Cabecera
cisne
  INICIO
  LIBROS
Autobiografia de un Yogui
  ÍNDICE

Capítulo Cuatro

Mi Interrumpida Huída al Himalaya

   “Sal de clase con cualquier pretexto y contrata un coche de alquiler. Para en la callejuela donde no pueda verte nadie de mi casa”.

   Éstas fueron mis últimas instrucciones a Amar Mitter, un amigo de la escuela secundaria que planeaba acompañarme al Himalaya. Habíamos elegido el día siguiente para nuestra huída. Era necesario tener precaución, pues Ananta estaba alerta. Sospechaba que los planes de escapada me preocupab an más que ninguna otra cosa y estaba decidido a desbaratarlos. El amuleto, como levadura espiritual, hacía silenciosamente su trabajo dentro de mí. Entre las nieves del Himalaya esperaba encontrar al maestro cuyo rostro se me aparecía con frecuencia en visiones.

   Ahora la familia vivía en Calcuta, a donde mi padre había sido destinado definitivamente. Siguiendo la costumbre patriarcal india, Ananta había llevado a su novia a vivir a nuestra casa, en el número 4 de Gurpar Road. Allí, en una pequeña habitación del ático, yo me entregaba a la meditación diaria y preparaba mi mente para la búsqueda divina.

   La memorable mañana llegó con una lluvia poco propicia. Al sentir las ruedas del coche de Amar en la calle, lié apresuradamente una manta, un par de sandalias, la foto de Lahiri Mahasaya, una copia del Bhagavad Gita, una sarta de cuentas para rezar y dos taparrabos. Tiré el fardo por la ventana de mi tercer piso. Corrí escaleras abajo y pasé por delante de mi tío, que compraba pescado en la puerta.

   “¿A qué se debe tanta excitación?”. Su mirada me recorrió receloso.

   Le dediqué una sonrisa evasiva y me dirigí a la callejuela. Recobrando mi lío, me uní a Amar con cautela conspiratoria. Nos dirigimos a Chadni Chowk, un centro comercial. Habíamos estado ahorrando dinero durante meses para comprar ropa inglesa. Sabiendo que mi astuto hermano podría jugar perfectamente el papel de detective, pensamos burlarle con un atuendo europeo.

   Camino de la estación nos detuvimos para recoger a mi primo, Jotin Ghosh, a quien yo llamaba Jatinda. Era un converso reciente, anhelante de un gurú en el Himalaya. Se puso la nueva ropa que habíamos preparado. ¡Bien camuflados, esperábamos! Un profundo entusiasmo se adueñó de nuestro corazón.

   “Lo que necesitamos ahora son zapatos de lona”. Conduje a mis compañeros a una tienda que vendía calzado con suelo de goma. “Los objetos de piel, conseguidos tan sólo con el sacrificio de los animales, deben estar ausentes de este viaje sagrado”. Me detuve en la calle para quitar la cubierta de piel de mi Bhagavad Gita y las tiras de cuero de mi salacot de confección inglesa.

   En la estación sacamos billetes para Burdwan, donde proyectábamos hacer transbordo para Hardwar, en las estribaciones del Himalaya. Tan pronto como el tren, al igual que nosotros, se dio a la fuga, di rienda suelta a algunas de mis maravillosas expectativas.

   “¡Imaginad!”, exclamé. “Seremos iniciados por los maestros y experimentaremos el éxtasis de la conciencia cósmica. Nuestro cuerpo se cargará con tal magnetismo, que los animales salvajes del Himalaya se nos acercarán dócilmente. ¡Los tigres no serán sino mansos gatos domésticos en espera de nuestras caricias!”.

   Este comentario –pintando una perspectiva que yo consideraba fascinante tanto metafórica como literalmente– hizo aparecer una entusiasta sonrisa en Amar. Pero Jatinda desvió la mirada hacia la ventanilla, dirigiéndola hacia el huidizo paisaje.

