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Autobiografia de un Yogui
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Capítulo Dos

La Muerte de mi Madre y el Amuleto Místico

   El mayor deseo de mi madre era el matrimonio de mi hermano mayor. “¡Ah, cuando contemple el rostro de la esposa de Ananta, veré el cielo en esta tierra!”. Con frecuencia oí a mi madre expresar en estos términos el fuerte sentimiento indio sobre la continuidad de la familia.

   Yo tenía alrededor de once años en el momento del compromiso matrimonial de Ananta. Mi madre estaba en Calcuta supervisando feliz los preparativos de la boda. Sólo mi padre y yo nos quedamos en casa, en Bareilly, al Norte de la India, a donde mi padre había sido trasladado después de dos años en Lahore.

   Anteriormente había asistido al esplendor de los rituales nupciales de mis dos hermanas mayores, Roma y Uma; pero para Ananta, como hijo mayor, los planes eran realmente elaborados. Mi madre estaba recibiendo a numerosos familiares, que llegaban diariamente a Calcuta desde sus lejanos hogares. Los alojaba cómodamente en una gran casa adquirida recientemente en el número 50 de Amhers Street. Todo estaba listo, los manjares del banquete, el festivo trono en el que mi hermano iba a ser conducido a casa de la futura novia, las hileras de luces de colores, los enormes camellos y elefantes de cartón, las orquestas inglesa, escocesa e india, los artistas profesionales, los sacerdotes para los antiguos ritos.

   Mi padre y yo, de gala en espíritu, planeábamos unirnos a la familia con suficiente tiempo para la ceremonia. Sin embargo, poco antes del gran día, tuve una inquietante visión.

   Fue en Bareilly, a medianoche. Dormía junto a mi padre en el pórtico de nuestra casa, me despertó el característico aleteo de un mosquito buscando a su presa por encima de la cama. Las ligeras cortinas se separaron y vi la amada figura de mi madre.

   “¡Despierta a tu padre!”. Su voz era sólo un susurro. “Tomad el primer tren, a las cuatro de la mañana. ¡Corred a Calcuta si queréis verme!”. La fantasmagórica forma se desvaneció.

   “¡Padre, padre! ¡Madre está muriéndose!”. El terror de mi voz le despertó instantáneamente. Llorando, le di la fatal noticia.

   “Es sólo una alucinación”. Mi padre dio su negativa característica ante una situación nueva. “Tu madre disfruta de excelente salud. Si recibimos malas noticias, saldremos mañana”.

“¡Nunca te perdonarás no ponerte en marcha ahora!”. La angustia me hizo añadir amargamente, “¡Ni yo te perdonaré jamás!”.

   La melancólica mañana llegó con palabras categóricas: “Madre gravemente enferma; matrimonio pospuesto; venid inmediatamente”.

   Mi padre y yo nos marchamos como locos. Uno de mis tíos nos salió al encuentro en una estación donde transbordamos. Un tren venía hacia nosotros con gran estruendo, acercándose con aumento telescópico. Desde mi conflicto interior se elevó una súbita determinación de arrojarme a las vías. Despojado de mi madre, como ya me sentía, no podía soportar un mundo árido hasta la médula. Amaba a mi madre como al amigo más querido del mundo. Sus consoladores ojos negros habían sido mi refugio más seguro en las pequeñas tragedias de la niñez.

   “¿Todavía vive?”. Me detuve para hacer una última pregunta a mi tío.

   “¡Por supuesto que vive!”. No le había sido difícil leer la desesperación en mi rostro. Pero yo apenas le creí.

   Llegar a la casa de Calcuta fue sólo enfrentarse con el desconcertante misterio de la muerte. Caí en un estado casi inerte. Pasaron años antes de que la reconciliación penetrara en mi corazón. Tomando por asalto las puertas del cielo, al fin mi llanto emplazó a la Madre Divina. Sus palabras curaron definitivamente mis supurantes heridas.

“¡Soy yo quien ha velado por ti, vida tras vida, en la ternura de muchas madres! ¡Observa en mi mirada los dos ojos negros, los bellos ojos perdidos, los que tú más buscabas!”.

   Mi padre y yo regresamos a Bareilly poco después de los ritos crematorios por la bienamada. Todas las mañanas temprano hacía una patética peregrinación conmemorativa al gran sheoli que daba sombra al suave césped verde-dorado que había delante de nuestra casa. En momentos poéticos pensaba que las blancas flores del sheoli se ofrecían a sí mismas esparciéndose con devoción sobre el altar de césped. Mezclando las lágrimas con el rocío, con frecuencia observaba una extraña luz del otro mundo que surgía del amanecer. Me acometían intensas punzadas de anhelo de Dios. Sentía una poderosa atracción por el Himalaya.

