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Autobiografia de un Yogui
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Capítulo Trenta y Seis

El Interés de Babaji en Occidente

   “Maestro, ¿se ha encontrado usted alguna vez con Babaji?”.

   Era una tranquila noche de verano en Serampore; las grandes estrellas de los trópicos brillaban sobre nuestras cabezas mientras yo me sentaba junto a Sri Yukteswar en el balcón del segundo piso de la ermita.

   “Sí”. El Maestro sonrió ante lo directo de mi pregunta; sus ojos se iluminaron con reverencia. “Fui bendecido tres veces con la visión del gurú inmortal. Nuestro primer encuentro fue en Allahabad, en una Kumbha Mela”.

   Las ferias religiosas, que se celebran en la India desde tiempo inmemorial, son conocidas como Kumbha Melas; han mantenido las metas espirituales constantemente a la vista de la multitud. Los devotos hindúes se reúnen a millones cada seis años para conocer a miles de sadhus, yoguis, swamis y ascetas de todas clases. Muchos son ermitaños que no dejan jamás sus solitarios lugares excepto para asistir a las melas y ofrecer sus bendiciones a los hombres y mujeres del mundo.

   “Cuando conocí a Babaji yo todavía no era un swami”, continuó Sri Yukteswar. “Pero ya había recibido la iniciación en Kriya de Lahiri Mahasaya. Él me animó a asistir a la mela que se convocaba en Enero de 1894 en Allahabad. Fue mi primera experiencia de una kumbha; me sentía algo aturdido por el clamor y las oleadas de gente. En mis inquisitivas miradas alrededor no veía el rostro iluminado de ningún maestro. Al cruzar un puente en la ribera del Ganges, reparé en un conocido que estaba de pie cerca de mí, con el platillo de pedir limosna extendido.

   “‘Ah, esta feria no es más que un caos de ruido y mendigos’, pensé desilusionado. ‘Me pregunto si los científicos occidentales, que extienden pacientemente los reinos del conocimiento para bien práctico de la humanidad, no agradan más a Dios que estos holgazanes, que profesan la religión pero se concentran en la limosna.

   “Mis provocativas reflexiones sobre la reforma social fueron interrumpidas por un alto sannyasi que se detuvo delante de mí.

   “‘Señor’, dijo, ‘un santo está llamándole’.

   “‘¿Quién es?’.

   “‘Venga y véalo usted mismo’.

   “Dudando, seguí este lacónico aviso; pronto me encontré cerca de un árbol cuyas ramas daban refugio a un gurú con un atractivo grupo de discípulos. El maestro, una figura de brillo inusual, con centelleantes ojos oscuros, se levantó a recibirme y me abrazó.

   “‘Bienvenido, Swamiji’, dijo afectuosamente.

   “‘Señor’, respondí con énfasis, ‘yo no soy un swami’.

   “‘A quienes ofrezco divinamente el título de “swami”, nunca lo rechazan’. El santo se dirigía a mí con sencillez, pero en sus palabras resonaba una profunda y firme verdad; me sentí sumergido en una instantánea ola de bendición espiritual. Sonriendo ante mi repentina ascensión a la antigua orden monástica1, me incliné a los pies de este obviamente gran y angélico ser en forma humana, que me había honrado de tal manera.

   “Babaji, pues de hecho era él, me señaló un sitio a su lado bajo el árbol. Era joven y fuerte y se parecía a Lahiri Mahasaya; no obstante, el parecido no me chocó, a pesar de que había oído hablar con frecuencia de la extraordinaria semejanza de ambos maestros. Babaji posee el poder de evitar que un pensamiento concreto se forme en la mente de una persona. Evidentemente el gran gurú deseaba que yo actuara de una forma absolutamente natural en su presencia, sin sentirme intimidado al conocer su identidad.

   “‘¿Qué piensas de la Kumbha Mela?’.

   “‘Estaba totalmente decepcionado, señor’. Añadí apresuradamente, ‘Hasta que le encontré a usted. Por alguna razón los santos y este alboroto no parecen hechos unos para otro’.