   “Dividamos el dinero en tres partes”. Jatinda rompió el silencio con esta sugerencia. “Cada uno comprará su propio billete en Burdwan. Así en la estación nadie supondrá que estamos fugándonos juntos”.

   Asentí confiadamente. Nuestro tren llegó a Burdwan al anochecer. Jatinda entró en el despacho de billetes; Amar y yo nos sentamos en el andén. Esperamos quince minutos, después hicimos toda clase de indagaciones infructuosas. Buscando en todas direcciones, gritamos el nombre de Jatinda con el apremio del miedo. Pero se había desvanecido en la ignota oscuridad que envolvía la pequeña estación.

   Yo estaba totalmente desconcertado, conmocionado por un extraño aturdimiento. ¡Que Dios consintiera este deprimente episodio! La romántica ocasión de mi primera huída cuidadosamente preparada en pos de Él era cruelmente echada a perder.

   “Amar, tenemos que volver a casa”. Lloraba como un niño. “La desconsiderada partida de Jatinda es un mal presagio. Este viaje está condenado al fracaso”.

   “¿Es ése tu amor por el Señor? ¿Eres incapaz de resistir la pequeña prueba de un compañero traidor?”.

   Gracias a la sugerencia de Amar de una prueba divina, mi corazón se tranquilizó. Nos refrescamos con los famosos dulces de Burdwan, sitabhog (comida de diosas) y motichur (perlas dulces). Algunas horas más tarde tomamos el tren para Hardwar, vía Bareilly. En el transbordo en Moghul Serai, tratamos de un asunto vital mientras esperábamos en el andén.

   “Amar, quizá pronto seamos interrogados minuciosamente por los funcionarios del ferrocarril. ¡No subestimo la astucia de mi hermano! No importa cuáles sean las consecuencia, yo no mentiré”.

   “Mukunda, todo lo que te pido es que mantengas la calma. No te rías o hagas muecas mientras yo hablo”.

   En ese momento me abordó un agente de estación europeo. Blandía un telegrama, cuya trascendencia comprendí inmediatamente.

   “¿Estás huyendo de casa por un arrebato de enfado?”.

   “¡No!”. Me alegré de que las palabras que eligió me permitieran responder con énfasis. Sabía que de mi comportamiento poco convencional no era responsable ningún enfado, sino “la más divina melancolía”.

   El oficial se volvió hacia Amar. El duelo de ingenio que siguió difícilmente me permitió mantener la estoica gravedad recomendable.

   “¿Dónde está el tercer chico?”. El hombre infundió un timbre de autoridad a su voz. “¡Vamos, di la verdad!”.

   “Señor, veo que lleva usted gafas. ¿No ve que sólo somos dos?”. Amar sonrió con descaro. “No soy mago; no puedo hacer aparecer un tercer compañero”.

   El funcionario, visiblemente desconcertado por su impertinencia, buscó un nuevo terreno de ataque.

   “¿Cómo se llama usted?”.

   “Me llamo Thomas. Soy hijo de madre inglesa y padre indio convertido al cristianismo”.

   “¿Cómo se llama su amigo?”.

   “Yo le llamo Thompson”.

   Para entonces mis risas internas habían llegado al cenit; sin más ceremonias me dirigí hacia el tren, que pitaba para salir. Amar me siguió con el funcionario, que fue suficientemente crédulo y atento como para ponernos en un departamento para europeos. Evidentemente le dolía pensar que dos chicos medio ingleses viajaban en la sección asignada a los nativos. Una vez que salió, despidiéndose con toda cortesía, me eché hacia atrás en el asiento y reí sin poder contenerme. Mi amigo lucía una expresión de risueña satisfacción por haber sido más listo que un veterano funcionario europeo.

