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Autobiografia de un Yogui
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Capítulo Trece

El Santo que no Duerme

   “Por favor, permítame ir al Himalaya. En la soledad indómita espero alcanzar una ininterrumpida comunión divina”.

   Aunque parezca mentira, en una ocasión dirigí estas ingratas palabras a mi Maestro. Presa de uno de los impredecibles engaños que de vez en cuando asaltan al devoto, sentía una impaciencia creciente hacia las tareas de la ermita y los estudios superiores. Una circunstancia débilmente atenuante es que hice mi proposición cuando sólo llevaba seis meses con Sri Yukteswar. Todavía no había medido totalmente su imponente estatura.

   “En el Himalaya viven muchos montañeses, sin embargo no poseen la percepción de Dios”. Mi gurú respondió lenta y sencillamente. “Es mejor pedir sabiduría a un hombre de realización que a una montaña”.

   Ignorando la evidente insinuación del Maestro de que él, y no una montaña, era mi profesor, repetí mi petición. Sri Yukteswar no se dignó responder. Tomé su silencio por consentimiento, una precaria interpretación que aceptamos fácilmente cuando nos conviene.

   Aquella tarde me afané en mi casa de Calcuta en los preparativos del viaje. Anudando algunas pocas cosas en una sábana, recordé un fardo similar, arrojado subrepticiamente desde la ventana de mi ático unos años antes. Me pregunté si ésta sería otra huída malograda hacia el Himalaya. La primera vez mi entusiasmo espiritual era grande; esa noche me remordía la conciencia ante el pensamiento de dejar a mi gurú.

   A la mañana siguiente fui en busca de Behari Pundit, mi profesor de sánscrito en el Scottish Church College.

   “Señor, me ha hablado usted de su amistad con un gran discípulo de Lahiri Mahasaya. Por favor, déme su dirección”.

   “Te refieres a Ram Gopal Muzumdar. Yo le llamo el ‘santo que no duerme’. Está siempre despierto en una conciencia extática. Su casa está en Ranbajpur, cerca de Tarakeswar”.

   Di las gracias al pundit y tomé inmediatamente el tren para Tarakeswar. Esperaba silenciar mi recelo arrancándole al “santo que no duerme” una sanción para embarcarme en la meditación solitaria en el Himalaya. Sabía que el amigo de Behari había recibido la iluminación después de muchos años de práctica de Kriya Yoga en las aisladas cuevas.

   En Tarakeswar me acerqué a un famoso lugar sagrado. Los hindúes lo respetan con la misma veneración que los católicos conceden al santuario de Lourdes, en Francia. En Tarakeswar han tenido lugar innumerables milagros de curación, incluyendo el de un miembro de mi familia.

   “Me senté en el templo durante una semana”, me contó en una ocasión mi tía mayor. “Observando un ayuno total, recé para que tu Tío Sarada se recuperara de una enfermedad crónica. ¡Al séptimo día encontré materializada una hierba en mi mano! Hice una infusión con las hojas y se la di a tu tío. Su enfermedad desapareció de inmediato y no reapareció nunca más”.

   Entré en el sagrado templo de Tarakeswar; en el altar no hay otra cosa que una piedra redonda. Su circunferencia, sin principio ni fin, la hace muy adecuada para simbolizar el Infinito. Las abstracciones cósmicas no son extrañas ni al más humilde campesino indio; de hecho, ha sido acusado por los occidentales de ¡vivir de abstracciones!

   En aquel momento mi propio estado de ánimo era de tal austeridad, que no me sentí inclinado a postrarme ante el símbolo de piedra. A Dios sólo se le debe buscar, reflexioné, en el interior del alma.

   Abandoné el templo sin haber hecho la genuflexión y caminé con paso enérgico hacia el pueblo de Ranbajpur, que estaba en las afueras. Mi solicitud de orientación a un transeúnte fue causa de que se enfrascara en una larga cavilación.

   “Cuando llegue a un cruce, tome a la derecha y siga recto”, dictaminó por fin proféticamente.

