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Capítulo Siete

El Santo que Levita

   “La noche pasada, en una reunión, vi a un yogui permanecer en el aire, a muchos centímetros del suelo”. Mi amigo, Upendra Mohun Chowdhury, hablaba con admiración.

   Le dirigí una entusiasta sonrisa. “Quizá adivine su nombre. ¿Era Bhaduri Mahasaya, de Upper Circular Road?”.

   Upendra asintió con la cabeza, un poco alicaído por no ser portador de nuevas. Mi curiosidad por los santos era bien conocida entre mis amigos; les encantaba proporcionarme pistas frescas.

   “El yogui vive tan cerca de mi casa que le visito con frecuencia”. Mis palabras despertaron un vivo inter és en el rostro de Upendra y le hice alguna confidencia más.

   “Le he visto hacer proezas extraordinarias. Domina con pericia los distintos pranayamas1 del antiguo yoga óctuple trazado por Pantanjali2. ¡En una ocasión Bhaduri Mahasaya realizó delante de mí el Bhastrika Pranayama con una fuerza tan sorprendente, que parecía como si en la habitación se hubiera desatado una auténtica tormenta! A continuación extinguió la tremenda respiración y permaneció inmóvil en un elevado estado de superconciencia3. El aura de paz después de la tormenta fue tan intensa que no podría olvidarse”.

   “He oído que el santo jamás sale de casa”. El tono de Upendra era un tanto incrédulo.

   “¡Así es!”. Vive encerrado en casa desde hace veinte años. Sólo durante las festividades sagradas dulcifica ligeramente esta norma auto impuesta, entonces ¡nada menos que cruza hasta la acera de enfrente! Allí se reúnen los mendigos, pues Santo Bhaduri es conocido por la ternura de su corazón”.

   “¿Qué hace para permanecer en el aire, desafiando la ley de gravedad?”.

   “El cuerpo de un yogui pierde su pesadez tras utilizar ciertos pranayamas. Entonces puede levitar o dar saltos como una rana saltarina. Se sabe incluso de santos que no siguen una práctica formal de yoga4 a los que se ha visto levitar en estados de intensa devoción por Dios”.

   “Me gustaría saber más sobre este santo. ¿Asistes a sus reuniones nocturnas?”. Los ojos de Upendra brillaban de curiosidad.

   “Sí, voy con frecuencia. Me divierte enormemente la agudeza de su sabiduría. A veces mi risa se prolonga tanto que echa a perder la solemnidad de sus reuniones. Al santo no le desagrada, ¡pero sus discípulos me fulminan con la mirada!”.

   Aquella tarde, de regreso a casa después de la escuela, pasé por el claustro de Bhaduri Mahasaya y decidí visitarle. El yogui era inaccesible para el público en general. Un solitario discípulo, que ocupaba la planta baja, vigilaba la privacidad de su maestro. El estudiante era algo así como un tirano; ya estaba preguntándome con toda ceremonia si yo tenía “cita”. Su gurú compareció justo a tiempo para salvarme de la ejecución sumaria.

“Deja que Mukunda venga cuando desee”. Los ojos del sabio centelleaban. “Mi regla de reclusión no está pensada para mi comodidad, sino para la de los demás. A la gente mundana no le gusta la franqueza que hace añicos sus ilusiones. Los santos no sólo son raros sino también desconcertantes. ¡Hasta en las Escrituras resultan a veces embarazosos!”.

   Seguí a Bhaduri Mahasaya a sus austeras habitaciones del piso de arriba, de las que apenas se movía. A menudo los maestros ignoran el panorama de la vana agitación del mundo, descentrado a fuerza de concentrarse en el tiempo. Los contemporáneos de un sabio no son sólo quienes viven en el estrecho presente.

   “Maharishi5, usted es el primer yogui que conozco que permanece siempre en casa”.

   “A veces Dios planta a sus santos en terrenos insospechados, ¡para hacernos ver que no podemos reducirlo a una regla!”.