   En el andén había logrado leer el telegrama. Era de mi hermano, decía lo siguiente: “Tres chicos bengalíes en ropa inglesa huyen de casa hacia Hardwar vía Moghul Serai. Por favor reténgalos hasta mi llegada. Generosa recompensa por sus servicios”.

   “Amar, te dije que no dejaras horarios marcados en tu casa”. Mi mirada era de reproche. “Mi hermano ha debido encontrar uno”.

   Mi amigo reconoció avergonzado la verdad. Nos detuvimos brevemente en Bareilly, donde Dwarka Prasad nos esperaba con un telegrama de Ananta. Mi viejo amigo intentó en vano retenernos; le convencí de que nuestra escapada no debía ser tomada a la ligera. Como en la ocasión anterior, Dwarka rechazó mi invitación de partir para el Himalaya.

   Esa noche, mientras nuestro tren estaba detenido en una estación y yo estaba medio dormido, a Amar le despertó otro inquisitivo funcionario. También él cayó víctima del híbrido hechizo de “Thomas”y “Thompson”. El tren nos llevó triunfalmente a un amanecer en Hardwar. Las majestuosas montañas surgían en la distancia, invitándonos. Atravesamos la estación como un rayo y nos unimos a la libertad del gentío de la ciudad. Lo primero que hicimos fue cambiar nuestro traje por ropa autóctona, ya que por alguna razón Ananta había calado nuestro disfraz europeo. Una premonición de captura agobiaba mi mente.

   Juzgando conveniente dejar de inmediato Hardwar, sacamos los billetes para Rishikesh, una tierra largamente santificada por los pies de muchos maestros. Yo ya había subido al tren, Amar quedó rezagado en el andén. Fue detenido repentinamente por el alto de un policía. Nuestro inoportuno guardián nos escoltó hasta una dependencia de la estación y se hizo cargo de nuestro dinero. Nos explicó cortésmente que era su deber retenernos hasta que llegara mi hermano mayor.

   Al saber que nuestro objetivo al “hacer novillos” era el Himalaya, el funcionario nos contó una extraña historia.

   “¡Veo que os vuelven locos los santos! Nunca encontraréis un hombre de Dios más grande que el que yo vi ayer, sin ir más lejos. Mi compañero y yo lo encontramos por primera vez hace cinco días. Estábamos patrullando por el Ganges, buscando, ojo avizor, a un asesino. Nuestras instrucciones eran capturarlo vivo o muerto. Se sabía que para robar a los peregrinos se hacía pasar por un sadhu. No muy lejos de nosotros divisamos a un personaje que se parecía a la descripción del criminal. No hizo caso de nuestra orden de detenerse. Cuando nos acercamos a él por la espalda, blandí mi hacha con una fuerza tremenda; el brazo derecho del hombre qued ó separado casi por completo del cuerpo.

   “Sin protestar ni mirar siquiera la espantosa herida, el desconocido, por increíble que parezca, continuó su rápida marcha. Cuando nos plantamos delante de él, dijo tranquilamente.

   “‘No soy el asesino que están buscando’.

   “Yo me sentía profundamente apesadumbrado al ver que había herido la persona de un sabio de aspecto divino. Postrándome a sus pies, imploré su perdón y ofrecí mi turbante para contener los intensos borbotones de sangre.

   “‘Hijo, fue sólo un error comprensible de tu parte’. El santo me miró con dulzura. ‘Vete y no te hagas reproches. La Madre Divina me cuidará’. Apretó su brazo colgante contra el muñón y… ¡se pegó!; inexplicablemente la sangre dejó de manar.

   “‘Ven a verme bajo aquel árbol dentro de tres días y me encontrarás totalmente curado. Así no tendrás remordimientos’.

   “Ayer mi camarada y yo fuimos con ansiedad al lugar señalado. El sadhu estaba allí y nos permitió examinar su brazo. ¡No mostraba cicatriz ni traza de herida!

