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Autobiografia de un Yogui
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Capítulo Quince

El Robo de la Coliflor

   ¡Maestro, un regalo para usted! Yo mismo planté estas seis enormes coliflores con mis manos; velé su crecimiento con el tierno cuidado con que una madre nutre a su hijo”. Le presenté la cesta de hortalizas con ademán ceremonioso.

   “¡Gracias!”. La sonrisa de Sri Yukteswar era cálida y de agradecimiento. “Por favor, guárdalas en tu habitación; las necesitaré mañana para una cena especial”.

   Acababa de llegar a Puri1 para pasar las vacaciones estudiantiles de verano con mi gurú, en su ermita junto al mar. Construido por el Maestro y sus discípulos, el pequeño y acogedor retiro de dos pisos mira a la Bahía de Bengala.    A la mañana siguiente me desperté temprano, refrescado por la salada brisa del mar y el encanto de los alrededores. La melodiosa voz de Sri Yukteswar me llamaba; eché un vistazo a mis preciadas coliflores y las guardé cuidadosamente debajo de la cama.

   “Venid, vamos a la playa”. El Maestro abría el paso; varios discípulos jóvenes y yo mismo lo seguíamos formando un grupo disperso. Nuestro gurú nos contemplaba con leve crítica.

   “Cuando nuestros hermanos occidentales caminan, generalmente se preocupan mucho de la armonía. Así que, por favor, marchad en dos columnas; mantened rítmicamente el paso. Sri Yukteswar observó si le obedecíamos; comenzó a cantar: “Los chicos van de aquí para allá, en una encantadora fila”. No pude dejar de admirar la facilidad con que el Maestro era capaz de ajustarse al enérgico paso de sus jóvenes alumnos.

Ermita en Puri

   “¡Alto!”. Mi gurú me miró a los ojos. “¿Te acordaste de cerrar la puerta de atrás de la ermita?”.

   “Creo que sí, señor”.

   Sri Yukteswar permaneció en silencio unos minutos con una sonrisa medio reprimida en los labios. “No, lo olvidaste”, dijo por fin. “La contemplación divina no debe ser una excusa para el descuido material. Has incumplido tu deber de proteger el ashram; debes ser castigado”.

   Creí que estaba bromeando confusamente cuando añadió: “Tus seis coliflores pronto serán sólo cinco”.

   Dimos la vuelta por orden del Maestro y regresamos hasta llegar cerca de la ermita.

   “Descansemos un momento. Mukunda, mira hacia el cercado de la izquierda; observa la carretera que está más allá. Cierto hombre llegará allí dentro de poco; él será el instrumento de tu castigo”.

   Oculté mi disgusto ante estas observaciones incomprensibles. Enseguida apareció un campesino por la carretera; bailaba grotescamente y lanzaba los brazos al aire con gestos absurdos. Casi paralizado por la curiosidad, clavé los ojos en el cómico espectáculo. Cuando el hombre llegó a un punto de la carretera en que desaparecería de nuestra vista, Sri Yukteswar dijo, “Ahora se volverá”.

   De pronto el campesino cambió de dirección y tomó la de la parte trasera del ashram. Cruzando una extensión arenosa, entró en el edificio por la puerta de atrás. Yo la había dejado abierta, tal como dijo mi gurú. El hombre reapareció muy pronto, llevando en el brazo una de mis apreciadas coliflores. Ahora daba grandes zancadas con aire respetable, investido con la dignidad de la posesión.

   La farsa puesta en escena, en la que mi papel parecía ser el de la perpleja víctima, no fue tan desconcertante como para que yo no saliera corriendo en indignada persecución. Estaba a medio camino de la carretera cuando el Maestro me llamó. La risa le sacudía de pies a cabeza.

   “Ese pobre loco estaba ansioso de una coliflor”, explicó entre estallidos de risa. “Pensé que sería una buena idea que obtuviera una de las tuyas, ¡tan mal guardadas!”.

   Me precipité a mi habitación, donde vi que el ladrón, evidentemente alguien con fijación por las hortalizas, había dejado intactos mis anillos de oro, reloj y dinero, todo extendido tranquilamente por la manta. Mientras se había arrastrado bajo la cama, donde, completamente ocultas a la vista, una de mis coliflores había suscitado su resuelto deseo.

   Esa tarde pedí a Sri Yukteswar que me explicara el incidente, que tuvo, a mi parecer, ciertos rasgos misteriosos.