   “‘Hijo’, dijo el maestro, aunque yo aparentaba el doble de edad que él, ‘por las faltas de muchos, no juzgues a la totalidad. Todo en la tierra tiene un carácter mixto, como una mezcla de arena y azúcar. Sé como la sabia hormiga que sólo escoge el azúcar y deja la arena sin tocar. Aunque muchos de los sadhus que hay aquí todavía vagan en el engaño, la mela está bendecida por algunos hombres realizados en Dios’.

   “En vista de mi propio encuentro con este elevado maestro, asentí rápidamente a su observación.

   “‘Señor’, comenté, ‘estaba pensando en los científicos occidentales, mucho mayores en inteligencia que la mayoría de las personas congregadas aquí, que viven en las distantes Europa y América, profesan credos distintos e ignoran el valor real de melas como ésta. Ellos son quienes más podrían beneficiarse de conocer a los maestros de la India. Pero, aunque con grandes logros intelectuales, muchos occidentales están aferrados a un absoluto materialismo. Otros, famosos en ciencia y filosofía, no se dan cuenta de la unidad esencial de la religión. Sus credos actúan como barreras insalvables que amenazan con separarlos de nosotros para siempre’.

   “‘Veo que te interesa Occidente, tanto como Oriente’. El rostro de Babaji sonreía con aprobación. ‘Siento las punzadas de tu corazón, suficientemente amplio para englobar a todos los hombres, sean orientales u occidentales. Ésa es la razón por la que te he llamado’.

   “‘Oriente y Occidente deben establecer un dorado camino intermedio que combine la actividad y la espiritualidad’, continué. ‘La India tiene mucho que aprender de Occidente en cuanto a desarrollo material; a su vez la India puede enseñar los métodos universales gracias a los cuales Occidente puede basar sus creencias religiosas en los inquebrantables cimientos de la ciencia del yoga’.

   “‘Tú, Swamiji, tienes un papel que jugar en el venidero intercambio armonioso entre Oriente y Occidente. Dentro de algunos años te enviaré un discípulo al que puedes preparar para la difusión del yoga en Occidente. Las vibraciones de muchas almas que buscan la espiritualidad, llegan en avalanchas hasta mí. Percibo santos potenciales en América y Europa que esperan ser despertados’”.

   En este momento de la narración, Sri Yukteswar me miró fijamente.

   “Hijo mío”, dijo sonriendo a la luz de la luna, “tú eres ese discípulo que, hace años, Babaji prometió enviarme”.

   Me sentí feliz al saber que Babaji había dirigido mis pasos hacia Sri Yukteswar, si bien era duro para mí imaginarme en el remoto Occidente, lejos de mi amado gurú y la paz sencilla de la ermita.

   “Después Babaji habló del Bhagavad Gita”, continuó Sri Yukteswar. “Para mi sorpresa, me indicó con unas palabras de elogio que estaba al corriente de que yo había escrito interpretaciones de varios capítulos del Gita.

   “‘Swamiji, deseo pedirte que por favor emprendas otra tarea’, dijo el gran maestro. ¿Quieres escribir un pequeño libro sobre la unidad básica que subyace en las escrituras cristianas e hindúes? Muestra con citas paralelas que los hijos de Dios inspirados han dicho las mismas verdades, oscurecidas hoy por las diferencias sectarias de los hombres’.

   “‘Maharaj’2, respondí tímidamente, ‘¡qué encargo! ¿Seré capaz de cumplirlo?’.

   “Babaji se rió con dulzura. ‘Hijo mío, ¿por qué dudas?’, dijo dándome confianza. ‘Realmente, ¿de Quién es toda esta obra y Quién es el Hacedor de toda acción? Todo cuanto el Señor me ha hecho decir está obligado a convertirse en verdad’.

   “Me juzgué autorizado por las bendiciones del santo y consentí en escribir el libro. Viendo de mala gana que había llegado el momento de marchar, me levanté de mi frondoso asiento.

   “¿Conoces a Lahiri?’3, preguntó el maestro. ‘Es una gran alma, ¿verdad? Relátale nuestro encuentro’. Entonces me dio un mensaje para Lahiri Mahasaya.