   “‘Me dirijo a Rishikesh de camino a las soledades del Himalaya’. Nos bendijo y se marchó rápidamente. Sentí que gracias a su santidad me había hecho mejor”.

   El agente concluyó con una exclamación piadosa; era obvio que la experiencia le había conmovido más allá de su nivel espiritual acostumbrado. Con un gesto imponente me tendió un recorte sobre el milagro. En el incoherente estilo propio de los periódicos sensacionalistas (que, desafortunadamente, no faltan en la India), la versión del periodista estaba ligeramente exagerada: informaba que el sadhu casi había sido ¡decapitado!

   Amar y yo lamentamos habernos perdido al gran yogui que podía perdonar a su perseguidor de una forma tan cristiana. La India, materialmente pobre desde hace dos siglos, tiene todavía una reserva inagotable de riqueza divina; de vez en cuando es posible encontrar “rascacielos” espirituales al borde del camino, incluso por parte de hombres mundanos como el policía.

   Agradecimos al agente aliviar nuestro tedio con su maravillosa historia. Probablemente él estaba dando a entender que era más afortunado que nosotros: había conocido sin esfuerzo a un santo iluminado; nuestra ferviente búsqueda había terminado, no a los pies de un maestro, ¡sino en una tosca comisaría!

   Tan cerca del Himalaya y sin embargo, en nuestra cautividad, tan lejos, le dije a Amar que me sentía doblemente impelido a buscar la libertad.

   “Escapémonos a la menor oportunidad. Podemos ir a pie hasta la sagrada Rishikesh”. Sonreí de un modo alentador.

   Pero mi compañero se había vuelto pesimista tan pronto como se nos retiró el fuerte puntal de nuestro dinero.

   “Si nos aventuramos en una caminata a través de la peligrosa jungla, terminaremos, no en la ciudad de los santos, ¡sino en el estómago de los tigres!”.

   Ananta y el hermano de Amar llegaron tres días más tarde. Amar recibió a su hermano cariñosamente y con alivio. Yo estaba irreconciliable. Todo lo que consiguió Ananta de mí fue una dura censura.

   “Comprendo cómo te sientes”. Mi hermano hablaba en tono conciliador. “Lo único que te pido es que me acompañes a Benarés a conocer a cierto santo y vayas a Calcuta a pasar unos días con tu afligido padre. Después puedes reanudar aquí tu búsqueda de un maestro”.

   Amar entró en ese momento en la conversación para afirmar que no tenía ninguna intención de volver a Hardwar conmigo. Estaba disfrutando del calor familiar. Pero yo sabía que por mi parte nunca abandonaría la búsqueda de mi gurú.

   Nuestro grupo tomó el tren para Benarés. Allí tuve una singular e inmediata respuesta a mis oraciones.

   Ananta había arreglado de antemano un astuto plan. Antes de ir a recogerme a Hardwar se había detenido en Benarés para pedir a cierta autoridad en las escrituras que me recibiera más tarde. El pundit y su hijo habían prometido emprender la tarea de disuadirme del sendero de un sannyasi1.

   Ananta me llevó a su casa. El hijo, un joven de maneras vivaces, me recibió en el patio. Me envolvió en un largo discurso filosófico. Pretendiendo tener un clarividente conocimiento de mi futuro, descartó mi idea de ser monje.

   “¡Conocerás una desgracia continua y serás incapaz de encontrar a Dios si insistes en abandonar tus responsabilidades! No podrás agotar tu karma2 pasado sin experiencias mundanas”.

   Las inmortales palabras de Krishna salieron de mis labios en respuesta: “Incluso la persona de peor karma que medite incesantemente en Mí, se deshace rápidamente de los efectos de sus malas acciones del pasado. Convirtiéndose en un ser dotado de una gran alma, pronto alcanza la paz eterna. Arjuna, ten esto por cierto: ¡el devoto que pone su confianza en Mí jamás perecerá!”3.