   Mi gurú meneó despacio la cabeza. “Llegará el día en que lo comprenderás. La ciencia descubrirá pronto algunas de estas leyes ocultas”.

   Cuando algunos años después los milagros de la radio explotaron en un mundo atónito, recordé la predicción del Maestro. Los viejos conceptos de tiempo y espacio quedaron aniquilados; ¡ningún hogar, de ningún campesino, es tan estrecho como para que no puedan caber en él Londres o Calcuta! La inteligencia más gris se dilata ante esta prueba irrefutable de uno de los aspectos de la omnipresencia humana.

   La “trama” de la comedia de la coliflor se entenderá mejor con una analogía tomada de la radio. Sri Yukteswar era una radio humana perfecta. Los pensamientos no son más que vibraciones muy leves que se mueven en el éter. Así como una radio al sintonizarse elige, para cada dirección, la música deseada de entre miles de otros programas, así mi gurú fue capaz de captar el pensamiento del pobre imbécil que añoraba una coliflor, de entre los innumerables pensamientos que los deseos humanos emiten en el mundo.2

   Gracias a su poderosa voluntad, el Maestro era también una estación emisora humana y había dirigido con éxito al campesino para que volviera sobre sus pasos y fuera a cierta habitación a por una simple coliflor.

   La intuición3 es la guía del alma, aparece de forma natural en el hombre durante los momentos en que su mente está calmada. Casi todo el mundo ha experimentado uno de estos inexplicables “presentimientos” o ha transmitido realmente sus pensamientos a otra persona.

   La mente humana, libre de la estática de la intranquilidad, puede realizar a través de la antena de su intuición todas las funciones de los complicados mecanismos de la radio, enviar y recibir pensamientos y desconectarse de los no deseados. Así como el poder de una radio depende de la cantidad de energía eléctrica que utiliza, así la radio humana se energetiza según la fuerza de voluntad que posee cada individuo.

   Todos los pensamientos vibran eternamente en el cosmos. Gracias a la concentración profunda, un maestro es capaz de detectar los pensamientos de todas las mentes, vivas o muertas. Los pensamientos están enraizados universalmente, no individualmente; un pensamiento no puede crearse, sino sólo percibirse. Los pensamientos erróneos del ser humano proceden de las imperfecciones de su discernimiento. La meta de la ciencia del yoga es calmar la mente para que, sin distorsiones, pueda ser un espejo de la visión divina del universo.

   La radio y la televisión han llevado instantáneamente el sonido y la imagen de personas lejanas a los hogares de millones de personas: la primera débil indicación científica de que el hombre es un espíritu omnipresente. No un cuerpo restringido a un punto del espacio, sino una vasta mente, contra la que el ego conspira de las formas más bárbaras, pero en vano.

   “Todavía pueden aparecer fenómenos muy extraños, asombrosos, aparentemente improbables, que, una vez confirmados, no nos sorprenderán más de lo que hoy nos sorprende lo que la ciencia ha enseñado durante el último siglo”, declaró Charles Rober Richet, Premio Nobel de Fisiología. “Se asume que los fenómenos que hoy aceptamos sin sorpresa no nos asombran porque los entendemos. Pero eso no es así. Si no nos sorprenden no es porque los entendamos, sino porque nos resultan familiares; pues si debiera sorprendemos cuanto no entendemos, nos sorprendería todo, la caída de una piedra arrojada al aire, la bellota que se convierte en un roble, el mercurio que se expande al calentarse, el hierro atraído por un imán, el fósforo, que se quema al frotarlo… Hoy la ciencia es una materia simple; las revoluciones y evoluciones que experimentará en cien mil años excederán con mucho las previsiones más audaces. Las verdades, esas verdades sorprendentes, asombrosas, imprevistas, que descubrirán nuestros descendientes, ya están a nuestro alrededor, mirándonos fijamente, por decirlo así, pero nosotros no las vemos. Pero no basta con decir que no las vemos; no deseamos verlas; pues tan pronto como un hecho inesperado, no familiar, aparece, intentamos encajarlo en el marco de los lugares comunes del conocimiento adquirido y nos indignamos si alguien se atreve a experimentar un poco más allá”.

