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Autobiografia de un Yogui
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Capítulo Trenta y Nueve

Teresa Neumann, la Católica con los Estigmas

   “Regresa a la India. Te he esperado pacientemente durante quince años. Pronto dejaré este cuerpo por la Resplandeciente Morada. ¡Yogananda, ven!"

   La voz de Sri Yukteswar sonó alarmante en mi oído interior mientras estaba sentado, meditando, en la sede central de Monte Washington. Atravesando quince mil kilómetros en un abrir y cerrar de ojos, su mensaje me traspasó como un relámpago.

   ¡Quince años! Sí, ahora me doy cuenta, estamos en 1935; he pasado quince años expandiendo las enseñanzas de mi gurú por América. Ahora él me llama.

   Esa tarde relaté mi experiencia a un discípulo que estaba de visita. Su desarrollo espiritual gracias al Kriya Yoga era tan notable, que yo solía llamarle “santo”, recordando la profecía de Babaji de que también América produciría hombres y mujeres de realización divina, a través del antiguo sendero del yoga.

   Este discípulo y algunos más, insistieron generosamente en hacer un donativo para mi viaje. Solventado así el problema económico, tomé las disposiciones necesarias para viajar por barco, vía Europa, a la India. ¡Ajetreadas semanas de preparativos en Monte Washington! En Marzo de 1935, inscribí, bajo las leyes del Estado de California, a Self-Realization Fellowship como una organización sin ánimo de lucro. A esta institución educativa se destinan todos los donativos públicos y las ganancias obtenidas con la venta de mis libros, la revista, los cursos escritos, las clases y cualquier otra fuente de ingresos.

   “Regresaré”, les dije a mis alumnos. “Nunca olvidaré América”.

   Durante un banquete de despedida que me ofrecieron mis amigos queridos, observé largamente sus rostros y pensé con gratitud, “Señor, quien te reconoce como el Único Dador, jamás carecerá de la dulzura de la amistad entre los mortales”.

   Me embarqué en Nueva York el 9 de Junio de 19351 en el Europa. Me acompañaban dos estudiantes: mi secretario, el Señor C. Richard Wright y una señora mayor de Cincinnati, Miss Ettie Bletch. Disfrutamos de los días de paz en el mar, un bienvenido contraste con las pasadas semanas de prisas. Nuestra etapa de ocio fue efímera; ¡la velocidad de los barcos modernos tiene algunos aspectos lamentables!

   Como cualquier grupo de turistas curiosos, caminamos por la enorme y antigua ciudad de Londres. Al día siguiente fuí invitado a pronunciar una conferencia en Caxton Hall, en la que fui presentado a la numerosa audiencia londinense por Sir Francis Younghusband. Nuestro grupo pasó un agradable día como invitados de Sir Harry Lauder, en su finca de Escocia. Pronto cruzamos el Canal de la Mancha para pasar al continente, pues yo quería hacer una peregrinación especial a Baviera. Sentía que ésta sería mi única oportunidad de visitar a la gran mística católica Teresa Neumann, de Konnersreuth.

   Años atrás había leído un sorprendente informe sobre Teresa. La información dada en el artículo era la siguiente:

   (1) Teresa, nacida en 1898, sufrió un accidente a la edad de veinte años; quedó ciega y paralítica.

   (2) Recuperó la vista milagrosamente en 1923, gracias a sus oraciones a Santa Teresita, “La florecilla”. Más tarde, los miembros de Teresa Neumann se curaron instantáneamente.

   (3) Desde 1923 en adelante, Teresa se ha abstenido totalmente de alimento y bebida, excepto la toma diaria de una pequeña hostia consagrada.

   (4) Los estigmas, o sagradas heridas de Cristo, aparecieron en la cabeza, pecho, manos y pies de Teresa en 1926. Desde entonces, todos los viernes pasa por la Pasión de Jesucristo, sufriendo en su propio cuerpo cada una de las memorables agonías.