Fiesta del solsticio

   Pero el contundente pronóstico del joven había hecho tambalearse ligeramente mi confianza. Con todo el fervor de mi corazón oré silenciosamente a Dios:

   “¡Por favor, sácame del desconcierto y respóndeme aquí y ahora si quieres que lleve la vida de un renunciante o de un hombre de mundo!”.

   Observé que un sadhu de noble semblante estaba de pie justo por fuera del patio de la casa del pundit. Evidentemente había oído la animada conversación entre el supuesto clarividente y yo, pues el extraño me llamó a su lado. Sentí que de sus calmados ojos fluía un tremendo poder.

   “Hijo, no escuches a ese ignorante. En respuesta a tu oración, el Señor me dice que te asegure que tu único sendero es el de renunciante”.

   Con asombro y gratitud sonreí feliz al recibir este mensaje decisivo.

   “¡Despréndete de ese hombre!”. El “ignorante” me llamaba desde el patio. Mi santo guía levantó la mano bendiciéndome y se marchó despacio.

   “Ese sadhu está tan loco como tú”. Fue el pundit anciano quien hizo esta encantadora observación. Él y su hijo me miraban lúgubremente. “He oído que también él abandonó su hogar en una vaga búsqueda de Dios”.

   Me di media vuelta. Le dije a Ananta que no quería enzarzarme en más discusiones con nuestros anfitriones. Mi hermano estuvo de acuerdo conmigo en marcharnos inmediatamente; pronto tomamos el tren para Calcuta.

   “Señor detective, ¿cómo descubrió usted que había huido con dos compañeros?”. Descargué en Ananta mi viva curiosidad en el viaje hacia casa. Sonrió maliciosamente.

   “En el colegio supe que Amar había salido de clase y no había vuelto. A la mañana siguiente fui a su casa y encontré un horario de trenes marcado. El padre de Amar acababa de salir en un carruaje y estaba hablando con el cochero.

   “‘Hoy mi hijo no viene conmigo. ¡Ha desaparecido!’, gemía el padre.

   “Le oí decir a un compañero que su hijo y otros dos, vestidos con trajes europeos, se subieron al tren en la estación de Howrah’, dijo el hombre. ‘Le regalaron sus zapatos de piel al cochero’.

   “Así pues tenía tres pistas, el horario de trenes, el trío de chicos y las ropas inglesas”.

   Escuchaba las revelaciones de Ananta con una mezcla de risa y disgusto. ¡Nuestra generosidad hacia el cochero había sido un tanto desacertada!

   “Por supuesto mandé rápidamente telegramas a los funcionarios de estación de las ciudades que Amar había señalado en el horario de trenes. Había marcado Bareilly, así que telegrafié a tu amigo Dwarka. Después de preguntar en nuestra vecindad de Calcuta, supe que tu primo Jatinda había estado ausente una noche, pero que había llegado a casa a la mañana siguiente con atuendo inglés. Fui a buscarle y le invité a cenar. Aceptó, desarmado por la manera amistosa de conducirme. Por el camino le llevé insospechadamente a una comisaría. Se vio rodeado por varios agentes que yo había elegido con anterioridad por su fiera apariencia. Bajo su temible mirada, Jatinda consintió en relatar su misteriosa conducta.

   “‘Salí hacia el Himalaya con un fuerte sentimiento espiritual’, explicó. ‘Me sentía lleno de inspiración ante la perspectiva de conocer a los maestros. Pero en cuanto Mukunda dijo, “Durante nuestros éxtasis en las cuevas del Himalaya, los tigres quedarán hechizados y nos rodearán como gatitos”, mi ánimo se congeló; en mi frente aparecieron gotas de sudor. “¿Cómo?”, pensé. “Si la despiadada naturaleza de los tigres no se transforma gracias al poder espiritual de nuestro éxtasis, ¿nos tratarán con la delicadeza de gatos domésticos?”. Con los ojos de la mente ya me veía prisionero forzoso en el estómago de algún tigre, entrando en él no de una sola vez, con todo el cuerpo, ¡sino por entregas de cada una de sus numerosas partes!’”.

