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Autobiografia de un Yogui
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Capítulo Trenta y Uno

Una Entrevista con la Sagrada Madre

   “Reverenda Madre, en mi infancia fui bautizado por su esposo-profeta. Él era el gurú de mis padres y de mi propio gurú, Sri Yukteswarji. ¿Podría por esto concederme el privilegio de oir algunos episodios de su sagrada vida?”

   Me dirigía a Srimati Kashi Moni, la compañera de toda la vida de Lahiri Mahasaya. Me encontraba en Benarés por un corto periodo de tiempo y estaba cumpliendo el deseo largamente sentido de visitar a la venerable señora. Me recibió cortésmente en la vieja casa de Lahiri, en la sección Garudeswar Mohulla de Benarés. Aunque anciana, florecía como un loto, emanando silenciosamente fragancia espiritual. Era de talla mediana, con un esbelto cuello y piel clara. Grandes y brillantes ojos suavizaban su rostro maternal.

   “Hijo, eres bienvenido. Subamos”.

   Kashi Moni me señaló el camino hasta una habitación muy pequeña donde, durante un tiempo, había vivido con su esposo. Me sentí honrado al ver el santuario en que el incomparable maestro había condescendido a jugar el drama humano del matrimonio. La dulce señora me indicó un almohadón para que me sentara a su lado.

   “Sucedió algunos años antes de que yo me diera cuenta de la estatura divina de mi esposo”, comenzó. “Una noche, en esta misma habitación, tuve un sueño clarísimo. Gloriosos ángeles flotaban con una gracia inimaginable por encima de mí. La visión era tan real, que me desperté de repente; la habitación estaba extrañamente envuelta en una tenue luz.

   “Mi marido, en postura de loto, levitaba en el centro de la habitación, rodeado de ángeles que le veneraban con las manos unidas en actitud de súplica. Absolutamente sorprendida, quedé convencida de que todavía soñaba.

   “‘Mujer’, dijo Lahiri Mahasaya, ‘no estás soñando. Abandona tu sueño para siempre’. Mientras descendía lentamente al suelo, me postré a sus pies.

   “‘Maestro’, exclamé, ‘¡me inclino ante ti una y otra vez! ¿Me perdonarás por haberte considerado mi marido? Me muero de vergüenza al comprender que he dormido en la ignorancia junto a alguien que está despierto en la divinidad. Desde esta noche ya no serás mi marido sino mi gurú. ¿Aceptarás a este ser insignificante como tu discípula?1

   “El maestro me tocó con dulzura. ‘Alma sagrada, levántate. Eres aceptada’. Señaló a los ángeles. ‘Inclínate por favor ante cada uno de estos benditos santos’.

   “Cuando terminé mis humildes genuflexiones, se oyeron las voces angélicas, unidas como un coro de una escritura antigua.

   “‘Consorte del Uno Divino, eres bendecida. Te saludamos’. Se postraron a mis pies y ¡sus resplandecientes formas se desvanecieron! La habitación quedó a oscuras.

   “Mi gurú me preguntó si quería recibir la iniciación en Kriya Yoga.

   “‘Por supuesto’, respondí. ‘Siento no haber tenido sus bendiciones antes’.

   “‘No había llegado el momento’. Lahiri Mahasaya sonrió consolándome. ‘Te he ayudado a agotar mucho de tu karma. Ahora estás dispuesta a recibirlas y preparada para ello’.

   “Me tocó en la frente. Aparecieron montones de luces que giraban; el resplandor fue convirtiéndose gradualmente en el ojo espiritual de color azul opalino, rodeado de un anillo dorado y con una estrella blanca pentagonal en su centro.

   “‘Haz que tu conciencia penetre a través de la estrella en el reino del Infinito’. La voz de mi gurú sonaba de una forma nueva, suave como música lejana.