   (5) Si bien sólo hablaba el alemán sencillo de su pueblo, durante los trances del viernes Teresa pronuncia frases que los eruditos han identificado como del arameo antiguo. En los momentos correspondientes de su visión, habla hebreo o griego.

   (6) Con permiso eclesiástico, Teresa ha sido sometida varias veces a minuciosa observación científica. El doctor Fritz Gerlick, editor de un periódico protestante alemán, fue a Konersreuth para “desenmascarar el fraude católico”, pero terminó por escribir su biografía con reverencia2.

   Como siempre, ya sea en Oriente o en Occidente, estaba deseoso de conocer a un santo. Me sentí dichoso cuando, el 16 de Julio, nuestro pequeño grupo entró en el pintoresco pueblo de Konersreuth. Los campesinos de baviera mostraron vivo interés por nuestro automóvil Ford (traído con nosotros desde América) y su variopinto grupo, un joven americano, una señora mayor y un oriental aceitunado con su largo pelo metido bajo el cuello de la chaqueta.

   La casita de Teresa, limpia y bien cuidada, con geranios floreciendo en un rudimentario pozo, estaba, ¡ay!, silenciosamente cerrada. Los vecinos, incluido el cartero que pasó por allí, no pudieron darnos ninguna información. Comenzó a llover; mis acompañantes sugirieron marcharnos.

   “No”, dije obstinado, “me quedaré aquí hasta que encuentre alguna pista que conduzca a Teresa”.

   Dos horas más tarde todavía estábamos sentados en el coche, en medio de la lúgubre lluvia. “Señor”, suspiré quejoso, “¿por qué me has traído aquí si ella ha desaparecido?”.

   Un hombre que hablaba inglés se detuvo a nuestro lado, nos ofreció amablemente su ayuda.

   “No sé con certeza dónde está Teresa”, dijo, “pero visita con frecuencia la casa del doctor Wurz, un profesor del seminario de Eichstatt, a 120 kilómetros de aquí”.

   A la mañana siguiente nuestro grupo fue en coche al tranquilo pueblo de Eichstatt, surcado de estrechas calles adoquinadas. El doctor Wurz nos recibió en su casa cordialmente: “Sí, Teresa está aquí”. Le mandó recado de que tenía visita. Pronto apareció un mensajero con su respuesta.

   “Aunque el obispo me ha pedido que no vea a nadie sin su permiso, recibiré al hombre de Dios de la India”.

   Profundamente emocionado por estas palabras, seguí al doctor Wurz escaleras arriba, hasta la sala. Teresa entró enseguida, irradiando un aura de paz y dicha. Llevaba un vestido negro y una inmaculada pañoleta blanca. Aunque entonces tenía treinta y siete años, parecía mucho más joven, poseía desde luego la frescura y el encanto infantil. Sana, bien constituída, de mejillas sonrosadas y alegre, ¡así es la santa que no come!

   Teresa me recibió con un ligero apretón de manos. Los dos sonreímos en silenciosa comunión, sabiendo cada uno de nosotros que el otro era un amante de Dios.

   El Dr. Wurz se ofreció amablemente a servirnos de intérprete. Cuando nos sentamos, me di cuenta de que Teresa me observaba con inocente curiosidad; evidentemente los hindúes eran raros en Baviera.

   “¿No come usted nada?”, deseaba oír la respuesta de sus propios labios.

   “No, excepto una hostia consagrada de harina de arroz, una vez al día, a las seis de la mañana”.

   “¿Qué tamaño tiene la hostia?”.

   “Es casi transparente, del tamaño de una moneda pequeña”. Añadió, “La tomo por razones sacramentales; si no está consagrada no soy capaz de tragarla”.

   “Sin duda usted no ha podido vivir de eso durante doce años”.

   “Vivo de la luz de Dios”. ¡Qué respuesta tan simple, tan Einsteiniana!

   “Veo que usted se da cuenta de que la energía fluye por su cuerpo a partir del éter, el sol y el aire”.

   En su cara se desplegó una rápida sonrisa. “Me siento feliz de que usted comprenda cómo vivo”.

