesto que Uma y yo estábamos en el balcón, parecía imposible que ninguna cometa perdida pudiera venir a nuestras manos; naturalmente su cuerda quedaría prendida en los tejados.

   Los jugadores del otro lado de la callejuela comenzaron su partido. Se cortó una cuerda; inmediatamente la cometa flotó en mi dirección. Quedó quieta un momento, gracias a un repentino aplacamiento de la brisa, lo suficiente para que la cuerda se enredara firmemente en un cactus de lo alto del edificio de al lado. Se hizo un lazo perfecto para que yo la confiscara. Tendí el premio a Uma.

   “Fue sólo un accidente excepcional y no una respuesta a tu oración. Si viene a ti otra cometa, creeré”. Los oscuros ojos de mi hermana transmitían más asombro que sus palabras.

   Continué mis oraciones con intensidad creciente. Un contundente tirón del otro jugador tuvo como resultado la repentina pérdida de su cometa. Vino directa a mí, danzando en el viento. Mi eficaz asistente, el cactus, aseguró otra vez la cuerda de la cometa con el lazo necesario para que yo pudiera apoderarme de ella. Presenté a Uma mi segundo trofeo.

   “¡En verdad la Madre Divina te escucha! ¡Esto es demasiado misterioso para mí!”. Mi hermana huyó como un cervatillo asustado.

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1 Maestro espiritual; de la raíz sánscrita gur, levantar, elevar. Volver

2 Practicante de yoga, “unión”, antigua ciencia india de meditación en Dios. Volver

3 Mi nombre fue cambiado por el de Yogananda cuando entré en la antigua orden monástica de los Swamis en 1914. Mi gurú me otorgó el título religioso de Paramhansa en 1935 (ver capítulos 24 y 42). Volver

4 Tradicionalmente, la segunda casta, de guerreros y gobernantes. Volver

5 Estas antiguas epopeyas son el tesoro de la Historia, la Mitología y la Filosofía indias. El tomo de “Everyman’s Library” titulado Ramayana and Mahabharata es un resumen en verso, en inglés, de Romesh Dutt (New York:E.P.Dutton). Volver

6 Este noble poema sánscrito, que forma parte de la epopeya del Mahabharata, es la Biblia hindú. La traducción más poética al inglés que existe es The Song Celestial de Edwin Arnold (Philadelphia: David McKay). Una de las mejores traducciones, con comentarios detallados, es Message of the Gita de Sri Aurobindo (Jupiter Press, 16 Semudoss St. Madrás, India). Volver

7 Babu (Señor) se sitúa en los nombres bengalíes al final. Volver

8 Los asombrosos poderes poseídos por los grandes maestros se explican en el capítulo 30, “La Ley de los Milagros”. Volver

9 Una técnica yóguica con la que se calma el tumulto sensorial, permitiendo al hombre alcanzar una identificación cada vez mayor con la conciencia cósmica. (Ver capítulo 26) Volver

10 Nombre sánscrito de Dios como Soberano del universo; de la raíz is, gobernar. En las escrituras hindúes existen 108 nombres para Dios, cada uno de los cuales aporta un significado filosófico con matiz distinto. Volver

11 El potencial infinito del sonido procede de la Palabra Creadora, Aum, el poder cósmico vibratorio que existe tras la energía atómica. Cualquier palabra dicha con comprensión clara y profunda concentración, tiene capacidad para materializarse. En el coueismo y otros sistemas de psicoterapia, se ha visto que la repetición silenciosa o en voz alta de palabras inspiradoras es efectiva; el secreto reside en el aumento de la velocidad vibratoria de la mente. El poeta Tennyson nos ha dejado, en sus Memorias,un relato de sus estratagemas para ir más allá de la mente consciente al superconsciente:

“He experimentado con frecuencia, estando completamente solo, una especie de trance despierto –esto por falta de un término mejor– que va bastante más allá de lo corporal”, escribió Tennyson. “Me ha sucedido tras repetir mi propio nombre silenciosamente, hasta que de pronto, fuera de la vehemencia de la conciencia individual, la individualidad misma parecía disolverse y entrar en un ser ilimitado, y no es un estado confuso, sino el más claro, el más seguro de los seguros, más allá de las palabras –donde la muerte es casi una imposibilidad risible– La pérdida de la personalidad (si se trata de eso), parece no extinción, sino la única vida verdadera”. Más adelante escribió: “No es un éxtasis vago, sino un maravilloso estado trascendente asociado a una absoluta claridad mental”. Volver

12 Kali es un símbolo de Dios en su aspecto de Madre eterna de la Naturaleza. Volver

 
         
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