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Autobiografia de un Yogui
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Capítulo Trenta y Siete

Voy a América

   “¡América! ¡Probablemente esas personas sean americanas!”. Así pensaba mientras una vista panorámica de rostros occidentales pasaba ante mi visión interior.

   Inmerso en meditación, estaba sentado tras unas cajas polvorientas en el almacén de la escuela de Ranchi. ¡Durante los años que pasé con los jóvenes era difícil encontrar un lugar privado!

   La visión continuó; una gran multitud de personas1, que me miraban fijamente, pasaban como actores por el escenario de mi conciencia.

   La puerta del almacén se abrió; como de costumbre, uno de los muchachos había descubierto mi escondite.

   “Ven aquí, Bimal”, llamé con alegría. “Tengo noticias para ti, ¡el Señor me llama a América!”.

   “¿A América?”. El chico repitió mis palabras en un tono que insinuaba que yo había dicho “a la luna”.

   “¡Sí!”. Me voy a descubrir América, como Colón. ¡Él creyó que había encontrado la India, sin duda hay un lazo kármico entre esas dos tierras!”.

   Bimal se escabulló; pronto toda la escuela estaba informada por el periódico de dos piernas2. Convoqué al perplejo profesorado y dejé la escuela a su cargo.

   “Sé que mantendrán siempre como guía los ideales educativos de Lahiri Mahasaya”, dije. “Escribiré con frecuencia; si Dios quiere, algún día regresaré”.

   Los ojos se me llenaron de lágrimas al mirar por última vez a los muchachos y los soleados terrenos de Ranchi. Sabía que una época de mi vida se había terminado; a partir de ahora viviría en tierras lejanas. Tomé el tren para Calcuta pocas horas después de mi visión. Al día siguiente recibí una invitación para actuar como delegado de la India en un Congreso Internacional de Religiones Liberales en América. Aquel año se convocaba en Boston, bajo los auspicios de la American Unitarian Association.

   Dándome vueltas la cabeza, fui a Serampore a ver a Sri Yukteswar.

   “Guruji, acabo de ser invitado a pronunciar un discurso en un congreso de religiones en América. ¿Debo ir?”.

   “Tienes todas las puertas abiertas”, contestó sencillamente el Maestro. “Ahora o nunca”.

   “Pero señor”, dije con desaliento, “¿qué sé yo sobre hablar en público? Apenas he dado conferencias y nunca en inglés”.

   “En inglés o no, tus palabras sobre yoga se oirán en Occidente”.

   Me reí. “Bueno, querido guruji, ¡no creo que los americanos aprendan bengalí! Por favor, bendígame para que se derriben las barreras de la lengua inglesa”3.

   Cuando le comuniqué los planes a mi padre, quedó consternado. Para él América aparecía increíblemente remota; temía no volver a verme jamás.

   “¿Cómo irás?”, me preguntó severo. “¿Quién te financiará?”. Como él había sufragado con cariño los gastos de mi educación y de toda mi vida, sin duda esperaba que esta pregunta pondría en apuros mi proyecto.

   “Sin duda el Señor me financiará”. Al contestarle, pensé en una respuesta similar que hace mucho tiempo había dado a mi hermano Ananta en Agra. Añadí sin malicia, “Padre, quizá Dios ponga en su mente ayudarme”.

   “¡No, jamás!”. Me miró lastimeramente.

   Así que al día siguiente quedé sorprendido cuando mi padre me tendió un cheque por una gran suma.

   “Te doy este dinero”, dijo, “no en mi cualidad de padre, sino de fiel discípulo de Lahiri Mahasaya. Ve pues a las lejanas tierras de Occidente; expande allí las enseñanzas sin credo de Kriya Yoga”.

   Quedé inmensamente conmovido por la generosidad de mi padre, que dejó rápidamente a un lado sus deseos personales. Durante la noche había comprendido que no era el deseo de viajar al extranjero lo que me inducía al viaje.

   “Quizá no volvamos a vernos en esta vida”. Mi padre, que tenía setenta y siete años en aquella época, hablaba con tristeza.

   Una convicción intuitiva me impulsó a responder, “Sin duda el Señor nos reunirá una vez más”.

   A medida que me preparaba para dejar al Maestro y mi país de origen por las desconocidas costas de América, experimentaba no poca inquietud. Había oído muchos relatos sobre la atmósfera materialista de Occidente, muy distinta del ambiente de la India, impregnado por el aura secular de los santos. “¡Un profesor oriental que desafía los aires occidentales”, pensaba, “debe estar preparado para resistir pruebas mayores que las del frío Himalaya!”.