   “Su sagrada vida es una demostración diaria de la verdad proclamada por Cristo: ‘No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios’”3.

   De nuevo mostró alegría ante mi explicación. “Desde luego es así. Una de las razones por las que estoy aquí en la tierra, es para probar que el hombre puede vivir de la luz invisible de Dios y no sólo del alimento”.

   “¿Puede usted enseñar a los demás a vivir sin alimento?”.

   Pareció un poco sorprendida. “No puedo hacerlo; Dios no lo desea”.

   Cuando mi mirada cayó sobre sus fuertes y gráciles manos, Teresa me enseñó una pequeña herida cuadrada, recientemente curada, en cada una de las palmas de sus manos. En el dorso de cada mano señaló una herida más pequeña, en forma de medialuna, recientemente curada. Cada herida atravesaba la mano. La señal me recordó claramente los grandes clavos cuadrados de hierro con los extremos terminados en medialuna, que todavía se utilizan en Oriente, pero que no recuerdo haber visto en Occidente.

   La santa me dijo algo sobre sus trances semanales. “Observo toda la Pasión de Cristo como una espectadora impotente”. Todas las semanas, desde la medianoche del jueves hasta el viernes a la una de la tarde, sus heridas se abren y sangran; pierde cuatro kilos y medio de los cincuenta y cuatro que pesa normalmente. A pesar de sufrir intensamente a consecuencia de su compasivo amor, Teresa espera dichosa estas visiones semanales de su Señor.

   Comprendí que su extraña vida estaba destinada por Dios a tranquilizar a todos los cristianos respecto a la autenticidad histórica de la vida de Jesús y su crucifixión, tal como se recoge en el Nuevo Testamento, y para mostrar dramáticamente el vínculo entre el Maestro de Galilea y sus devotos.

   El profesor Wurz contó algunas de sus experiencias con la santa.

   “Varios de nosotros, incluyendo a Teresa, hacemos con frecuencia viajes turísticos de algunos días por Alemania”, me dijo. “Produce un notable contraste que mientras nosotros hacemos tres comidas al día, Teresa no come nunca. Se mantiene fresca como una rosa, sin que le afecte la fatiga que los viajes nos causan a los demás. Mientras nosotros andamos hambrientos a la caza de las posadas del camino, ella se ríe alegremente”.

   El profesor añadió algunos detalles fisiológicos interesantes: “Debido a que Teresa no come, su estómago se ha reducido. No tiene excreciones, pero sus glándulas sudoríparas sí funcionan; su piel está siempre suave y firme”.

   En el momento de marchar expuse a Teresa mi deseo de estar presente en su trance.

   “Sí, vaya por favor a Konersreuth el viernes”, dijo amablemente. “El obispo le dará permiso. Estoy muy contenta de que viniera a buscarme a Eichstatt”.

   Teresa nos apretó dulcemente la mano muchas veces y nos acompañó a la verja. El Señor Wright encendió la radio del automóvil; la santa la examinó con risas de entusiasmo. Se juntaron tal cantidad de jóvenes que Teresa se retiró. La vimos en la ventana, desde donde nos escudriñaba de una forma infantil, diciéndonos adiós con la mano.

   En una conversación que tuvimos al día siguiente con dos hermanos de Teresa, muy educados y afables, supimos que la santa sólo duerme una o dos horas por la noche. A pesar de las muchas heridas de su cuerpo, es activa y llena de energía. Le gustan los pájaros, cuida de un acuario de peces y suele trabajar en el jardín. Tiene mucha correspondencia; los católicos devotos le escriben pidiéndole oraciones y bendiciones curativas. Ha curado a muchos de ellos de enfermedades graves.

   Su hermano Fernando, de alrededor de veintitrés años, nos explicó que por medio de la oración, Teresa tenía el poder de agotar en su propio cuerpo las enfermedades de los demás. La abstinencia de alimento por parte de la santa data del tiempo en que rezó para que la enfermedad de garganta de un joven de la parroquia, que estaba preparándose para tomar las órdenes sagradas, se transfiriera a su propia garganta.

