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Autobiografia de un Yogui
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Capítulo Veintiocho

Kashi Renace y es Descubierto

   “Por favor, no os metáis en el agua. Vamos a bañarnos cogiéndola con los cubos”.

   Me dirigía a los jóvenes alumnos de Ranchi que me habían acompañado a una excursión de 13 kilómetros hasta una montaña cercana. La laguna que teníamos delante invitaba al baño, pero había despertado en mí cierta aversión. El grupo que estaba junto a mí siguió mi ejemplo, cogiendo agua con los cubos, pero algunos jovencitos cedieron a la tentación del agua fría. Apenas se habían zambullido cuando grandes serpientes de agua comenzaron a revolverse a su alrededor. Los chicos salieron de la laguna con una celeridad cómica.

   Al llegar a nuestro destino disfrutamos de una comida campestre. Me senté bajo un árbol, rodeado por un grupo de alumnos. Me encontraron en un momento de inspiración, así que me acosaron a preguntas.

   “Por favor, dígame, señor”, inquirió un joven, “si permaneceré siempre con usted en el sendero de la renuncia”.

   “¡Ah, no!” respondí, “serás llevado a la fuerza a tu casa y más tarde te casarás”.

   Incrédulo, protestó rotundamente. “Sólo muerto podré ser conducido a casa”. Pero pocos meses después sus padres llegaron para llevárselo, a pesar de que se resistía llorando; algunos años más tarde se casó.

   Después de contestar a muchas preguntas, se dirigió a mí un chiquillo llamado Kashi. Tenía unos doce años, era un alumno brillante y muy querido por todos.

   “Señor”, dijo, “¿cuál será mi destino?”.

   “Morirás pronto”. La respuesta salió de mis labios con una fuerza irresistible.

   Esta inesperada revelación me chocó y entristeció, a mí y a todos los presentes. Me reprendí silenciosamente como enfant terrible; me negué a responder a más preguntas.

   Al regresar a la escuela, Kashi vino a mi habitación.

   “Si muero, ¿me buscará usted cuando renazca y me traerá de nuevo al sendero espiritual?”. Sollozaba.

   Me vi obligado a rechazar esta misteriosa y difícil responsabilidad. Pero semanas después Kashi insistió tenazmente. Viendo que sus nervios estaban al límite, al fin le consolé.

   “Sí”, te lo prometo. “Si el Padre Celestial me presta Su ayuda, intentaré encontrarte”.

   Durante las vacaciones de verano emprendí un corto viaje. Lamentando no poder llevar a Kashi conmigo, le llamé a mi habitación antes de marchar y le di cuidadosas instrucciones para que permaneciera en las vibraciones espirituales de la escuela, por mucho que quisieran persuadirle de lo contrario. Algo me hacía sentir que si no se iba a casa podría evitar la calamidad inminente.

   Poco después de marcharme el padre de Kashi llegó a Ranchi. Durante quince días intentó forzar la voluntad de su hijo, explicándole que sólo estaría en Calcuta cuatro días, para ver a su madre, después podría regresar. Kashi se negaba persistentemente. Por último el padre dijo que se llevaría a su hijo con la ayuda de la policía. La amenaza afectó a Kashi, que no deseaba ser motivo de una publicidad desfavorable para la escuela. No vio otra elección que ir.

   Regresé a Ranchi pocos días después. Cuando me enteré de cómo se habían llevado a Kashi, tomé el primer tren para Calcuta. Allí alquilé un coche de caballos. Extrañamente, cuando el vehículo pasó al otro lado del puente Howrah, sobre el Ganges, vi al padre de Kashi y otros familiares vestidos de luto. Le grité al cochero que se detuviera, salí corriendo y lancé una mirada feroz al infortunado padre.

   “¡Señor Asesino!”, grité de forma poco justa, “¡usted ha matado a mi muchacho!”

   El padre ya había comprendido que fue un error traer a Kashi a Calcuta a la fuerza. En los pocos días que el chico estuvo allí comió alimentos contaminados, contrajo el cólera y falleció.

   Mi amor por Kashi y la promesa de encontrarle después de la muerte, me obsesionaban día y noche. No importa a dónde fuera, su rostro surgía ante mí. Comencé una búsqueda memorable, como la emprendida anteriormente por mi madre perdida.

Kasi, Bisnu, Boston

   Sentí que si Dios me había dado la facultad de la razón, debía utilizarla y poner a prueba al máximo mis poderes para descubrir las leyes sutiles gracias a las cuales podría conocer el actual paradero astral del chico. Sabía que él era un alma que vibraba con deseos insatisfechos, una masa de luz que flotaba en algún lugar entre millones de almas luminosas de las regiones astrales. ¿Cómo me sintonizaría con él entre las vibrantes luces de tantas otras almas?