   Unos días después de que me robaran la coliflor de forma tan poco plausible, ocurrió algo divertido. Había una lámpara de petróleo que no éramos capaces de encontrar. Habiendo sido testigo tan recientemente de la percepción omnisciente de mi gurú, pensé que él demostraría que localizar la lámpara era un juego de niños.

   El Maestro se dio cuenta de mi expectación. Interrogó a todos los residentes del ashram con exagerada seriedad. Un joven discípulo confesó que había utilizado la lámpara para ir al pozo del patio trasero.

   Sri Yukteswar dio el solemne consejo: “Buscad la lámpara cerca del pozo”.

   Me precipité allí; ¡no había ninguna lámpara! Cariacontecido, volví a mi gurú. Se reía a carcajadas, sin reparar en mi desilusión.

   “¡Qué le vamos a hacer!, no pude llevarte a la lámpara desaparecida; ¡no soy un adivino!”. Añadió con los ojos chispeantes, “¡Ni siquiera soy un buen Sherlock Holmes!”.

   Comprendí que el Maestro jamás mostraría sus poderes cuando se le desafiara o por un motivo trivial.

   Se sucedieron semanas encantadoras. Sri Yukteswar estaba proyectando una procesión religiosa. Me pidió que dirigiera a los discípulos por la ciudad y la playa de Puri. El día de fiesta amaneció como uno de los más calurosos del verano.

   “Guruji, ¿cómo voy a llevar a los alumnos descalzos por la ardiente arena? Yo hablaba con desesperación.

   “Te diré un secreto”, respondió el Maestro. “El Señor enviará una sombrilla de nubes; podréis caminar cómodamente”.

   Organicé la procesión feliz; nuestro grupo salió del ashram con la pancarta Sat-Sanga.4 Diseñada por Sri Yukteswar, llevaba el símbolo del ojo único,5 la vista telescópica de la intuición.

   Apenas habíamos dejado la ermita cuando por encima de nuestras cabezas el cielo se llenó de nubes como por arte de magia. Al compás de las exclamaciones de sorpresa que salían de todas partes, comenzó a llover muy ligeramente, refrescando la ciudad y la playa abrasadora. Las gotas balsámicas cayeron durante las dos horas del desfile. En el momento justo en que nuestro grupo volvió al ashram, las nubes y la lluvia desaparecieron sin dejar rastro.

   “Ya ves que Dios se ocupa de nosotros”, contestó el Maestro después de que yo le expresara mi gratitud. “El señor responde a todos y trabaja por todos. Tal como envió lluvia ante mi súplica, así satisface todo deseo sincero del devoto. Los hombres pocas veces se dan cuenta de la frecuencia con que Dios responde a sus oraciones. Él no siente debilidad por unos pocos, sino que escucha a todo el que se acerca a Él con confianza. Sus hijos deberían tener siempre fe absoluta en el tierno favor de su Padre Omnipresente”.6

   Sri Yukteswar patrocinaba cuatro fiestas anuales, en los equinoccios y solsticios; en ellas se reunían sus seguidores de aquí y allá. La celebración del solsticio de invierno se realizaba en Serampore; la primera a la que asistí me dejó una bendición permanente.

   Las festividades comenzaron por la mañana, con una procesión por las calles, descalzos. Las voces de cientos de alumnos sonaban con dulces cantos religiosos; unos pocos instrumentistas tocaban la flauta y los khol kartal (tambores y platillos). Los entusiasmados ciudadanos cubrían el camino de flores, felices de ser sacados de sus prosaicas obligaciones por nuestras resonantes alabanzas al bendito nombre del Señor. La larga marcha terminó en el patio de la ermita. Allí rodeamos a nuestro gurú, mientras desde el corredor algunos estudiantes nos rociaban con caléndulas.

   Muchos invitados subían para recibir pudin o channa y naranjas. Me uní a un grupo de condiscípulos que aquel día hacían de cocineros. La comida para reuniones de tal tamaño tenía que prepararse al aire libre, en ollas inmensas. Los improvisados hornos de leña, fabricados con ladrillos, echaban humo y hacían llorar, pero yo me reía alegremente mientras trabajaba. En la India las fiestas religiosas jamás son molestas para nadie; cada uno hace su parte, aportando dinero, arroz, hortalizas o su servicio personal.

   El Maestro pronto estuvo entre nosotros, supervisando los detalles del banquete. Siempre ocupado, llevaba el ritmo del más enérgico de los jóvenes estudiantes.