   Una mañana temprano comencé a orar, con la firme determinación de continuar, aunque tuviera que morir orando, hasta oír la voz de Dios. Quería sus bendiciones y la seguridad de que no me perdería en la confusión del utilitarismo moderno. Mi corazón estaba decidido a ir a América, pero todavía con más fuerza estaba resuelto a oír el consuelo del permiso divino.

   Oré y oré, mitigando con la oración mis sollozos. No llegó ninguna respuesta. Mi silenciosa petición aumentó en terrible crescendo hasta que, a mediodía, había alcanzado el cenit; mi cerebro no podía resistir la presión de mi angustia. Si pedía con una pasión interior todavía más intensa, sentiría que mi cerebro se quebraba. En ese momento alguien llamó a la puerta del vestíbulo contiguo a la habitación de Gurpar Road donde yo estaba sentado. Al abrir la puerta vi a un joven con el escaso atuendo de un renunciante. Entró, cerró la puerta tras él y rechazó mi invitación a sentarse, indicando con un gesto que deseaba hablarme de pie.

   “¡Debe ser Babaji!”, pensé aturdido, porque el hombre que estaba ante mí tenía las facciones de un joven Lahiri Mahasaya.

   Él respondió a mi pensamiento. “Sí, soy Babaji”. Hablaba melodiosamente en hindi. “Nuestro Padre Celestial ha oído tu oración. Me pide que te diga: Sigue las indicaciones de tu gurú y vete a América. No temas; yo te protegeré”.

   Tras una vibrante pausa, Babaji se dirigió a mí de nuevo. “Tú eres quien yo elegí para expandir el mensaje de Kriya Yoga en Occidente. Hace mucho tiempo conocí a tu gurú Yukteswar en una Kumbha Mela; le dije que te enviaría a él para que te preparara”.

   Quedé sin habla, inundado de reverencia y devoción en su presencia, y profundamente emocionado al oír de sus propios labios que él me había conducido a Sri Yukteswar. Me postré ante el gurú inmortal. Él me levantó amablemente del suelo. Me relató muchas cosas sobre mi vida, después me dio instrucciones personales y pronunció algunas profecías secretas.

   “Kriya Yoga, la técnica científica de Realización en Dios”, dijo por último con solemnidad, “se extenderá por todos los países, ayudando a la armonía entre las naciones por medio de la percepción personal, trascendental, del Padre Infinito”.

   Con una mirada de majestuoso poder, el maestro me electrificó con un destello de su conciencia cósmica. Poco después se dirigió a la puerta.

   “No intentes seguirme”, dijo. “No lo conseguirás”.

   “¡Por favor, Babaji, no te vayas!”, pedí repetidamente. “¡Llévame contigo!”.

   Mirando hacia atrás, contestó, “Ahora no. En otra ocasión”.

   Vencido por la emoción, desobedecí su advertencia. Al intentar perseguirle descubrí que mis pies estaban firmemente anclados al suelo. Desde la puerta, Babaji me dirigió una última mirada de afecto. Levantó la mano a modo de bendición y se marchó, con mis ojos anhelantes fijos en él.

   Después de unos minutos, mis pies quedaron libres. Me senté y entré en meditación profunda, dando incesantemente gracias a Dios; no sólo por responder a mi oración, sino también por bendecirme a través de un encuentro con Babaji. Todo mi cuerpo parecía santificado por el toque del antiguo y siempre joven maestro. Largo había sido mi abrasador deseo de contemplarlo.

   Hasta ahora, jamás había contado a nadie la historia de mi encuentro con Babaji. Manteniéndola como la más sagrada de mis experiencias humanas, la tenía escondida en mi corazón. Pero he pensado que los lectores de esta autobiografía quizá se sentirían más inclinados a creer en la realidad del solitario Babaji y su interés por el mundo si contaba que yo lo había visto con mis propios ojos. He ayudado a un artista a hacer un dibujo del gran Cristo-Yogui de la India moderna; aparece en este libro.

   La víspera de mi marcha para los Estados Unidos me encontró en la sagrada presencia de Sri Yukteswar.

“Olvida que naciste hindú y no seas un americano. Toma lo mejor de ambos”, dijo el Maestro con su calmada sabiduría. “Sé tu auténtico ser, un hijo de Dios. Busca e incorpora a tu ser las mejores cualidades de todos tus hermanos, dispersos por la tierra en diferentes razas”.

   Después me bendijo: “Todos aquellos que lleguen a ti con fe, buscando a Dios, recibirán ayuda. Cuando les mires, la corriente espiritual que emana de tus ojos penetrará en sus cerebros y cambiará sus hábitos materiales, haciéndoles más conscientes de Dios”.