   Uno de mis primos, recién llegado de un viaje por las montañas sagradas, nos visitó en Bareilly. Escuché con avidez sus relatos sobre la alta montaña morada de yoguis y swamis1.

   “Escapémonos al Himalaya”. La sugerencia que le hice un día a Dwarka Prasad, el joven hijo de nuestro casero, cayó en oídos poco comprensivos. Reveló mi proyecto a mi hermano mayor, que acababa de llegar para ver a mi padre. En lugar de tomarse a broma este impracticable plan de un chiquillo, Ananta hizo de ello un motivo constante para ridiculizarme.

   “¿Dónde está tu túnica naranja? ¡No puedes ser un swami sin ella!”.

   Pero, inexplicablemente, a mí sus palabras me ponían contentísimo. Me traían una nítida imagen de mí mismo errando por la India como monje. Quizá despertó en mí recuerdos de una vida pasada; en cualquier caso, comencé a ver con qué naturalidad vestiría el atuendo de esa orden monástica de tan antigua fundación.

   Charlando una mañana con Dwarka, sentí descender sobre mí el amor hacia Dios con una fuerza avasalladora. Mi compañero sólo estaba parcialmente atento a mi consiguiente elocuencia, pero yo me escuchaba a mí mismo entusiasmado.

   Aquella mañana huí hacia Naini Tal, en las estribaciones del Himalaya. Ananta me dio resuelta caza; fui obligado a regresar tristemente a Bareilly. La única peregrinación que se me permitió fue la cotidiana del amanecer hasta el sheoli. Mi corazón lloraba por las Madres perdidas, la humana y la divina.

   La rasgadura dejada por la muerte de mi madre en el tejido familiar fue irreparable. Mi padre nunca volvió a casarse en los casi cuarenta años que le quedaron de vida. Asumiendo el difícil papel de padre-madre de su pequeño rebaño, se hizo notablemente más tierno, más accesible. Resolvía los variados problemas familiares con calma y comprensión. Después de las horas de oficina, se retiraba como un ermitaño a la celda de su habitación a practicar Kriya Yoga en una dulce serenidad. Mucho después de la muerte de mi madre, intenté contratar a una niñera inglesa para atender a los detalles que harían la vida de mi padre más cómoda. Pero mi padre negó con la cabeza.

   “Para mí el servicio terminó con tu madre”. Sus ojos miraban distantes con devoción de toda una vida. “No aceptaré la administración de ninguna otra mujer”.

   Catorce meses después del fallecimiento de mi madre, tuve conocimiento de que me había dejado un mensaje de gran trascendencia. Ananta estaba presente en su lecho de muerte y había escrito sus palabras. Aunque ella le había pedido que me lo revelara después de un año, mi hermano lo retrasó. Iba a dejar pronto Bareilly para marchar a Calcuta, a casarse con la joven que mi madre había elegido para él2. Una tarde me llamó a su lado.

   “Mukunda, he sido reacio a darte extrañas noticias”. El tono de Ananta tenía una nota de resignación. “Mi temor era inflamar tu deseo de dejar el hogar. Pero en cualquier caso tú estás lleno de fervor divino. Cuando te capturé recientemente de camino al Himalaya, tomé una resolución definitiva. No debo posponer el cumplimiento de mi solemne promesa”. Mi hermano me tendió una pequeña caja y me entregó el mensaje de mi madre.

   “¡Permite que estas palabras sean mi última bendición, mi amado hijo Mukunda!”. Había dicho mi madre. “Ha llegado el momento en que debo relatarte una serie de acontecimientos extraordinarios que siguieron a tu nacimiento. Tuve noticia por primera vez del sendero al que estás destinado cuando no eras más que un bebé en mis brazos. Te llevé entonces a casa de mi gurú en Benarés. Casi oculta tras multitud de discípulos, apenas podía ver a Lahiri Mahasaya, sentado en profunda meditación.

   “Mientras te acariciaba, rezaba para que el gran gurú nos viera y nos diera su bendición. A medida que mi silencioso ruego devocional crecía en intensidad, abrió los ojos y me hizo señas de que me acercara. Los demás me abrieron camino; me postré a los sagrados pies. Mi maestro te sentó en su regazo, poniendo la mano en tu frente a modo de bautismo espiritual.