   El jueves por la tarde nuestro grupo se dirigió a casa del obispo, quien miraba mis flotantes cabellos con cierta sorpresa. Enseguida escribió el permiso necesario. No hubo honorarios; la norma establecida por la iglesia tenía únicamente por objeto proteger a Teresa de la avalancha de turistas de paso que, en años anteriores, se congregaban los viernes para verla.

   El viernes por la mañana llegamos a Konersreuth alrededor de las nueve y media. Me di cuenta que la casita de Teresa tenía una parte del techo acristalada, especial para proporcionarle luz en abundancia. Nos alegramos al ver que las puertas ya no estaban cerradas, sino hospitalariamente abiertas de par en par. Había una cola de unos veinte visitantes, provistos de sus permisos. Muchos venían de muy lejos para ver el trance místico.

   Teresa había pasado mi primera prueba en casa del profesor con su conocimiento intuitivo de que yo quería verla por razones espirituales y no sólo para satisfacer una curiosidad pasajera.

Teresa Neumann

   Ahora iba a someterla a una segunda prueba, para ello, justo antes de subir las escaleras, yo mismo entré en estado de trance yóguico, para unirme a ella telepática y televisivamente. Entré en su habitación, llena de visitantes; ella estaba tendida en la cama con un vestido blanco. El Señor Wright me seguía muy de cerca, me detuve justo en el umbral, pasmado ante el más extraño y aterrador de los espectáculos.

   De los párpados inferiores de Teresa fluía un chorro fino y contínuo de sangre, de unos dos centímetros y medio de diámetro. Su mirada estaba enfocada hacia arriba, en el ojo espiritual, situado en la zona interior media de la frente. El paño enrollado alrededor de su cabeza estaba empapado de la sangre procedente de las heridas estigmatizadas de la corona de espinas. El hábito blanco estaba salpicado de rojo en la zona del corazón, por la herida del costado, donde el cuerpo de Cristo, tantos años antes, había sufrido la última vejación por parte del soldado que le clavó la lanza.

   Las manos de Teresa aparecían tendidas en un gesto maternal, suplicante; su rostro mostraba una expresión a la vez de tortura y divinidad. Parecía más delgada, transformada de muchas formas sutiles y también externas. Murmurando en una lengua extranjera, hablaba con labios un poco temblorosos a personas sólo visibles para su mirada interior.

   Como yo me encontraba en sintonía con ella, comencé a ver las escenas de su visión. Estaba viendo a Jesús mientras cargaba la cruz entre la multitud sarcástica4. De pronto levantó la cabeza consternada: el Señor había caído bajo el brutal peso. La visión desapareció. Exhausta por la ferviente compasión, Teresa se hundió pesadamente en la almohada.

   En ese momento oí un fuerte ruido sordo detrás de mí. Volví la cabeza durante un segundo, vi que dos hombres sacaban un cuerpo desmayado. Como estaba saliendo de un profundo estado superconsciente, no reconocí a la persona de inmediato. Fijé de nuevo mi mirada en el rostro de Teresa, de una palidez cadavérica bajo los chorros de sangre, pero ahora en calma, irradiando pureza y santidad. Más tarde miré hacia atrás y vi al Señor Wright de pie, con las manos contra la mejilla, de la que goteaba sangre.

   “Dick”, pregunté con inquietud, “¿fue usted quien se cayó?”.

   “Sí, me desmayé ante este terrible espectáculo”.

   “Bueno”, le dije consolándole, “es usted valiente para volver y observar la escena de nuevo”.

   Recordando la paciente cola de peregrinos que esperaban, el Señor Wright y yo nos despedimos de Teresa en silencio y dejamos su sagrada presencia5.