   El sabio inmovilizó su vibrante cuerpo en la postura de loto. Septuagenario, no mostraba signos desagradables de la edad o la vida sedentaria. Fuerte y derecho, era un ser ideal en todos los aspectos. Su rostro era el de un rishi tal como lo describen los textos antiguos. De cabeza noble y abundante barba, se sentaba siempre recto, con sus tranquilos ojos fijos en la Omnipresencia.

   El santo y yo entramos en estado meditativo. Su dulce voz me despertó al cabo de una hora.

“Tú te sumerges con frecuencia en el silencio, pero ¿has desarrollado anubhava?”6. Estaba recomendándome que amara a Dios más que a la meditación. “No confundas la técnica con la Meta”.

   Me ofreció algunos mangos. Con aquel sentido del humor que yo encontraba tan encantador en su grave naturaleza, observó, “En general la gente siente más cariño por Jala Yoga (unión con la comida) que por Dhyana Yoga (unión con Dios)”.

   Su yóguico juego de palabras me hizo reír a carcajadas.

   “¡Qué risa tienes!”. Un cariñoso destello alumbró su mirada. Su rostro estaba siempre serio, pero tocado por una sonrisa extática. Sus grandes ojos de loto sostenían una secreta risa divina.

   “Esas cartas proceden de la lejana América”. El sabio señaló varios gruesos sobres que estaban sobre una mesa. “Mantengo correspondencia con algunas sociedades cuyos miembros sienten interés por el yoga. Están descubriendo de nuevo la India, ¡con mejor sentido de la orientación que Colón! Me alegro de poder ayudarles. El conocimiento del yoga puede recibirlo libremente todo el mundo, como la desnuda luz del día.

   “A Occidente no debe dársele diluido lo que los rishis consideran esencial para la salvación humana. Iguales en cuanto al alma, aunque con distintas experiencias externas, ni Oriente ni Occidente florecerán sin algún tipo de práctica disciplinaria de yoga.

   El santo me observó con sus tranquilos ojos. Yo no me di cuenta de que sus palabras eran una velada orientación profética. Sólo ahora, cuando escribo estas líneas, comprendo plenamente el propósito de las indicaciones casuales que me daba a menudo, pues algún día yo llevaría las enseñanzas de la India a América.

   “Maharishi, me gustaría que escribiera un libro de yoga para beneficio del mundo”.

   “Estoy formando discípulos. Ellos y sus alumnos serán volúmenes vivientes, pruebas contra las desintegraciones naturales del tiempo y las interpretaciones antinaturales de los críticos”. El ingenio de Bhaduri desató en mí otra tempestad de risa.

   Estuve solo con el yogui hasta que por la noche llegaron sus discípulos. Bhaduri Mahasaya ofreció uno de sus inimitables discursos. Como una inundación pacífica, barrió los escombros mentales de sus oyentes, llevándolos hacia Dios. Sus encendidas parábolas se expresaban en un bengalí inmaculado.

   Esa noche Bhaduri expuso varios puntos filosóficos relacionados con la vida de Mirabai, una princesa Rajputani medieval que abandonó su vida en la corte para buscar la compañía de los sadhus. Un gran sannyasi rehusó recibirla porque era mujer; la respuesta que ella le dio lo llevó humildemente a sus pies.

   “Decidle al maestro”, había dicho, “que no sé que exista en el universo otro ser Masculino sino Dios; ante Él ¿no somos femeninos todos los seres?”. (Una concepción del Señor, según las escrituras, como único Principio Creativo Positivo, Su creación no es sino una pasiva maya.)

   Mirabai compuso muchas canciones extáticas que todavía se consideran joyas de la India; traduzco una:

   “Si bañándose diariamente se pudiera alcanzar a Dios,
   Elegiría ser una ballena de las profundidades;
   Si comiendo raíces y frutas pudiera ser conocido,
   Alegremente escogería la forma de cabra;
   Si rezando rosarios se Le dejara al descubierto,
   Haría mis oraciones con cuentas gigantes;
   Si inclinándose ante imágenes de piedra se Le desvelara,
   Adoraría humildemente una montaña de sílex;
   Si bebiendo leche se pudiera absorber al Señor,
   Muchos terneros y niños Le conocerían;
   Si renunciando a la esposa se Le convocara,
   ¿Cuántos miles de hombres no serían eunucos?
   Mirabai sabe que para encontrar al Uno Divino
   Lo único indispensable es el Amor”.