   Mi enojo por la desaparición de Jatinda se evaporó con la risa. La graciosísima continuación en el tren me compensó de toda la angustia que me había causado. Debo confesar que sentí una ligera satisfacción: ¡tampoco Jatinda se había escapado del encontronazo con la policía!

   “Ananta4, ¡has nacido para sabueso! Mi risueña mirada no estaba exenta de exasperación. “Y le diré a Jatinda que me alegro de que se viera empujado, no por el ánimo de traicionarnos, como parecía, ¡sino sólo por el prudente instinto de conservación!”.

   Ya en casa, en Calcuta, mi padre me pidió enternecedoramente que pusiera freno a mis andariegos pies, al menos hasta que terminara los estudios en la escuela secundaria. En mi ausencia, movido por la ternura, había concebido la idea de acordar con un santo pundit, Swami Kebalananda5, que viniera a casa regularmente.

   “El sabio será tu profesor de sánscrito”, me anunció mi padre lleno de confianza.

   Mi padre esperaba satisfacer mi anhelo religioso gracias a las enseñanzas de un docto filósofo. Pero las tornas se volvieron sutilmente: mi nuevo profesor, lejos de ofrecerme arideces intelectuales, avivó las brasas de mi aspiración por Dios. Mi padre no sabía que Swami Kebalananda era un exaltado discípulo de Lahiri Mahasaya. El incomparable gurú tenía miles de discípulos, atraídos hacia él silenciosamente por su magnetismo divino. Más tarde supe que Lahiri Mahasaya con frecuencia calificaba a Kebalananda de rishi y sabio iluminado.

   Hermosos y abundantes bucles enmarcaban el bello rostro de mi profesor. Sus oscuros ojos eran candorosos, con la transparencia de los de un niño. Todos los movimientos de su ligero cuerpo se distinguían por su apacible calma. Siempre amable y cariñoso, estaba firmemente establecido en la conciencia infinita. Muchas de nuestras felices horas juntos pasaron en profunda meditación Kriya.

   Kebalananda era considerado una autoridad en los antiguos shastras o libros sagrados: su erudición le había valido el título de “Shastri Mahasaya”, con el que era designado normalmente. Pero mis progresos en erudición sánscrita no fueron de notar. Yo buscaba cualquier oportunidad para olvidar la prosaica gramática y hablar de yoga y de Lahiri Mahasaya. Un día mi profesor me complació contándome algo de su propia vida con el maestro.

   “Con rara fortuna, pude permanecer cerca de Lahiri Mahasaya durante diez años. Su casa en Benarés era mi destino nocturno de peregrinación. El gurú estaba siempre en su pequeño salón del frente, en el primer piso. Mientras se sentaba en postura de loto en un asiento de madera sin respaldo, sus discípulos, en semicírculo, formaban a su alrededor una guirnalda. Sus ojos centelleaban y danzaban con el júbilo de la divinidad. Estaban siempre medio cerrados, asomándose por la órbita telescópica interior a una esfera de gozo eterno. Casi nunca hablaba extensamente. A veces su mirada se fijaba en un alumno que necesitaba ayuda; curativas palabras eran vertidas entonces como un torrente de luz.

   “Una paz indescriptible me invadía al ver al maestro. Su fragancia me penetraba como si procediera de un loto del infinito. Estar con él, aún sin intercambiar una palabra durante días, fue una experiencia que transformó todo mi ser. Si cualquier invisible barrera se levantaba en el camino de mi concentración, meditaba a los pies del gurú. Allí se ponían fácilmente a mi alcance los más sutiles estados. Tales percepciones se me escapaban en presencia de maestros menores. El maestro vivía en el templo de Dios, cuyas puertas secretas se abrieron para todos los discípulos a través de la devoción.