   Al día siguiente nuestro pequeño grupo viajó hacia el Sur; gracias a que no dependíamos de trenes, podíamos parar el Ford en cualquier punto del país que eligiéramos. Disfrutamos de cada minuto de nuestro viaje por Alemania, Holanda, Francia y los Alpes suizos. En Italia hicimos un viaje especial a Asís, para honrar al apóstol de la humildad, San Francisco. El viaje por Europa terminó en Grecia, donde visitamos los templos atenienses y vimos la prisión en la que el noble Sócrates6 tuvo que beber la pócima mortal. Produce admiración el arte con que los griegos dieron forma a su imaginación en alabastro.

   Atravesamos el soleado Mediterráneo en barco, desembarcando en Palestina. Recorriendo Tierra Santa, me convencí más que nunca del valor de las peregrinaciones. El espíritu de Cristo lo penetra todo en Palestina; caminé reverentemente a su lado por Belén, Getsemaní, el Calvario, el sagrado Monte de los Olivos, el Río Jordán y el Mar de Galilea.

   Nuestro pequeño grupo visitó el Pesebre del Nacimiento, la tienda de José carpintero, la tumba de Lázaro, la casa de Marta y María, la sala de la Última cena. Antigüedad revelada; contemplé escena a escena, el divino drama que Cristo representó una vez para los tiempos futuros.

   Continuamos a Egipto, con su moderno El Cairo y sus antiguas pirámides. Allí el barco descendió por el estrecho Mar Rojo al amplio Mar de Arabia; y por fín, ¡la India!

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1 Lo singular de poder incluir aquí la fecha completa, se debe al hecho de que mi secretario, el Señor Wright, llevaba un diario de viaje. Volver

2 Otros libros sobre su vida son Therese Neumann: A Stigmatist of Our Day y Further Chronicles of Therese Neumann, ambos de Friedrich Ritter von Lama (Milwaukee: Bruce Pub. Co.). Volver

3 Mateo 4:4. La batería del cuerpo del hombre no se sostiene sólo gracias al alimento ordinario (pan), sino a la energía cósmica vibratoria (palabra o AUM). El invisible poder entra en el cuerpo humano por la puerta del bulbo raquídeo. Este sexto centro corporal está situado en la parte posterior del cuello, por encima de los cinco chakras (en sánscrito “ruedas” o centros que irradian fuerza) espinales. El bulbo raquídeo es la principal entrada por la que el cuerpo se provee de la fuerza vital universal (AUM) y está directamente conectado con la fuerza de voluntad humana, concentrada en el séptimo centro o Conciencia Crística (Kutasha), en el tercer ojo, en el entrecejo. La energía cósmica se almacena en el cerebro como una reserva de potencialidades infinitas; se menciona poéticamente en los Vedas como “el loto de los mil pétalos de luz”. La Biblia se refiere invariablemente al AUM como el “Espíritu Santo” o fuerza vital invisible que mantiene toda la creación de forma divina. “¿Cómo?, ¿no sabéis que vuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo que está en vosotros, que lo habéis recibido de Dios y que no os pertenece?”. I Corintios 6:19. Volver

4 Durante las horas que precedieron a mi llegada, Teresa ya había pasado por muchas visiones de los últimos días de la vida de Cristo. Su trance solía comenzar con escenas de los acontecimientos que siguieron a la Última Cena. Sus visiones terminaban con la muerte de Jesús en la cruz o, a veces, con su enterramiento. Volver

5 Teresa sobrevivió a la persecución nazi y todavía reside en Konersreuth, según noticias americanas recibidas en 1945 desde Alemania. Volver

6 Un pasaje de Eusebio relata un interesante encuentro entre Sócrates y un sabio hindú. El pasaje dice: “Aristoxenus, el músico, cuenta la siguiente historia sobre los indios. Uno de ellos conoció a Sócrates en Atenas y le preguntó cuál era el ámbito de su filosofía. ‘Una pregunta sobre los fenómenos humanos’, respondió Sócrates. Ante esto el indio estalló en carcajadas. ‘¿Cómo puede un hombre preguntar sobre los fenómenos humanos’, dijo, ‘cuando ignora los divinos?’”. El Aristoxenus mencionado era un discípulo de Aristóteles y un notable escritor de Armonía. Vivió alrededor del año 330 a.C. Volver

 
         
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