   Siguiendo las indicaciones, me puse en camino por la orilla de un canal. Oscureció; la jungla de los alrededores del pueblo se llenó de vida con el parpadeo de las luciérnagas y el aullido de los chacales cercanos. La luz de la luna era demasiado débil para proporcionar alguna confianza; durante dos horas avancé dando traspiés.

   ¡Bienvenido sonido de un cencerro! Finalmente mis repetidos gritos trajeron hasta mí a un campesino.

   “Estoy buscando a Ram Gopal Babu”.

   “En nuestro pueblo no vive tal persona”. El tono del hombre era seguro. “Probablemente es usted un agente mentiroso”.

   Esperando despejar las sospechas de su mente perturbada por la política, le expliqué patéticamente el aprieto en que me encontraba. Me llevó a su casa y me dispensó un acogedor recibimiento.

   “Ranbajpur está lejos de aquí”, señaló. “En el cruce debería haber tomado a la izquierda, no a la derecha”.

   Mi primer informante, pensé con tristeza, era un evidente peligro para los viajeros. Después de una reconfortante comida de arroz sin refinar, dhal de lentejas y curry de patatas con plátano crudo, me retiré a un pequeño cobertizo adjunto al patio. En la distancia, los aldeanos cantaban con el fuerte acompañamiento de mridangas1 y címbalos. Dormir era impensable aquella noche; oré profundamente para ser dirigido al escondido yogui, Ram Gopal.

   Cuando las primeras rayas del amanecer atravesaron las grietas de mi oscuro alojamiento, partí para Ranbajpur. Cruzando accidentados campos de arroz, pasé penosamente por encima de los palos cortados de las plantas espinosas y de montones de barro seco. Los campesinos con quienes me cruzaba de vez en cuando me informaban, invariablemente, de que mi destino estaba a “sólo una krosha (3 kilómetros)”. Durante seis horas el sol viajó triunfalmente desde el horizonte al cenit, pero yo comencé a sentir que siempre me separaría de Ranbajpur tan sólo una krosha.

   A media tarde mi mundo continuaba siendo un interminable campo de arroz. El calor desprendido por el cielo inclemente estaba llevándome al borde del colapso. Un hombre se acercó sin prisa, apenas me atrevía a formular mi acostumbrada pregunta, para que no pronunciara el monótono: “Sólo una krosha”.

   El extraño se detuvo a mi lado. Bajo y menudo, era físicamente insignificante salvo por un extraordinario par de penetrantes ojos oscuros.

   “Estaba proyectando irme de Ranbajpur, pero tu objetivo era bueno, así que te esperé”. Chascó los dedos en mi asombrado rostro. “¿No eres lo suficientemente listo para pensar que sin anunciarte no podrías echárteme encima? Ese profesor Behari no tenía derecho a darte mi dirección”.

   Considerando que presentarme sería simple verbosidad en presencia de este maestro, permanecí de pie, sin habla, algo herido ante tal acogida. Expresó su siguiente observación con brusquedad.

   “Díme; ¿dónde crees que está Dios?”.

   “Bueno, está dentro de mí y en todas partes”. Sin duda yo daba la impresión de estar tan desconcertado como me sentía.

   “Omnipresente, ¿eh?”. El santo se reía. Entonces, jovencito, ¿por qué no se postró usted ayer ante el Infinito en el símbolo de piedra del templo de Tarakeswar?2 Su orgullo le ha acarreado el castigo de ser mal informado por el transeúnte que no se preocupaba de sutiles diferencias como izquierda y derecha. ¡También hoy ha pasado por incomodidades justamente merecidas!”.

   Estuve totalmente de acuerdo, asombrado de que un ojo omnisciente se ocultara en el insignificante cuerpo que estaba ante mí. Del yogui emanaba una fuerza curativa; instantáneamente me sentí refrescado en el campo abrasador.

   “Los devotos tienen tendencia a pensar que su sendero hacia Dios es el único camino”, dijo. “El Yoga, a través del cual encontramos la divinidad en nuestro interior, es sin duda la senda más elevada; así nos lo dijo Lahiri Mahasaya. Pero al descubrir al Señor en el interior, pronto lo percibimos exteriormente. Los templos sagrados como Tarakeswar y tantos otros, son justamente venerados como núcleos de poder espiritual”.