   “Lahiri Mahasaya no era un intérprete libresco de las escrituras. Se sumergía sin esfuerzo en la ‘biblioteca divina’. De la fuente de su omnisciencia se derramaban espumas de palabras, se rociaban pensamientos. Poseía la maravillosa llave con que abrir la profunda ciencia filosófica encerrada en los Vedas6 hace tanto tiempo. Si se le pedía que explicara los diferentes planos de conciencia mencionados en los textos antiguos, accedía con una sonrisa.

   “‘Experimentaré esos estados y enseguida os diré lo que percibo’. Era diametralmente opuesto a los profesores que confían las escrituras a la memoria y después ofrecen abstracciones que no han probado por si mismos.

   “‘Por favor, explica las estrofas sagradas tal como se te pase por la mente’. Con frecuencia el taciturno gurú daba esta instrucción a algún discípulo cercano. ‘Yo guiaré tus pensamientos, que se plasme la interpretación correcta’. De esta forma se registraron muchas de las percepciones de Lahiri Mahasaya, con voluminosos comentarios de distintos alumnos.

   “El maestro jamás abogó por la creencia servil. ‘Las palabras son sólo un caparazón’, decía. ‘Obtened la convicción de la presencia de Dios a través de vuestro feliz contacto personal durante la meditación’.

   “Fuera cual fuera el problema del discípulo, el gurú aconsejaba Kriya Yoga para solucionarlo.

   “‘La llave yóguica no perderá su eficacia para guiaros cuando yo deje de estar presente en el cuerpo. Esta técnica no puede prohibirse, archivarse u olvidarse, como lo hacen las inspiraciones teóricas. Continuad incesantemente por el sendero de la liberación a través de Kriya, cuyopoder reside en la práctica’.

   “Considero Kriya el recurso de salvación gracias al esfuerzo personal más efectivo desarrollado jamás en la búsqueda humana del Infinito”. Kebalananda concluyó con esta ferviente declaración. “Utilizándolo, el Dios omnipotente oculto en todo hombre se encarnó visiblemente en Lahiri Mahasaya y en algunos de sus discípulos”.

   Lahiri Mahasaya realizó en presencia de Kebalananda un milagro similar a los de Cristo. Mi santo profesor me contó la historia un día, con los ojos muy lejos del texto sánscrito que teníamos delante.

   “Un discípulo ciego, Ramu, despertaba en mí una viva piedad. ¿Sus ojos debían carecer de luz cuando servía con fe a nuestro maestro, en quien resplandecía la Divinidad? Una mañana quise hablar con Ramu, pero estuvo sentado durante horas abanicando pacientemente al gurú con una hoja de palma de punkha hecha a mano. Cuando el devoto salió por fin de la habitación, le seguí.

   “‘Ramu, ¿desde cuando estás ciego?’.

   “‘¡Desde que nací, señor! Mis ojos jamás han sido bendecidos con un destello del sol’.

   “‘Nuestro omnipotente gurú puede ayudarte. Por favor, pídeselo’.

   “Al día siguiente Ramu se acercó tímidamente a Lahiri Mahasaya. El discípulo se sentía casi avergonzado al pedir que la riqueza física se sumara a su superabundancia espiritual.

   “‘Maestro, el Iluminador del cosmos está en usted. Le ruego que traiga Su luz a mis ojos para que pueda percibir hasta el más ligero resplandor del sol’.

   “‘Ramu, alguien se ha confabulado para ponerme en una situación difícil. Yo no tengo poderes curativos’.

   “‘Señor, sin duda el Uno Infinito que está en su interior puede curar’.

   “‘Eso es otra cosa, Ramu. ¡Dios no tiene límite! Quien enciende las estrellas y las células del cuerpo con misteriosa vida refulgente, sin duda puede llevar a tus ojos el brillo de la visión’.

   “El maestro tocó la frente de Ramu en el entrecejo7.