   Varios alumnos depositaron rupias en las zapatillas de Bhaduri, que dejaba a su lado cuando se sentaba en la postura de yoga. Esta respetuosa ofrenda, habitual en la India, indica que el discípulo pone sus bienes materiales a los pies del gurú. Los amigos agradecidos no son sino el Señor disfrazado, que cuida de si mismo.

   “¡Maestro, es usted extraordinario!”. Un estudiante, al marcharse, miró fervientemente al patriarcal sabio. “¡Ha renunciado usted a las riquezas y comodidades para buscar a Dios e inculcarnos sabiduría!”. Era bien conocido que Bhaduri Mahasaya había renunciado en su niñez a grandes riquezas familiares cuando tomó la firme resolución de entrar en el sendero del yoga.

   “¡Estás invirtiendo los términos!”. El rostro del santo expresaba un dulce reproche. “Dejé unas miserables rupias, unos mezquinos placeres, por el imperio cósmico de gozo infinito. ¿Me he negado algo? Conozco la alegría de compartir el tesoro. ¿Es eso un sacrificio? ¡La miope gente mundana es en verdad la auténticamente renunciante! ¡Renuncia a una posesión divina sin igual por un puñado de juguetes terrenales!”.

   Me reí con esta paradójica visión de la renuncia que colocaba la corona de Creso sobre todo mendigo piadoso, mientras transformaba a los orgullosos millonarios en mártires inconscientes.

   “El orden divino planifica nuestro futuro mucho más sabiamente que ninguna compañía de seguros”. El maestro terminó con unas palabras que eran el credo de su fe hecho realidad. “El mundo está lleno de intranquilos creyentes en una seguridad externa. Los pensamientos amargos son como cicatrices en sus frentes. El Uno que nos proporciona aire y leche desde que empezamos a respirar sabe cómo mantener día a día a sus devotos”.

   Continué mis peregrinaciones desde el colegio a la puerta del santo. Con silencioso celo me ayudó a alcanzar anubhava. Un día se trasladó a Ram Mohan Roy Road, lejos de mi casa en Gurpar Road. Sus cariñosos discípulos le habían construido una nueva ermita, conocida como “Nagendra Math”7.

   Aunque me remonte varios años en mi historia, recogeré aquí las últimas palabras que me dirigió Bhaduri Mahasaya. Poco antes de embarcarme para Occidente le vi en la calle y me arrodillé humildemente para recibir su bendición de despedida:

   “Hijo, vete a América. Lleva la dignidad de la vieja India por escudo. En tu frente está escrita la victoria; el lejano y noble pueblo te recibirá bien”.

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1 Métodos de control de la fuerza vital regulando la respiración. Volver

2 El más antiguo exponente de yoga. Volver

3 En Occidente, los profesores franceses fueron los primeros en prestarse a investigar científicamente las posibilidades de la mente superconsciente. El profesor Jules-Bois, miembro de la Escuela de Psicología de la Sorbona, dio conferencias en América en 1928; dijo en público que los científicos franceses estaban de acuerdo en reconocer la existencia del superconsciente, “que es exactamente lo opuesto de la mente subconsciente de Freud”. M. Jules-Bois explicó que el despertar del consciente más elevado “no debe ser confundido con el coueismo o el hipnotismo. La existencia de una mente superconsciente ha sido ampliamente reconocida filosóficamente, siendo en realidad la Superalma de la que habla Emerson, pero sólo recientemente se ha reconocido científicamente”. El científico francés señaló que del superconsciente proceden la inspiración, el genio y los valores morales. “Creer en él no es misticismo, aunque admite y aprecia las cualidades predicadas por los místicos”. Volver

4 Sta. Teresa de Jesús y otros santos cristianos fueron vistos con frecuencia en estado de levitación. Volver

5 “Gran sabio”. Volver

6 Percepción real de Dios. Volver

7 El nombre completo del santo era Nagendranath Bhaduri. Math significa ermita o ashram. Volver

 
         
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