   “Después de inclinarme humildemente como despedida, el santo sonrió benigno. ‘Cuando tu libro esté terminado, te haré una visita’, prometió. ‘Por el momento adiós’.

   “Al día siguiente dejé Allahabad y tomé el tren para Benarés. Al llegar a casa de mi gurú, le conté la historia del maravilloso santo de la Kumbha Mela.

   “‘¡Oh!, ¿no le reconociste?’. Los ojos de Lahiri Mahasaya brillaban con la risa. ‘Veo que no pudiste hacerlo porque él te lo impidió. ¡Es mi incomparable gurú, el celestial Babaji!’.

   “‘¡Babaji!, repetí pasmado. ‘¡El Cristo-Yogui Babaji! ¡El invisible-visible salvador Babaji! ¡Ah, si pudiera regresar al pasado y volver a estar en su presencia para mostrar mi devoción a sus pies de loto!’.

   “‘No te preocupes’, me consoló Lahiri Mahasaya. ‘Prometió volver a verte’.

   “‘Gurudeva, el divino maestro me pidió que le diera un recado. “Comunica a Lahiri”, dijo, “que el poder acumulado para su vida se agota; ya casi está acabado’”.

   “Al pronunciar estas enigmáticas palabras, el cuerpo de Lahiri Mahasaya se estremeció como si le hubiera alcanzado un rayo. En un momento todo en él quedó en silencio; su rostro sonriente se volvió increiblemente duro. Como una estatua de madera, sombrío e inmóvil en su asiento, su cuerpo perdió el color. Yo estaba alarmado y desconcertado. Nunca en mi vida había visto a esta alegre alma manifestar tan terrible gravedad. Los demás discípulos presentes miraban con aprensión.

   “Pasaron tres horas en absoluto silencio. Después Lahiri Mahasaya recobró su aspecto natural y alegre y habló cariñosamente a cada uno de los chelas. Todos suspiramos aliviados.

   “Por la reacción del maestro, comprendí que el mensaje de Babaji había sido una señal inequívoca por la que Lahiri Mahasaya entendió que su cuerpo sería pronto desocupado. Su impresionante silencio mostraba que el gurú había controlado su ser instantáneamente, cortando las últimas cuerdas de apego al mundo material y huído a su identidad siempre viva en el Espíritu. El comentario de Babaji había sido su forma de decir: “Estaré siempre contigo”.

   “Aunque Babaji y Lahiri Mahasaya eran omniscientes y no tenían necesidad de comunicarse por medio de mí, ni de ningún otro intermediario, los grandes condescienden con frecuencia a jugar un papel en el drama humano. A veces transmiten sus profecías a través de mensajeros de una forma corriente, para que la conquista final que representan sus palabras pueda infundir mayor fe divina en un amplio círculo de hombres, que conocerán la historia más tarde.

   “Dejé pronto Benarés y me puse a trabajar en Serampore en las escrituras que Babaji me había pedido”, siguió Sri Yukteswar. “Poco después de comenzar mi tarea compuse un poema dedicado al gurú inmortal. Los melodiosos versos fluían sin esfuerzo de mi pluma, aunque nunca antes había intentando escribir poesía en sánscrito.

   “En la quietud de la noche me enfrascaba en la comparación de la Biblia con las escrituras de Sanatam Dharma4. Citando las palabras del bendito Señor Jesús, demostré que sus enseñanzas eran en esencia unas con las revelaciones de los Vedas. Para mi alivio, el libro se terminó en poco tiempo; comprendí que la veloz bendición era debida a la gracia de mi Param-Guru-Maharaj5. Los capítulos aparecieron primero en el periódico Sadhusambad; más tarde los imprimió de forma privada como libro uno de mis discípulos de Kidderpore.

   “A la mañana siguiente de haber concluido mis esfuerzos literarios”, continuó el Maestro, “fui al Rai Ghat para bañarme en el Ganges. El ghat estaba desierto; me detuve un momento, disfrutando de la soleada paz. Después de un chapuzón en las centelleantes aguas, emprendí el camino de regreso a casa. El único sonido que rompía el silencio eran mis ropas empapadas en el Ganges, que hacían frufú a cada paso. Al sobrepasar el lugar donde está el gran árbol banyan cerca de la orilla del río, un fuerte impulso me obligó a mirar hacia atrás. ¡Allí, bajo la sombra del árbol y rodeado por algunos discípulos, estaba sentado el gran Babaji!