   Un sankirtan (grupo de cantantes), acompañado del armonio y tocando los tambores indios, percutidos con las manos, actuaba en el segundo piso. Sri Yukteswar les escuchaba agradecido; su sentido musical era absolutamente perfecto.

“¡Están fuera de tono!”. El Maestro dejó a los cocineros y se unió a los artistas. La melodía se oyó de nuevo, esta vez correctamente interpretada.

   En la India, la música, al igual que la pintura y el teatro, se considera un arte divino. Brahma, Vishnu y Shiva, la Trinidad Eterna, fueron los primeros músicos. El Divino Bailarín Shiva se representa en las escrituras ideando los infinitos modos rítmicos en Su danza cósmica de la creación, conservación y disolución universal; mientras Brahma marca el compás haciendo sonar los platillos y Vishnu toca el tambor o mridanga sagrado. Krishna, una encarnación de Vishnu, se representa siempre en el arte hindú tocando la flauta, en la cual interpreta la embelesadora canción que llama a las almas humanas que vagan en el engaño de maya, a su verdadero hogar. Saraswati, diosa de la sabiduría, se simboliza tocando la vina, madre de todos los instrumentos de cuerda. El Sama Veda de la India contiene los escritos sobre ciencia musical más tempranos del mundo.

   La piedra angular de la música hindú son los ragas o escalas melódicas fijas. Los seis ragas básicos se dividen en 126 raginis (esposas) y putras (hijos). Cada raga tiene un mínimo de cinco notas; una nota principal (vadi o rey), una nota secundaria (samavadi o primer ministro), notas de apoyo (anuvadi, sirvientes) y una nota disonante (vivadi, el enemigo).

   Cada uno de los seis ragas básicos tiene una correspondencia natural con cierta hora del día, estación del año y una deidad que la preside y le confiere una potencia particular. Así, (1) la Hindole Raga sólo se escucha en los amaneceres de primavera, evoca el ambiente del amor universal; (2) Megha Raga se toca al mediodía en la estación de las lluvias, llama a tener ánimo; Bhairava Raga es la melodía de las mañanas de Agosto, Septiembre y Octubre, produce tranquilidad; (5) Sri Raga se reserva para los crepúsculos del otoño, para alcanzar amor puro; (6) Malkounsa Raga se escucha a medianoche en el invierno, para obtener valor.

   Los antiguos rishis descubrieron estas leyes de la alianza sonora entre el hombre y la naturaleza. Puesto que la naturaleza es una objetivación del Aum, el Sonido Primordial o Palabra Vibratoria, el hombre puede obtener control sobre las manifestaciones naturales gracias al uso de ciertos mantras o cantos.7 Documentos históricos hablan de los extraordinarios poderes de Miyan Tan Sen, músico de la corte de Akbar el Grande, en el siglo XVI. Al pedirle el Emperador que cantara un raga nocturno mientras el sol estaba en lo alto, Tan Sen entonó un mantra que provocó instantáneamente que todos los recintos del palacio quedaran envueltos en la oscuridad.

   Los músicos indios dividen la octava en 22 srutis o medios semitonos. Estos intervalos microtonales permiten finos matices de expresión musical inalcanzables con la escala cromática occidental de 12 semitonos. En la mitología hindú, cada una de las siete notas básicas de la octava se asocia con un color y el grito de un pájaro o una bestia, Do con el verde y el pavo real; Re con el rojo y la alondra; Mi con el dorado y la cabra; Fa con el blanco amarillento y la garza real; Sol con el negro y el ruiseñor; La con el amarillo y el caballo; Si con la combinación de todos los colores y el elefante.

   La música occidental emplea únicamente tres escalas, mayor, armónica menor y melódica menor, pero la música india traza 72 thatas o escalas. Para la creación el músico dispone de un campo de infinitas improvisaciones en torno a la melodía fija tradicional o raga; se concentra en el sentimiento o estado de ánimo definido por el tema estructural y a continuación lo adorna dentro del marco de su propia originalidad. El músico hindú no lee una serie de notas; en cada interpretación viste el esqueleto desnudo del raga de una forma totalmente nueva, a veces se limita a una única secuencia melódica, subrayando en la repetición todas sus sutiles variaciones microtonales y rítmicas. Entre los compositores occidentales, Bach comprendió el encanto y el poder de un sonido repetido, con ligeras variaciones, en centenares de formas complejas.