   “‘Concentra aquí tu mente y durante siete días canta con frecuencia el nombre del profeta Rama8. El esplendor del sol tendrá un amanecer especial para ti’.

   “¡Así se cumplió, en una semana! Por primera vez Ramu contempló el hermoso rostro de la naturaleza. El Uno Omnisciente dirigió infaliblemente a su discípulo a repetir el nombre de Rama, adorado por él por encima de los demás santos. La fe de Ramu era el arado suelo devocional en que brotó la poderosa semilla de la curación permanente del gurú”. Kebalananda guardó silencio durante un momento, a continuación rindió un tributo más a su gurú.

   “En todos los milagros realizados por Lahiri Mahasaya, era evidente que jamás permitía que el principio del ego9 se considerara la fuerza causativa. Gracias a su perfecta entrega sin resistencia, el maestro podía hacer que el Poder Curativo Absoluto fluyera a través de él.

   “Las numerosas personas que fueron espectacularmente curadas por Lahiri Mahasaya finalmente tuvieron que alimentar el fuego de la cremación. Pero los silenciosos despertares espirituales que efectuó, los discípulos similares a Cristo que moldeó, son sus milagros imperecederos”.

   Nunca me convertí en un erudito en sánscrito; Kebalananda me enseñó la sintaxis divina.

ÍNDICE
____________________________________________________________________________________

1 Literalmente “renunciante”. De la raíz verbal sánscrita “apartar de sí”. Volver

2 Los efectos de las acciones del pasado, de esta vida o de vidas anteriores; de la raíz sánscrita kri, “hacer”. Volver

3 Bhagavad Gita, IX, 30-31. Krishna fue el mayor profeta de la India; Arjuna era su principal discípulo. Volver

4 Yo siempre me dirigía a él como Ananta-da. Da es un sufijo que reciben en la India los hermanos mayores por parte de los hermanos y hermanas pequeños. Volver

5 Cuando le conocí, Kebalananda todavía no había ingresado en la Orden de los Swamis y se le llamaba normalmente “Shastri Mahasaya”. Para evitar confusiones con el nombre de Lahiri Mahasaya y con el Maestro Mahasaya (capítulo 9), me referiré a mi profesor de sánscrito únicamente por su nombre monástico de Swami Kebalananda. Su biografía se ha publicado recientemente en bengalí. Nacido en el distrito bengalí de Khulna en 1863, Kebalananda abandonó su cuerpo en Benarés a la edad de setenta y siete años. Su nombre de familia era Ashutosh Chatterji. Volver

6 Los antiguos cuatro Vedas contienen los más de 100 libros canónicos existentes. En su Diario, Emerson rinde el siguiente tributo al pensamiento védico: “Es sublime como el calor y la noche y un mar en calma. Contiene todos los sentimientos religiosos, todas las grandes éticas que visitan las nobles mentes poéticas… No sirve de nada dejar el libro a un lado; si me confío a los bosques o a una barca en la laguna, la Naturaleza hace de mí un Brahmin: necesidad constante, compensación constante, insondable poder, ininterrumpido silencio … Éste es su credo. Paz, me dice y pureza y absoluto abandono, estas panaceas expían todo pecado y te llevan a la beatitud de los Ocho dioses”. Volver

7 El asiento del ojo espiritual u “ojo único”. Al morir, normalmente la conciencia del ser humano es atraída hacia ese lugar sagrado; esto explica que los difuntos tengan los ojos levantados. Volver

8 El personaje principal del poema épico sánscrito titulado Ramayana. Volver

9 Ahamkara, egoísmo; literalmente “Yo hago”. La causa primordial de la dualidad o engaño de maya, por la cual el sujeto (ego) se presenta como objeto; los individuos imaginan que son los creadores. Volver

 
         
      ANANDA.ORG | ANANDA.IT
      ANANDAEDICIONES.ES