   “‘Madrecita, tu hijo será un yogui. Como una locomotora espiritual, llevará muchas almas al reino de Dios’.

   “Mi corazón saltaba de gozo al ver mi secreta súplica respondida por el omnisciente gurú. Poco después de tu nacimiento, me dijo que seguirías su camino.

   “Más tarde, hijo mío, tu hermana Roma y yo supimos de tu visión de la Gran Luz, cuando desde la habitación de al lado observamos tu inmovilidad en la cama. Tu pequeño rostro estaba iluminado; en tu voz había una férrea resolución cuando hablabas de ir al Himalaya en busca de la Divinidad.

   “De esa forma, querido hijo, supe que tu camino se traza lejos de las ambiciones mundanas. El hecho más singular de mi vida me lo confirmó más tarde, un hecho que ahora me impulsa a transmitir este mensaje en mi lecho de muerte.

   “Fue una entrevista con un sabio en el Punjab. Cuando nuestra familia vivía en Lahore, una mañana la criada entró precipitadamente en mi habitación.

   “‘Señora, un extraño sadhu3 está aquí. Insiste en “ver a la madre de Mukunda”’.

   “Estas sencillas palabras tocaron una profunda cuerda en mi interior; fui a recibir inmediatamente al visitante. Me postré a sus pies; presentía que ante mí estaba un verdadero hombre de Dios.

   “‘Madre’, dijo ‘los grandes maestros desean que sepas que tu estancia en la tierra no será larga. Tu próxima enfermedad será la última’4. Hubo un silencio, durante el cual no sentí alarma sino sólo una vibración de gran paz. Finalmente se dirigió a mí de nuevo:

   “Vas a ser la custodia de cierto amuleto de plata. No te lo daré hoy; para demostrarte la veracidad de mis palabras, el talismán se materializará en tus manos mañana mientras meditas. En tu lecho de muerte debes instruir a tu hijo mayor, Ananta, para que guarde el amuleto durante un año y después lo entregue a tu segundo hijo. Mukunda entenderá el significado del talismán procedente de los grandes. Lo recibirá en el momento en que esté preparado para renunciar a toda esperanza mundana y comenzar su búsqueda vital de Dios. Cuando haya retenido el amuleto durante algunos años y éste haya servido a su propósito, se desvanecer    á. Aunque se guarde en el lugar más secreto, regresará al lugar de donde procede’.

   “Le di una limosna5 al santo y me incliné ante él con gran reverencia. Sin tomar la limosna, se marchó con una bendición. Cuando al día siguiente por la tarde estaba sentada con las manos cruzadas durante la meditación, entre mis palmas se materializó un amuleto de plata, tal como el shadu había prometido. Lo noté por su contacto frío y suave. Lo he guardado celosamente durante más de dos años y ahora lo dejo al cuidado de Ananta. No te aflijas por mí, seré conducida por mi gurú a los brazos del Infinito. Adiós, hijo mío; la Madre Cósmica te protegerá.

   Con la posesión del amuleto recibí una llamarada de iluminación; muchos recuerdos latentes se despertaron. El talismán, una curiosa antigüedad de forma redonda, estaba cubierto de caracteres sánscritos. Comprendí que procedía de maestros de vidas pasadas, que invisiblemente guiaban mis pasos. Tenía además una importancia añadida; pero no se debe dejar totalmente al descubierto el corazón de un amuleto.

   Cómo se desvaneció finalmente el talismán en circunstancias profundamente infelices de mi vida y cómo su pérdida fue el heraldo de la ganancia de un gurú, no puede contarse en este capítulo.

   Pero el niño, frustrado en sus intentos por llegar al Himalaya, todos los días viajaba lejos en alas de su amuleto.

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1 El significado de la raíz sánscrita de swami es “aquel que es uno con su Ser (Swa)”. Aplicado a un miembro de la orden de monjes india, el título tiene el sentido formal de “el reverendo”. Volver

2 La costumbre india, según la cual los padres eligen la pareja de sus hijos, ha resistido los contundentes asaltos del tiempo. En la India el porcentaje de matrimonios felices es alto. Volver

3 Un anacoreta; quien sigue una sadhana o camino de disciplina espiritual. Volver

4 Cuando descubrí por estas palabras que mi madre había tenido conocimiento secreto de su corta vida, comprendí por primera vez por qué había insistido en apresurar el matrimonio de Ananta. Aunque murió antes de la boda, su natural deseo maternal había sido presenciar los ritos. Volver

5 Un gesto habitual de respeto a los sadhus. Volver

 
         
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