   “‘¡Saludos, Swamiji!’, se oyó la bella voz del maestro para asegurarme que no estaba soñando. ‘Veo que ha completado su libro con éxito. Tal como prometí, estoy aquí para darle las gracias’.

   “Latiéndome aceleradamente el corazón, me postré por completo a sus pies. ‘Param-guruji’, dije suplicante, ‘¿querrían usted y sus chelas honrar mi casa con su presencia?’.

   “El supremo gurú rehusó sonriendo. ‘No hijo’, exclamó, ‘somos gentes a quienes nos gusta el refugio de los árboles; este sitio es muy cómodo’.

   “‘Por favor, Maestro, quédese un momento’. Le miré implorante. ‘Regresaré enseguida con algunos dulces especiales’.

   “¡Ay!, cuando unos minutos después volví con un plato de manjares exquisitos, el señorial árbol banyan ya no acogía al grupo celestial. Busqué alrededor del ghat, pero mi corazón sabía que el pequeño grupo ya había huído en alas etéreas.

   “Me sentía profundamente dolido. ¡Aunque volviéramos a encontrarnos, no tendría ningún interés en hablar con él!’, me decía a mi mismo. ‘Fue muy poco amable dejándome tan pronto’. Por supuesto esto era despecho amoroso y nada más.

   “Pocos meses después visité a Lahiri Mahasaya en Benarés. Al entrar en la pequeña sala, mi gurú me sonrió saludándome.

   “‘Bienvenido, Yukteswar’, dijo. ‘¿Te encontraste con Babaji en la puerta?’.

   “‘¿Por qué?. No’, respondí sorprendido.

   “‘Ven aquí’. Lahiri Mahasaya me tocó en la frente suavemente; de inmediato contemplé, cerca de la puerta, la figura de Babaji, radiante como un loto perfecto.

   “Recordé mi vieja herida y no me incliné. Lahiri Mahasaya me miró asombrado.

   “El divino gurú me miró con ojos insondables. ‘Estás enfadado conmigo’.

   “‘Señor, ¿cómo no voy a estarlo?’, respondí. ‘Apareció usted por el aire con su mágico grupo y desapareció en el incorpóreo aire’.

   “‘Te dije que volvería a estar contigo, pero no te dije durante cuánto tiempo’. Babaji se rió con dulzura. ‘Estabas muy excitado. Te aseguro que realmente me desvaneció en el éter una ráfaga de tu inquietud’.

   “Instantáneamente me di por satisfecho con esta poco lisonjera explicación. Me arrodillé a sus pies; el supremo gurú me golpeó ligera y amablemente la espalda.

   “‘Hijo, tienes que meditar más’, dijo. ‘Tu vista todavía no es perfecta, no me viste oculto tras la luz del sol’. Con estas palabras, que sonaban como una flauta celestial, Babaji desapareció en el secreto resplandor.

   “Ésa fue una de mis últimas visitas a Benarés para ver a mi gurú”, terminó Sri Yukteswar. “Tal como Babaji había predicho en la Kumbha Mela, la encarnación de Lahiri Mahasaya como hombre de familia estaba tocando a su fin. Durante el verano de 1895 su robusto cuerpo desarrolló un pequeño forúnculo en la espalda. Rehusó que se le extirpara; estaba trabajando en su carne el mal karma de algunos discípulos. Por último algunos chela insistieron mucho; el maestro replicó enigmáticamente:

   “‘El cuerpo necesita un motivo para irse; estaré de acuerdo en todo lo que queráis hacer’.

   “Poco después el incomparable gurú dejó su cuerpo en Benarés. Ya no volví a necesitar ir a verle a su sala; siento todos los días de mi vida bendecidos por su guía omnipresente”.