   La antigua literatura sánscrita describe 120 talas o medidas del tiempo. Se dice que el fundador tradicional de la música hindú, Bharata, distinguió 32 clases de tala en el canto de una alondra. El origen del tala o ritmo, tiene sus raíces en los movimientos humanos, el tiempo doble al caminar y el triple de la respiración durante el sueño, cuando la inspiración tiene una longitud doble que la espiración. La India ha reconocido siempre la voz humana como el instrumento sonoro más perfecto. Por eso la música hindú se limita al registro de tres octavas de la voz. Por la misma razón se enfatiza la melodía (relación de notas sucesivas) y no la armonía (relación de notas simultáneas).

   El objetivo más profundo de los primeros músicos-rishis, era poner al cantante en armonía con el Canto Cósmico, que puede oírse despertando los centros espinales ocultos. La música india es un arte subjetivo, espiritual e individual, destinado, no a la brillantez sinfónica, sino a la armonía personal con la Superalma. El término sánscrito para músico es bhagavathar, “el que canta las alabanzas a Dios”. Los sankirtans o reuniones musicales, son una eficaz forma de yoga o disciplina espiritual, para ello se necesita profunda concentración, intensa absorción en la idea y el sonido primarios. Puesto que el hombre es una expresión de la Palabra Creativa, el sonido tiene en él un efecto potente e inmediato, proporcionándole un medio de recordar su origen divino.

   El sankirtan ofrecido desde la sala del segundo piso de Sri Yukteswar, el día de la festividad, inspiraba a los cocineros entre los pucheros humeantes. Mis condiscípulos y yo cantábamos con júbilo los estribillos, llevando el ritmo con las manos.

   Al ponerse el sol habíamos servido a nuestros cientos de visitantes khichuri (arroz y lentejas), curry de vegetales y pudin de arroz. Extendimos mantas de algodón en el patio; pronto la asamblea estaba sentada bajo la bóveda estrellada, muy atenta a la sabiduría salida de los labios de Sri Yukteswar. Sus conferencias públicas hacían hincapié en el valor del Kriya Yoga y la vida de respeto hacia uno mismo, calma, determinación, dieta simple y ejercicio regular.

   A continuación un grupo de discípulos muy jóvenes cantó algunos himnos sagrados; la reunión concluyó con sankirtan. Desde las diez hasta medianoche, los residentes del ashram lavamos las ollas y sartenes y limpiamos el patio. Mi gurú me llamó a su lado.

   “Estoy muy satisfecho de tu animada labor de hoy y la pasada semana de preparativos. Quiero que te quedes aquí; esta noche puedes dormir en mi cama”.

   Éste era un privilegio que nunca pensé que me correspondería. Nos sentamos un rato en un estado de intensa tranquilidad divina. Apenas diez minutos después de irnos a la cama, el Maestro se levantó y comenzó a vestirse.

   “¿Qué ocurre, señor?”. Sentí que un matiz de irrealidad teñía la inesperada alegría de dormir junto a mi gurú.

   “Estoy pensando que algunos estudiantes que perdieron el enlace del tren, estarán aquí enseguida. Vamos a prepararles algo de comer”.

   “¡Guruji, nadie va a llegar a la una de la mañana!”.

   “Quédate en la cama; has trabajado mucho. Pero yo me voy a cocinar”.

   Ante el decidido tono de Sri Yukteswar, salté de la cama y le seguí a la pequeña cocina que se utilizaba normalmente, contigua al corredor del segundo piso. Pronto estuvieron cocidos arroz y dhal.

   Mi gurú me sonrió cariñosamente. “Esta noche has conquistado la fatiga y el miedo al trabajo duro; en el futuro no volverás a ser molestado por ellos”.

   Al terminar de decir estas palabras de bendición para toda la vida, se oyeron pasos en el patio. Corrí escaleras abajo e hice entrar a un grupo de estudiantes.

   “¡Querido hermano, cuánto sentimos molestaros al Maestro y a ti a estas horas!”. Un hombre se dirigió a mí disculpándose. “Nos equivocamos en los horarios del tren, pero sentíamos que no podíamos volver a casa sin ver un momento a nuestro gurú”.

   “Él os esperaba y todavía está preparándoos algo de comer”.

   Se oyó la voz de bienvenida de Sri Yukteswar; acompañé a los sorprendidos visitantes a la cocina. El Maestro se volvió hacia mí con ojos risueños.