   “Como olas del mar que rompen en la orilla, rompió una sucesión de visiones en la orilla de mi alma. Esferas panorámicas que se fundieron finalmente en un océano de dicha. Me perdí en las oleadas de bienaventuranza. Cuando horas más tarde regresé a la conciencia de este mundo, el maestro me dio la técnica de Kriya Yoga.

   “Desde aquella noche Lahiri Mahasaya no volvió a dormir en mi habitación. Ni volvió a dormir a partir de entonces. Permanecía en la habitación de la entrada, en compañía de sus discípulos, de día y de noche”.

   La ilustre señora quedó en silencio. Comprendiendo lo extraordinario de su relación con el sublime yogui, por fin me aventuré a pedirle que me contara otros recuerdos.

   “Hijo, eres codicioso. No obstante te contaré otra historia”. Sonrió tímidamente. “Te confesaré un pecado que cometí contra mi gurú-esposo. Algunos meses después de mi iniciación, comencé a sentirme triste y abandonada. Una mañana Lahiri Mahasaya entró en esta pequeña habitación a buscar algo; le seguí rápidamente. Dominada por un violento engaño, me dirigí a él con mordacidad.

   “‘Pasas todo el tiempo con los discípulos. ¿Qué sucede con tus responsabilidades hacia tu esposa y tus hijos? Lamento que no tengas interés en conseguir más dinero para tu familia’.

   “El maestro me miró un momento y entonces, ¡ah!, desapareció. Impresionada y atemorizada, oí una voz que resonaba desde todos los rincones de la habitación:

   “‘Todo es nada, ¿no te das cuenta? ¿Cómo puede la nada que soy yo conseguir riquezas para ti?’

   “‘Guruji’, grité, ‘¡Te pido perdón un millón de veces! Mis ojos pecadores no pueden verte; por favor, aparece en tu forma sagrada’.

   “‘Estoy aquí’. Su respuesta llegó desde un punto por encima de mí. Miré hacia arriba y vi al maestro materializado en el aire, su cabeza tocaba el techo. Sus ojos eran como llamas cegadoras. Fuera de mí de miedo, caí sollozando a sus pies cuando descendió tranquilamente al suelo.

   “‘Mujer’, dijo, ‘busca la riqueza divina, no los miserables oropeles de la tierra. Cuando adquieras los tesoros interiores, te darás cuenta de que el suministro exterior estará siempre pronto’. Añadió, ‘Uno de mis hijos espirituales asegurará tu porvenir’.

   “Naturalmente las palabras de mi gurú resultaron ciertas; un discípulo dejó a nuestra familia una suma considerable”.

   Di las gracias a Kashi Moni por compartir conmigo sus maravillosas experiencias2. Al día siguiente volví a su casa y disfruté durante horas de un debate filosófico con Tincouri y Ducouri Lahiri. Estos dos hijos santos del gran yogui de la India, siguieron de cerca sus ideales. Ambos eran rubios, altos, fuertes y con grandes barbas, de voz dulce y encantadores modales a la vieja usanza.

   Su esposa no fue la única discípula de Lahiri Mahasaya; hubo cientos de otras mujeres, incluyendo a mi madre. En una ocasión, una chela le pidió al gurú su fotografía. Él le tendió una copia, señalando, “Si la consideras una protección, lo es; en caso contrario no es más que una imagen”.

   Pocos días después, esta mujer y la nuera de Lahiri Mahasaya estaban estudiando el Bhagavad Gita en una mesa detrás de la cual se había colgado la fotografía del gurú. Se desató una furiosa tormenta eléctrica.

   “¡Lahiri Mahasaya, protégenos!”. Las mujeres se postraron ante la foto. Un rayo cayó sobre el libro que habían estado leyendo, pero las dos mujeres salieron ilesas.

   “Sentí como si tuviera una sábana de hielo a mi alrededor que me protegió del calor abrasador”, explicó la chela.

   Lahiri Mahasaya realizó dos milagros en relación con una mujer discípula, Abhoya. Un día, ella y su marido, un abogado de Calcuta, se pusieron en camino hacia Benarés para visitar al gurú. Su coche se retrasó debido al intenso tráfico; llegaron a la estación principal de Howrah sólo para oír cómo silbaba el tren de Benarés al marcharse.