Años después oí de labios de Swami Keshabananda6, un avanzado discípulo, muchos detalles extraordinarios de la defunción de Lahiri Mahasaya.

   “Pocos días antes de que mi gurú renunciara a su cuerpo”, me contó Keshabananda, “se materializó ante mí en la ermita de Hardwar.

   “‘Ven a Benarés inmediatamente’. Con estas palabras Lahiri Mahasaya desapareció.

   “Tomé de inmediato el tren para Benarés. Encontré a muchos discípulos reunidos en la casa de mi gurú. Aquel día7 el maestro explicó el Gita durante horas; después se dirigió a nosotros con sencillez.

   “‘Me voy a casa’.

   “Los sollozos de angustia estallaron como un incontenible torrente.

   “‘Consolaos; surgiré de nuevo’. Tras esta declaración, Lahiri Mahasaya giró el cuerpo tres veces en círculo, mirando hacia el Norte en postura de loto y entró gloriosamente en el maha-samadhi definitivo8.

   “El bello cuerpo de Lahiri Mahasaya, tan querido por sus devotos, fue cremado con los ritos solemnes de un cabeza de familia en el Manikarnika Ghat del sagrado Ganges”, continuó Keshabananda. “Al día siguiente, a las diez de la mañana, mientras yo estaba todavía en Benarés, mi habitación se inundó de una gran luz. ¡Ante mí estaba en carne y hueso Lahiri Mahasaya! Era exactamente como su viejo cuerpo, excepto que parecía más joven y más resplandeciente. Mi divino gurú me habló.

   “‘Keshabananda’, dijo, ‘soy yo. He resucitado un cuerpo remodelado a partir de los átomos que se desintegraron en la cremación. Mi labor como cabeza de familia en el mundo ha terminado; pero no he dejado la tierra totalmente. Desde ahora pasaré algún tiempo con Babaji en el Himalaya y con Babaji en el cosmos’.

   “Dedicándome unas palabras de bendición, el trascendente maestro desapareció. Mi corazón se llenó de una maravillosa inspiración; fui elevado al Espíritu tal como lo fueron los discípulos de Cristo y Kabir9 cuando vieron a sus maestros vivos tras su muerte física.

   “Cuando regresé a mi solitaria ermita de Hardwar”, prosiguió Keshabananda, “llevé conmigo las cenizas sagradas de mi gurú. Sé que ha huido de la jaula espacio-temporal; el pájaro de la omnipresencia está libre. Pero confortaba mi corazón venerar sus sagradas reliquias”.

   Otro discípulo que fue bendecido con la visión de su gurú resucitado, fue el santo Panchanon Bhattacharya, fundador de la Calcuta Arya Mission Institution10.

   Visité a Panchanon en su casa de Calcuta y oí con delicia el relato de sus muchos años con el maestro. Al concluir, me contó el más maravilloso acontecimiento de su vida.

   “Aquí, en Calcuta”, dijo Panchanon, “a las diez de la mañana siguiente a su cremación, Lahiri Mahasaya se apareció ante mí resplandecientemente vivo”.

   Swami Pranabananda, el “santo con dos cuerpos”, también me confió detalles de su propia experiencia supraterrenal.

   “Pocos días antes de que Lahiri Mahasaya dejara su cuerpo”, me dijo Pranabananda cuando me visitó en la escuela de Ranchi, “recibí una carta suya, pidiéndome que fuera enseguida a Benarés. Pero me retrasé, no pude marcharme de inmediato. Mientras estaba preparando el viaje, sobre las diez de la mañana, rebosé de alegría al ver la brillante figura de mi gurú.

   “‘¿Por qué te apuras por ir a Benarés?’. ‘Ya no volverás a encontrarme allí’.

   “Cuando comprendí la trascendencia de sus palabras, rompí a llorar desesperado, creyendo que era sólo una visión.

   “El maestro se acercó a mí y me consoló. ‘Mira, toca mi carne’, dijo. ‘Estoy vivo, como siempre. No te lamentes; ¿no estoy siempre contigo?’”.