   Prosiguió, “Tu capacidad para atraer almas sinceras es muy grande. Allí a donde vayas, aunque sea un desierto, encontrarás amigos”.

   Ambas bendiciones se han demostrado ampliamente. Llegué a América solo, a un desierto sin un solo amigo, pero allí encontré miles de personas preparadas para recibir las enseñanzas para el alma probadas por el tiempo.

   Dejé la India en Agosto de 1920, en The City of Sparta, el primer barco de pasajeros que hacía la ruta a América tras la reciente I Guerra Mundial. Conseguí billete sólo después de levantar, de formas verdaderamente milagrosas, muchos “precintos” de dificultades relacionadas con la concesión de mi pasaporte.

   Durante el viaje de dos meses, un pasajero se enteró de que yo era el delegado indio para el congreso de Boston.

“Swami Yogananda”, dijo, con la primera de las muchas pintorescas pronunciaciones con las que más tarde oí pronunciar mi nombre a los americanos, “por favor, concédanos el placer de una conferencia el jueves por la noche. Creo que todos nos beneficiaremos de una charla sobre ‘La Batalla de la Vida y Cómo Librarla”.

   ¡Ay!, el miércoles descubrí que tenía que librar la batalla de mi propia vida. Desesperado al intentar organizar mis ideas en una conferencia en inglés, terminé por abandonar toda preparación; mis pensamientos, como un potro salvaje ante la vista de la silla, rehusaban cooperar con las reglas de la Gramática inglesa. No obstante, confiando plenamente en las pasadas seguridades que me diera el Maestro, el jueves aparecí en el salón del buque ante mi audiencia. La elocuencia se negaba a aflorar a mis labios; me quedé de pie ante la asamblea, sin habla. Tras una dura lucha de diez minutos, la audiencia comprendió mi apuro y comenzó a reír.

Clase en Washington

   En aquel momento la situación no tenía nada de divertido para mí; indignado, dirigí una silenciosa oración al Maestro.

   “¡Tú puedes! ¡Habla!”. Inmediatamente oí su voz en mi conciencia.

   Al instante mis pensamientos entablaron una amigable relación con la lengua inglesa. Cuarenta y cinco minutos más tarde, la audiencia todavía estaba atenta. La charla me procuró numerosas invitaciones para dar más tarde conferencias ante diversos grupos en América.

   Jamás he podido recordar ni una palabra de lo que dije. Preguntando discretamente, supe por varios pasajeros: “Dio usted una inspirada conferencia en un amplio y correcto inglés”. Ante estas maravillosas noticias, di humildemente las gracias a mi gurú por su oportuna ayuda, comprendiendo una vez más que él estaba siempre conmigo, despreciando todas las barreras de tiempo y espacio.

   De vez en cuando, en lo que nos quedó de viaje por el océano, sentía unas aprensivas punzadas sobre la venidera terrible conferencia en inglés en el congreso de Boston.

   “Señor”, oré, “permite que mi inspiración seas Tú ¡y no las bombas de risa de la audiencia!”.

   The City of Sparta atracó cerca de Boston al final de Septiembre. El seis de Octubre me dirigí al congreso con mi discurso inaugural en América. Fue bien recibido; suspiré aliviado. El magnánimo secretario de la American Unitarian Association, escribió el siguiente comentario en un informe publicado4 sobre las actas del congreso:

   “Swami Yogananda, delegado por el Brahmacharya Ashram de Ranchi, la India, trajo el saludo de su Sociedad al Congreso. En fluído inglés y una convincente presentación, pronunció un discurso de carácter filosófico sobre ‘La Ciencia de la Religión’, que ha sido impreso en forma de folleto para una distribución más amplia. La Religión, sostuvo, es universal y única. Sin duda no podemos universalizar costumbres y convicciones concretas, pero el elemento común de la religión tiene que ser universalizado y podemos pedir a todos por igual que lo sigan y lo obedezcan”.

   Gracias al generoso cheque de mi padre, puede quedarme en América cuando terminó el congreso. Pasé cuatro felices años viviendo humildemente en Boston. Di conferencias públicas, clases, y escribí un libro de poemas, Songs of the Soul, con un prefacio del Dr. Frederick B. Robinson, presidente del College de la Ciudad de Nueva York5.

   En el verano de 1924 comencé una gira transcontinental, hablé ante miles de personas en las principales ciudades y terminé mi visita al Oeste con unas vacaciones en la bella Alaska del Norte.

   Con la ayuda de algunos generosos estudiantes, al final de 1925 había establecido una sede central americana en Mount Washington Estates, en Los Ángeles. El edificio es el que había aparecido años atrás en la visión que tuve en Cachemira. Me apresuré a enviar a Sri Yukteswar fotografías que plasmaban estas lejanas actividades americanas. Respondió con una postal en bengalí, que transcribo aquí:

   11 de Agosto de 1926

   ¡Hijo de mi corazón, Oh, Yogananda!