   Abhoya, cerca de la taquilla, conservó la calma.

   “¡Lahiri Mahasaya, te suplico que detengas el tren!”, oró en silencio. “No puedo soportar tener que esperar otro día para verte”.

   Las ruedas del tren que resoplaba continuaron girando, pero no se producía ningún avance. El maquinista y los pasajeros bajaron al andén para contemplar el fenómeno. Un jefe de tren inglés se acercó a Abhoya y su marido. Contra todo precedente, les ofreció sus servicios.

   “Babu”, dijo, “déme el dinero. Compraré sus billetes mientras ustedes suben al tren”.

   Tan pronto como la pareja se sentó y recibió sus billetes, el tren comenzó a avanzar lentamente. Asustados, el maquinista y los pasajeros saltaron a sus puestos, sin saber ni cómo se había puesto en marcha el tren ni por qué se había detenido en un primer momento.

   Al llegar a casa de Lahiri Mahasaya en Benarés, Abhoya se postró en silencio ante el maestro e intentó tocar sus pies.

   “Compórtate, Abhoya”, observó. “¡Cuántas molestias me causa tu amor! ¡Como si no pudieras venir en el siguiente tren!”.

   Abhoya visitó a Lahiri Mahasaya en otra ocasión memorable. Esta vez solicitó su intercesión, no con el tren, sino con la cigüeña.

   “Le ruego que me bendiga para que mi noveno hijo viva”, dijo. “He tenido ocho hijos, todos murieron poco después de nacer”.

   El maestro sonrió compasivo. “El hijo que va a venir vivirá. Por favor, sigue mis instrucciones cuidadosamente. El bebé, una niña, nacerá de noche. Ocúpate de que se mantenga encendida una lámpara de aceite hasta el amanecer. No te duermas y así evitarás que la luz se extinga”.

   Abhoya tuvo una hija, nació de noche, tal como había predicho el omnisciente gurú. La madre dio instrucciones a la enfermera de que mantuviera la lámpara llena de aceite. Las dos mujeres mantuvieron una vigilia insistente hasta las primeras horas de la mañana, pero por último se durmieron. La lámpara de aceite estaba casi apagada; la luz parpadeaba débil.

   El picaporte de la puerta de la habitación se levantó y la puerta se abrió de golpe con un violento ruido. Las asustadas mujeres se despertaron. Sus asombrados ojos contemplaron la figura de Lahiri Mahasaya.

   “¡Abhoya, mira, la luz está casi apagada!”. Señaló la lámpara, que la enfermera se apresuró a rellenar. Tan pronto como volvió a arder brillante, el maestro desapareció. La puerta se cerró; el picaporte bajó sin que mediara nada visible.

   El noveno hijo de Abhoya sobrevivió; en 1935, cuando hice averiguaciones, todavía vivía.

   Uno de los discípulos de Lahiri Mahasaya, el venerable Kali Kumar Roy, me contó muchos detalles fascinantes de su vida con el maestro.

   “Con frecuencia pasaba varias semanas como invitado en su casa de Benarés”, me contó Roy. “Observé que muchos personajes santos, danda3 swamis, llegaban en la quietud de la noche para sentarse a los pies del gurú. A veces se enzarzaban en debates sobre temas de meditación y Filosofía. Al amanecer los eminentes huéspedes se marchaban. Puedo constatar que durante mis visitas Lahiri Mahasaya no se acostó a dormir ni una sola vez.

   “En los primeros tiempos de mi relación con el maestro, tuve que enfrentarme a la oposición de mi jefe”, continuó Roy. “Él estaba imbuido en el materialismo.

   “‘No quiero fanáticos religiosos entre mis empleados”, comentaba con desprecio. ‘Si alguna vez me encuentro con el charlatán de tu gurú, le diré algunas palabras que no se le olvidarán’.