   La actitud de censura del santo se desvaneció; sus ojos se volvieron compasivamente dulces. Me dio palmaditas en la espalda.

   “Joven yogui, veo que has huido de tu maestro. Él tiene todo lo que necesitas; debes volver con él. Las montañas no pueden ser tu gurú”. Ram Gopal estaba repitiendo el mismo pensamiento que Sri Yukteswar había expresado en nuestro último encuentro.

   “Los Maestros no están forzados cósmicamente a tener una residencia restringida”. Mi compañero me miró socarronamente. “El Himalaya de la India y el Tíbet no tienen el monopolio de los santos. Lo que uno no se molesta en buscar en su interior, no será descubierto transportando el cuerpo de aquí para allá. Tan pronto como el devoto está dispuesto a ir al confín de la tierra, si es necesario, para conseguir iluminación espiritual, su gurú aparece a su lado”.

   Asentí silenciosamente, recordando mi oración en la ermita de Benarés, seguida por el encuentro con Sri Yukteswar en una callejuela abarrotada.

   “¿Dispones de una pequeña habitación donde puedas cerrar la puerta y estar solo?”.

   “Sí”. Pensé que el santo descendía de lo general a lo particular a una velocidad desconcertante.

   “Ésa es tu cueva”. El yogui me dedicó una mirada de iluminación que jamás he olvidado. “Ésa es tu montaña sagrada. Allí es donde encontrarás finalmente el reino de Dios”.

   Sus sencillas palabras desterraron instantáneamente mi obsesión de siempre por el Himalaya. En un ardiente campo de arroz desperté de mis montañosos sueños de nieves perpetuas.

   “Jovencito, tu sed divina es loable. Siento un gran amor por ti”. Ram Gopal me cogió de la mano y me condujo a una pintoresca aldea. Las casas de adobe estaban cubiertas con hojas de cocotero y sus rústicas entradas adornadas.

   El santo me sentó a la sombra en la plataforma de bambú de su pequeña casa. Después de darme zumo de lima endulzado y un trozo de palo de azúcar, entró en su patio y se puso en postura de loto. Al cabo de unas cuatro horas abrí mis ojos meditativos y vi que la figura del yogui, iluminada por la luna, todavía permanecía inmóvil. Cuando estaba recordándole severamente a mi estómago que no sólo de pan vive el hombre, Ram Gopal se me acercó.

   “Veo que estás hambriento; la comida estará lista enseguida”.

   Se encendió el fuego bajo un horno de arcilla del patio; pronto se sirvió arroz y dhal en grandes hojas de banano. Mi anfitrión rechazó cortésmente mi ayuda en todas las tareas de la cocina. “El invitado es Dios”, un proverbio hindú, ha disfrutado de ferviente observancia desde tiempo inmemorial. En mis últimos viajes internacionales, he quedado encantado de ver que en las áreas rurales de muchos países se observa un respeto similar por el visitante. Los habitantes de las ciudades ven la fina punta de la hospitalidad gastada por la superabundancia de rostros extraños.

   Sentado junto al yogui en el aislamiento de la diminuta aldea de la jungla, el comercio humano aparecía remotamente vago. El recinto de la casita se llenó de misterio al suavizarse la luz. Ram Gopal preparó unas mantas rotas en el suelo para que me sirvieran de cama y él se sentó en una estera de paja. Abrumado por su magnetismo espiritual aventuré una petición.

   “Señor, ¿por qué no me concede el samadhi?”.

   “Querido mío, me encantaría transmitirte el contacto divino, pero no me corresponde a mí hacerlo”. El santo me miró con los ojos entrecerrados. “Tu maestro te otorgará esa experiencia pronto. Tu cuerpo todavía no está a punto. Al igual que una lámpara pequeña no puede resistir un voltaje eléctrico excesivo, tus nervios no están preparados para la corriente cósmica. Si te entregara el éxtasis infinito ahora, te quemarías como si cada una de tus células estuviera ardiendo.