   Viendo las fotos de tu escuela y de tus alumnos, mi vida recibe una alegría que no puedo expresar con palabras. Me llena de dicha ver a tus alumnos de yoga de distintas ciudades. Ante tus métodos de afirmaciones cantadas, vibraciones curativas y oraciones divinas de curación, no puedo evitar darte las gracias de corazón. Viendo la verja, el serpenteante camino que sube la colina y el bello escenario que se extiende a los pies de Mount Washington Estates, anhelo contemplarlo todo con mis propios ojos.

   Aquí todo sigue bien. Por la gracia de Dios, que la dicha este siempre contigo.

   SRI YUKTESWAR GIRI

   Pasaron los años. Di conferencias en todos los rincones de mi nuevo país y me dirigí a cientos de asociaciones, universidades, iglesias y grupos de todas las denominaciones. Decenas de miles de americanos recibieron la iniciación en yoga. En 1929 dediqué a todos ellos un nuevo libro de pensamientos en forma de oración, Susurros de la Eternidad, con un prefacio de Amelita Galli-Curci6. Ofrezco aquí, de ese libro, un poema titulado “¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!”, compuesto una noche mientras me encontraba en el estrado, en una conferencia:

   Desde las profundidades del sueño,
   Mientras asciendo la escalera en espiral del despertar,
   Susurro:
   ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!
   Tú eres el alimento y cuando rompo mi ayuno
   De la separación nocturna de Ti,
   Te saboreo y digo mentalmente:
   ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!
   No importa a dónde vaya, el foco de mi mente
   Está siempre dirigido hacia Ti;
   Y en la estruendosa batalla de la actividad
   Mi silencioso grito de guerra es siempre: ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!
   Cuando las embravecidas tormentas de las pruebas braman,
   Y cuando las preocupaciones aúllan,
   Ahogo su clamor cantando en voz alta:
   ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!
   Cuando mi mente teje sueños
   Con hilos de recuerdos,
   Encuentro estampado en la tela mágica:
   ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!
   Todas las noches, en el momento del sueño más profundo,
   Mi paz sueña y llama, ¡Dicha! ¡Dicha! ¡Dicha!
   Y mi dicha viene cantando eternamente:
   ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!
   Caminando, comiendo, trabajando, soñando, durmiendo,
   Sirviendo, meditando, cantando, amando con amor divino,
   Mi alma tararea constantemente, sin que nadie le oiga:
   ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!

   A veces, generalmente a primeros de mes, ¡cuando llovían las facturas para sostener Mount Washington y los demás centros de Self-Realization Fellowship!, pensaba con nostalgia en la sencilla paz de la India. Pero todos los días veía crecer la comprensión entre Oriente y Occidente; mi alma se regocijaba.

   El gran corazón de América queda expresado en los maravillosos versos de Emma Lazarus, grabados en la base de la Estatua de la Libertad, “La Madre de los Exiliados”:

   En el faro de su mano
   Resplandece una bienvenida mundial; sus dulces ojos dominan
   El puerto de aéreos puentes que hermana ciudades.
   “¡Quedaos, viejos países, con vuestra historiada pompa!”, grita
   Con labios silenciosos. “Dadme vuestras cansadas, pobres,
   Hacinadas masas que ansían respirar libres,
   El desgraciado desecho de vuestras populosas orillas.
   Enviadme a quienes no tienen hogar, a los arrojados por la       tempestad,
   Levanto mi antorcha junto a la puerta dorada.

ÍNDICE
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1 Desde entonces he visto muchos de aquellos rostros en Occidente y los reconocí al instante. Volver

2 Swami Premananda, ahora líder de la Self-Realization Church of All Religions en Washington D.C. era uno de los alumnos de la escuela de Ranchi cuando me marché a América. (Entonces era Brahmachari Jotin) Volver

3 Sri Yukteswar y yo normalmente hablábamos en bengalí. Volver

4 New Pilgrimages of the Spirit (Boston: Beacon Press, 1921). Volver

5 El Dr. Robinson y su esposa visitaron la India en 1939 y fueron huéspedes de honor en la escuela de Ranchi. Volver

6 La señora Galli-Curci y su esposo, Homer Samuels, el pianista, son estudiantes de Kriya Yoga desde hace veinte años. La inspiradora historia de los años dedicados a la música por la prima donna, se ha publicado recientemente (Galli-Curci’s Life of Song, C.E. LeMassena, Paebar Co., Nueva York, 1945). Volver

 
         
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