   “Esta alarmante amenaza no tuvo efecto en mi programa habitual; pasaba casi todas las tardes en presencia de mi gurú. Una noche mi jefe me siguió y se precipitó en la sala. Sin duda estaba totalmente decidido a pronunciar las pulverizadoras observaciones que había prometido. Poco después de que el hombre se sentara, Lahiri Mahasaya se dirigió al pequeño grupo de unos doce discípulos.

   “‘¿Os gustaría ver una película?’”.

   “Cuando asentimos nos pidió que dejáramos la habitación a oscuras. ‘Sentaos en círculo uno detrás de otro’, dijo, ‘y poned las manos encima de los ojos de quien tengáis delante’.

   “No me sorprendió ver que mi jefe, aunque de mala gana, seguía las instrucciones del maestro. Pocos minutos después Lahiri Mahasaya nos preguntó qué estábamos viendo.

   “‘Señor’, respondí, ‘veo una bella mujer. Viste un sari rojo bordado y está de pie junto a una planta de oreja de elefante’. Los demás discípulos hicieron la misma descripción. El maestro se volvió a mi jefe. ‘¿Reconoce usted a esa mujer?’.

   “‘Sí’. Era evidente que el hombre estaba enfrentándose a emociones nuevas para él. ‘He estado gastando tontamente mi dinero con ella, aunque tengo una buena esposa. Me avergüenzo de los motivos que me trajeron aquí. ¿Podrá perdonarme y recibirme como discípulo?’.

   “‘Si se conduce usted moralmente bien durante seis meses, le aceptaré’. El maestro añadió enigmáticamente, ‘En caso contrario no tendré que iniciarle’.

   Mi jefe resistió la tentación durante tres meses; después reanudó su anterior relación con la mujer. Dos meses más tarde murió. Así comprendí la velada profecía de mi gurú sobre la improbable iniciación del hombre”.

   Lahiri Mahasaya tuvo un amigo muy famoso, Swami Trailanga, de quien se decía que tenía más de trescientos años. Los dos yoguis se sentaban con frecuencia a meditar juntos. La fama de Trailanga está tan extendida, que pocos hindúes negarán la posible verdad de cualquier relato de sus asombrosos milagros. Si Cristo regresara a la tierra y caminara por las calles de Nueva York desplegando sus poderes divinos, causaría la misma excitación que creaba Trailanga hace unos decenios al pasar por las abarrotadas callejuelas de Benarés.

   En una ocasión se vio al swami beber, sin ningún efecto perjudicial, el más mortal de los venenos. Miles de personas, incluyendo algunas que todavía viven, han visto a Trailanga flotar sobre el Ganges. Podía sentarse durante días encima del agua o permanecer durante periodos muy largos oculto bajo las olas. Una vista corriente en los ghats, las zonas de baño de Benarés, era la del cuerpo inmóvil del swami sobre las losas abrasadoras, totalmente expuesto al inclemente sol de la India. Con estas hazañas, Trailanga trataba de enseñar a los hombres que la vida de un yogui no depende ni del oxígeno ni de las condiciones y precauciones ordinarias. Estuviera por encima del agua o bajo ella y tuviera o no el cuerpo tendido exponiéndolo a los intensos rayos solares, el maestro demostraba que vivía gracias a la conciencia cósmica; la muerte no podía tocarle.

   El yogui era grande no sólo espiritualmente, sino también físicamente. Su peso excedía los ciento cincuenta kilos, ¡medio kilo por cada año de vida! Como apenas comía, el misterio era aún mayor. No obstante, un maestro omite fácilmente todas las reglas de salud cuando por alguna razón especial, generalmente sólo conocida por él, desea hacerlo. Los grandes santos que han despertado del sueño cósmico de maya y comprendido que este mundo es una idea de la Mente Divina, pueden hacer con el cuerpo cuanto deseen, sabiendo que éste no es más que una forma manipulable de energía condensada o congelada. Aunque los físicos comprenden ya que la materia no es sino energía solidificada, los maestros iluminados han pasado desde hace mucho de la teoría a la práctica en el campo del control de la materia.