   “Ahora que habéis terminado de cambiar impresiones, ¡sin duda estarás contento de que nuestros huéspedes hayan perdido realmente el tren!”.

   Media hora después le seguí a su dormitorio, con la convicción absoluta de que iba a dormir junto a un gurú semejante a Dios.

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1 Puri, situada unos 450 kilómetros al Sur de Calcuta, es una famosa ciudad de peregrinación para los devotos de Krishna; su culto se celebra allí con dos grandes festividades anuales, Snanayatra y Rathayatra. Volver

2 El descubrimiento, en 1939, del radio microscopio, reveló un nuevo mundo de rayos desconocidos hasta entonces. “El hombre, al igual que todos las clases de materia supuestamente inerte, emite rayos que este instrumento ‘ve’”, informaba la Associated Press. “Quienes creen en la telepatía, la adivinación y la clarividencia, tienen en este anuncio la primera prueba científica de la existencia de rayos invisibles, que viajan realmente de una persona a otra. El aparato de radio es en realidad un espectroscopio con la frecuencia de radio. Hace con la materia fría, opaca, lo mismo que hace el espectroscopio cuando revela los tipos de átomos que forman las estrellas… La existencia de estos rayos procedentes del ser humano y todo lo vivo, era sospechada por los científicos desde hace muchos años. Hoy se tiene la primera prueba experimental de su existencia. El descubrimiento demuestra que los átomos y moléculas de la naturaleza son emisoras de radio permanentes… Así pues, incluso después de la muerte, la sustancia que fue un hombre continúa enviando sus delicados rayos. La longitud de onda de estos rayos tiene una amplitud que va desde la más pequeña utilizada actualmente por las emisoras, hasta la mayor de las ondas de radio. La confusión entre ellas es casi inconcebible. Hay millones. Una sola molécula grande puede emitir 1.000.000 de longitudes de onda distintas al mismo tiempo. La mayor de las longitudes de onda de esta clase viaja con la facilidad y velocidad de las ondas de radio… Hay una diferencia sorprendente entre los nuevos rayos de la radio y los rayos comunes, como la luz. Es el prolongado tiempo, que llega a miles de años, que estas ondas de radio mantienen su emisión desde la materia inalterada. Volver

3 Uno duda si utilizar “intuición”; Hitler ha arruinado prácticamente la palabra, junto a otras devastaciones más ambiciosas. La raíz latina de intuición significa “protección interior”. El término sánscrito agama significa conocimiento intuitivo, nacido de la percepción directa del alma; de ahí que ciertos tratados antiguos de los rishis se llamaran agamas. Volver

4 Sat literalmente es “ser”, de ahí “esencia; realidad”. Sanga es “asociación”. Sri Yukteswar llamaba a la organización de su ermita Sat-Sanga, “compañerismo con verdad”. Volver

5 “Así pues, si tu ojo fuera único, todo tu cuerpo estaría lleno de luz”. Mateo 6:22. Durante la meditación profunda, el ojo único se hace visible en el centro de la frente. Este ojo omnisciente recibe distintos nombres en las escrituras, el tercer ojo, la estrella del Este, el ojo interior, la paloma que desciende del cielo, el ojo de Shiva, el ojo de la intuición, etc. Volver

6 “Quien implantó el oído, ¿no habría de oír?, quien formó el ojo, ¿no habría de ver?... quien enseñó al hombre el conocimiento, ¿no habría de saber?”. Salmos 94:9-10. Volver

7 El folklore de todos los pueblos contiene referencias al poder de los conjuros sobre la naturaleza. Los indios americanos son bien conocidos por haber desarrollado sonidos rituales para la lluvia y el viento. Tan Sen, el gran músico hindú, fue capaz de sofocar el fuego gracias al poder de su canto. Charles Kellogg, el naturalista californiano, hizo una demostración del efecto de la vibración tonal en el fuego en 1926, ante un grupo de bomberos de Nueva York. “Pasando un arco, como un arco de violín grande, por un diapasón de aluminio, produjo un chirrido similar a la estática de la radio. Instantáneamente la llama de gas amarillo, de 61 cm. de altura, que danzaba en un tubo de cristal vacío, se redujo a 15 cm. y se convirtió en una chisporroteante llamarada azul. Otro intento con el arco, otro chirrido vibratorio, y se extinguió”. Volver

 
         
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