   Utilizando una técnica secreta del yoga, transmití a través del micrófono del ojo espiritual, situando en el entrecejo, mi amor al alma de Kashi. Con la antena de las manos y los dedos levantados, con frecuencia daba vueltas y vueltas sobre mí mismo, intentando localizar la dirección en la que había renacido como embrión. Esperaba recibir su respuesta en la radio de mi corazón1.

   Sentía intuitivamente que Kashi regresaría pronto a la tierra y que si transmitía sin cesar mi llamada, su alma respondería. Sabía que el más ligero impulso que enviara Kashi sería sentido por mis dedos, manos, brazos, columna y nervios.

   Con celo imperturbable, practiqué el método yoga firmemente durante unos seis meses después de la muerte de Kashi. Una mañana, mientras caminaba con unos amigos por la concurrida sección Bowbazar de Calcuta, levanté las manos de la forma acostumbrada. Por primera vez recibí respuesta. Me emocioné al detectar los impulsos eléctricos que bajaban por mis dedos y palmas. Estas corrientes se tradujeron en un intensísimo pensamiento procedente de lo más recóndito de mi conciencia: “Soy Kashi; soy Kashi; ¡ven a mí!”.

   A medida que me concentraba en la radio de mi corazón, el pensamiento se hacía casi audible. Con el característico susurro ligeramente ronco de Kashi2, oía su llamada una y otra vez. Agarré del brazo a uno de mis compañeros, Prokash Das3, y le sonreí feliz.

   “¡Creo que he encontrado a Kashi!”.

Comencé a girar, para diversión, no disimulada, de mis amigos y de la multitud que pasaba. Los impulsos eléctricos hormigueaban en mis dedos sólo cuando mirada hacia una callejuela cercana, llamada acertadamente “Serpentine Lane”4. Las corrientes astrales desaparecían cuando me volvía en las demás direcciones.

   Mis compañeros y yo nos acercamos a Serpentine Lane; las vibraciones de mis manos levantadas se hicieron más fuertes, más pronunciadas. Yo era arrastrado, como por un imán, hacia el lado derecho de la calle. Al llegar a la entrada de una de las casas, me sorprendí al ver que quedaba paralizado. Llamé a la puerta en un estado de intensa excitación, contenía el aliento. ¡Sentí que había llegado el final de mi larga, ardua y ciertamente inusual búsqueda!

   “Por favor, señor, dígame si usted y su esposa esperan un niño desde hace unos seis meses”.

   “Sí, así es”. Viendo que yo era un swami, un renunciante vestido con la tradicional ropa naranja, añadió educadamente, “Le ruego que me informe de cómo supo usted de mis asuntos”.

   Cuando oyó el relato sobre Kashi y la promesa que yo le había hecho, el sorprendido hombre creyó mi historia.

   “Tendrán un hijo varón de tez blanca”, le dije. “Será de rostro ancho, con un mechón sobre la frente. Tendrá inclinaciones marcadamente espirituales”. Sentí que el niño que iba a nacer traería esas semejanzas con Kashi.

   Más tarde visité al niño, a quien sus padres habían dado el anterior nombre de Kashi. Incluso en la infancia se parecía extraordinariamente a mi querido alumno de Ranchi. El niño me mostró un cariño instantáneo; la atracción del pasado se despertó con intensidad redoblada.

   Años después el chiquillo, ya adolescente, me escribió a América. Explicaba su profundo deseo de seguir el sendero de un renunciante. Le dirigí hacia un maestro del Himalaya, quien hasta el día de hoy guía al renacido Kashi.

INDICE
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1 Los yoguis saben que la voluntad, proyectada desde el entrecejo, es un aparato transmisor del pensamiento. Cuando el sentimiento se concentra con calma en el corazón, actúa como una radio mental y puede recibir los mensajes de otras personas, ya estén cerca o lejos. En telepatía, las sutiles vibraciones de los pensamientos de una persona se transmiten a través de las sutiles vibraciones del éter astral y, desde él, al más denso éter terrenal, creando ondas eléctricas que, a su vez, traducen sus pensamientos a ondas de pensamiento en la mente de la otra persona. Volver

2 Toda alma, en estado puro, es omnisciente. El alma de Kashi recordaba todas las características de Kashi, el muchacho, y por ello imitaba su voz ronca para facilitarme que la reconociera. Volver

3 Prokash Das es actualmente el director de nuestra Yogoda Math (ermita) de Dakshineswar, en Bengala. Volver

4 “Callejón serpenteante” (N. de la T.). Volver

 
         
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