   Trailanga estaba siempre totalmente desnudo. La agobiada policía de Benarés llegó a considerarlo como a un niño muy problemático. El natural swami, como Adán en los primeros tiempos en el jardín del Edén, era completamente inconsciente de su desnudez. Sin embargo la policía, muy consciente de ella, le envió a prisión sin ceremonias. El resultado fue una complicación general; pronto el enorme cuerpo de Trailanga, en toda su integridad, fue visto en el tejado de la prisión. Su celda, todavía cerrada con seguridad, no aportaba ninguna pista sobre cómo había escapado.

   Los desalentados agentes de la ley cumplieron una vez más con su deber. En esta ocasión se apostó un guardia delante de la celda del swami. De nuevo el poder se retiró ante el derecho. Trailanga pronto fue visto paseando despreocupado por el tejado. La justicia es ciega; la burlada policía decidió seguir su ejemplo.

   Normalmente el gran yogui se mantenía en silencio4. A pesar de su redondo rostro y su enorme estómago que parecía un barril, Trailanga sólo comía de vez en cuando. Tras semanas sin alimento, rompía su ayuno con una olla de suero de leche que le ofrecían sus devotos. Un escéptico, considerando a Trailanga un charlatán, decidió desenmascararle. Colocó delante del swami un cubo lleno de una solución de cal utilizada para blanquear las paredes.

   “Maestro”, dijo el materialista con reverencia fingida, “le he traído su suero de leche. Por favor, bébalo”.

   Trailanga vació, sin vacilar, todo el contenido, hasta la última gota de la abrasadora cal. Pocos minutos después el malhechor cayó al suelo con horrorosos dolores.

   “¡Ayúdeme, swami, ayúdeme!”, gritaba. “¡Me abraso! ¡Perdóneme por la cruel prueba!”.

   El gran yogui rompió su silencio habitual. “Pícaro”, dijo, “cuando me ofreciste el veneno ignorabas que mi vida es una con la tuya. Si no fuera por mi conocimiento de que Dios está presente en mi estómago, como en todos los átomos de la creación, la cal me habría matado. Ahora que conoces la existencia de un bumerang divino, no vuelvas a tenderle trampas a nadie”.

   El bien purgado pecador, curado por las palabras de Trailanga, se escabulló cabizbajo.

   El cambio de dirección del dolor no se debió a ningún deseo del maestro, se produjo por la aplicación infalible de la ley de justicia que mantiene el ritmo del orbe hasta en lo más recóndito de la creación. Los hombres que han alcanzado la realización en Dios, como Trailanga, hacen posible que la ley divina opere instantáneamente; han desterrado para siempre las desbaratadoras contracorrientes del ego.

   La regulación automática de la rectitud, que con frecuencia paga en una moneda inesperada, como en el caso de Trailanga y su fallido asesino, aplaca nuestra apresurada indignación ante la injusticia humana. “La venganza es mía; yo lo devolveré, dice el Señor”5. ¿Qué necesidad hay de los breves expedientes humanos?, el universo conspira debidamente para el justo castigo. Las mentes grises ponen en duda la posibilidad de la justicia, el amor, la omnisciencia, la inmortalidad divinas. “¡Conjeturas sin peso de las escrituras!”. Este punto de vista falto de sensibilidad, que no se impresiona ante el espectáculo cósmico, suscita una serie de acontecimientos que producen su propio despertar.

   Cristo se refiere a la omnipotencia de la ley espiritual con ocasión de su entrada triunfal en Jerusalén. Mientras los discípulos y la multitud gritaban de júbilo y pregonaban, “Paz en los cielos y gloria en las alturas”, ciertos fariseos se quejaban del indigno espectáculo. “Maestro”, protestaron, “reprende a tus discípulos”.

   “Os digo”, respondió Jesús, “que si estos se callaran, inmediatamente las piedras gritarían”6.