   De labios de estos tres grandes discípulos ha surgido una maravillosa historia: a las diez de la mañana, el día después de que Lahiri Mahasaya fuera confiado a las llamas, el maestro resucitado, en un cuerpo real pero transfigurado, se apareció a tres discípulos, cada uno en una ciudad diferente.

   “Cuando este ser corruptible sea vestido de incorruptibilidad y este ser mortal sea vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: La Muerte es tragada por la victoria. Oh, muerte, ¿dónde está tu aguijón? Oh, sepulcro, ¿dónde está tu victoria?” .

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1 Sri Yukteswar fue iniciado más tarde formalmente en la Orden Swami por el Mahant (abad del monasterio) de Buddh Gaya. Volver

2 “Gran Rey”, título de respeto. Volver

3 Normalmente un gurú se refiere a su propio discípulo sencillamente por su nombre, omitiendo todo título. Por eso Babaji dijo “Lahiri”, no “Lahiri Mahasaya”. Volver

4 Literalmente “religión eterna”, nombre que se da al cuerpo de enseñanzas védicas. Sanatan Dharma ha pasado a llamarse Hinduismo desde la época de los griegos, quienes designaban al pueblo de las riberas del río Indo como Indoos o hindúes. La palabra hindú, propiamente dicha, se refiere sólo a los seguidores de Sanatan Dharma o hinduismo. El término indio se aplica por igual a los hindúes y mahometanos y otros habitantes de la India (y también, a consecuencia del error geográfico de Colón, a los aborígenes mongoloides americanos).

El antiguo nombre de la India es Aryavarta, literalmente, “morada de los arios”. La raíz sánscrita de ario es “venerable, sagrado, noble”. El posterior mal uso de ario con significado no espiritual, sino físico, de características étnicas, condujo al gran orientalista Max Muller a hacer este pintoresco comentario: “Para mí un etnólogo que habla de raza aria, sangre aria, ojos y pelo arios, es un pecador tan grande como el lingüista que habla de un diccionario dolicocéfalo o una gramática braquicéfala”. Volver

5 Param-Guru es literalmente “gurú supremo” o “gurú de más allá”, dando a entender una línea sucesiva de maestros. Babaji, el gurú de Lahiri Mahasaya, era el param-guru de Sri Yukteswar. Volver

6 Mi visita al ashram de Keshabananda se describe en las páginas +  Volver

7 El 26 de Septiembre de 1895 es la fecha en que Lahiri Mahasaya dejó su cuerpo. Pocos días después hubiera cumplido setenta y ocho años. Volver

8 Mirar hacia el Norte y hacer tres giros con el cuerpo, son parte del ritual védico utilizado por los maestros que saben de antemano que ha llegado la última hora para su cuerpo físico. La última meditación, durante la cual los maestros se sumergen en el AUM Cósmico, se llama maha, o gran, samadhi. Volver

9 Kabir fue un gran santo del siglo XVI, entre sus numerosos seguidores había tanto hindúes como musulmanes. En el momento de su muerte, sus discípulos discutieron sobre la forma de realizar las ceremonias fúnebres. El exasperado maestro se levantó del sueño final y les dio instrucciones. “Que la mitad de mí sea enterrada por los ritos musulmanes”; dijo, “que la otra mitad sea cremada con un sacramento hindú”. A continuación desapareció. Cuando los discípulos abrieron el ataúd que había contenido su cuerpo, no encontraron otra cosa que un deslumbrante conjunto de doradas flores de champak. La mitad fueron obedientemente enterradas por los musulmanes, quienes todavía hoy reverencian su sepulcro.

En su juventud, se acercaron a Kabir dos discípulos que querían minuciosa guía intelectual en el sendero místico. El maestro respondió simplemente:

   “Sendero presupone distancia;
   Si Él está cerca, no necesitas ningún sendero.
   ¡Realmente me hace gracia
   Oír hablar de un pez sediento en el agua!”. Volver

10 Panchanon erigió, en un terreno de 7 Hc. en Deogarh, Bihar, un templo con una estatua de piedra de Lahiri Mahasaya. Sus discípulos pusieron otra estatua del gran maestro en la pequeña sala de su casa en Benarés. Volver

11 I Corintios 15:54-55. Volver

 
         
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