   “Me pides iluminación”, continuó el yogui pensativamente, “cuando yo me pregunto, insignificante como soy y con lo poco que he meditado, si habré conseguido agradar a Dios y qué valor alcanzaré a sus ojos en la cuenta final”.

   “Señor, ¿no ha estado usted buscando a Dios sinceramente durante mucho tiempo?”.

   “No he hecho mucho. Behari te habrá contado algo de mi vida. Durante veinte años ocupé una oculta gruta, meditando durante ocho horas diarias. Después me trasladé a una cueva más inaccesible y permanecí allí durante veinticinco años, entrando en la unión yoga durante veinte horas diarias. No necesitaba dormir, pues estaba siempre con Dios. Mi cuerpo descansaba más en la calma completa del superconsciente, de lo que pudiera hacerlo en la paz parcial de un estado subconsciente ordinario.

   “Los músculos se relajan durante el sueño, pero el corazón, los pulmones y el sistema circulatorio están siempre trabajando; no descansan. En el supersconsciente, los órganos internos permanecen en un estado de suspensión de la actividad, electrificados por la energía cósmica. De esa forma, durante años me ha resultado innecesario dormir. Llegará el día en que también tú prescindirás del sueño”.

   “¡Dios mío, ha meditado usted durante tanto tiempo y todavía no está seguro del favor del Señor!”. Le miré asombrado. “¿Qué será entonces de nosotros, pobres mortales?”.

   “Bueno, ¿no ves, querido muchacho, que Dios es en Sí mismo Eternidad? Pretender que uno puede conocerle completamente gracias a cuarenta y cinco años de meditación es una expectativa absurda. No obstante, Babaji nos asegura que incluso un poco de meditación nos salvará del desesperado miedo a la muerte y de los estados post mortem. No coloques tu ideal espiritual en una pequeña montaña, átalo a la estrella del logro divino total. Si trabajas duro, lo conseguirás”.

   Embelesado con la perspectiva, le pedí que me instruyera más. Me relató la maravillosa historia de su primer encuentro con el gurú de Lahiri Mahasaya, Babaji3. Alrededor de medianoche, Ram Gopal entró en el silencio y yo me tendí en las mantas. Cerrando los ojos, vi relámpagos; el vasto espacio de mi interior era una cámara de luz líquida. Abrí los ojos y observé el mismo deslumbrante resplandor. La habitación pasó a formar parte de la bóveda infinita que contemplé con la visión interior.

   “¿Por qué no duermes?”.

   “Señor, ¿cómo podría dormir en medio de relámpagos que centellean tanto con los ojos cerrados como abiertos?”.

   “Es una bendición para ti tener esa experiencia; la radiación divina no es fácil de ver”. El santo añadió algunas palabras cariñosas.

   Al amanecer Ram Gopal me dio un palo de azúcar y me dijo que debía irme. Me costaba tanto despedirme de él que las lágrimas corrían por mis mejillas.

   “No te dejaré marchar con las manos vacías”. El yogui hablaba tiernamente. “Te daré algo”.

   Sonrió y me miró con firmeza. Quedé anclado al suelo, una tremenda riada de paz atravesó las compuertas de mis ojos. Me curé instantáneamente de un dolor de espalda que me había ocasionado problemas de forma intermitente durante años. Renovado, bañado en un mar de luminosa alegría, dejé de llorar. Tras tocar los pies del santo, me adentré en la jungla y recorrí despacio mi camino a través de la maraña tropical hasta alcanzar Tarakeswar.

   Aquí hice una segunda peregrinación al famoso templo y me postré totalmente ante el altar. La piedra circular se ensanchó ante mi visión interior hasta convertirse en esferas cósmicas, anillos en anillos, zona tras zona, todo inmerso en la divinidad.

   Una hora más tarde tomé feliz el tren para Calcuta. Mis viajes terminaron, no en las elevadas montañas, sino en la himalaya presencia de mi Maestro.

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1 Tambores tocados con las manos, utilizados sólo para música devocional. Volver

2 Aquí uno recuerda la observación de Dostoevski: “Quien no se inclina ante nada, nunca podrá soportar la carga de sí mismo”. Volver

3 Ver capítulo 33 Volver

 
         
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