   En esta reprimenda a los fariseos, Cristo estaba señalando que la justicia divina no es una abstracción metafórica y que un hombre de paz, aunque se le arranque la lengua desde la raíz, encontrará su voz y su defensa en lo que constituye la base de la creación, en el orden universal mismo.

   Jesús estaba diciendo, “¿Pensáis silenciar a los hombres de paz? Es como si esperarais ahogar la voz de Dios, cuando hasta las piedras cantan Su gloria y su omnipresencia. ¿Exigís que los hombres no hagan fiestas en honor de la paz de los cielos, sino que las multitudes se reúnan sólo para pedir a gritos la guerra en la tierra? Entonces preparaos, Oh fariseos, para el derrumbe de los cimientos del mundo; pues no sólo los mansos, sino las piedras y el agua y el fuego y el aire se levantarán contra vosotros para dar testimonio de Su orden y armonía”.

   En una ocasión, a mi sajo mama (tío materno), le fue concedida la gracia de este yogui semejante a Cristo, Trailanga. Una mañana, mi tío vio al maestro rodeado de una multitud de devotos en un ghat de Benarés. Se las ingenió para pasar cerca de Trailanga, cuyos pies tocó humildemente. Mi tío quedó asombrado al descubrir que había sido liberado instantáneamente de una dolorosa enfermedad crónica7.

   El único discípulo vivo conocido del gran yogui es una mujer, Shankari Mai Jiew. Hija de uno de los discípulos de Trailanga, recibió preparación del swami desde su niñez. Vivió durante cuarenta años en distintas cuevas del solitario Himalaya, cerca de Badrinath, Kedarnath, Amarnath y Pasupatinath. La brahmacharini (mujer asceta), nació en 1826, en este momento sobrepasa bien el siglo. Sin embargo no parece una anciana, conserva su pelo negro, dientes centelleantes y una sorprendente energía. Sale de su retiro cada cierto tiempo para asistir a las melas o ferias religiosas que se celebran en años determinados.

   Esta mujer santa visitaba con frecuencia a Lahiri Mahasaya. Contó que cierto día, en la sección Barackpur, cerca de Calcuta, mientras estaba sentada al lado de Lahiri Mahasaya, el gran gurú de éste, Babaji, entró silenciosamente en la habitación y mantuvo una conversación con ambos.

   En cierta ocasión su maestro Trailanga, abandonando su silencio habitual, honró de forma muy señalada a Lahiri Mahasaya en público. Un discípulo de Benarés objetó:

   “Señor”, dijo, “¿por qué muestra usted, un swami y renunciante, tal respeto por un hombre de familia?”.

   “Hijo mío”, respondió Trailanga, “Lahiri Mahasaya es como un gatito divino, que se queda donde la Madre Cósmica lo ha puesto. Si bien representa sumisamente el papel de un hombre del mundo, ha recibido la autorrealización perfecta, ¡por la que yo he renunciado hasta a mi taparrabos!”.

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1 Esto recuerda el verso de Milton: “Él sólo por Dios, ella por el Dios que hay en él”. Volver

2 La venerable madre falleció en Benarés en 1930. Volver

3 Báculo que simboliza la espina dorsal, utilizado ritualmente por ciertas órdenes monásticas. Volver

4 Era un muni, un monje que observa mauna, silencio espiritual. La raíz sánscrita de muni está emparentada con el griego monos, “solo, único”, del que derivan las palabras inglesas monk, monism, etc. (y las españolas monje, monista, etc. N. de la T.). Volver

5 Romanos 12:19 Volver

6 Lucas 19:37-40. Volver

7 La vida de Trailanga y otros grandes maestros nos recuerdan las palabras de Jesús: “Y estas señales acompañarán a quienes crean; en mi nombre (la conciencia Crística) expulsarán demonios; hablarán lenguas nuevas; cogerán serpientes con las manos, y si beben algo mortal, no les hará daño; impondrán las manos al enfermo y lo restablecerán. Marcos 16:17-18. Volver

 
         
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