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Autobiografia de un Yogui
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Capítulo Cuarenta y Dos

Últimos Días con Mi Gurú

   “Guruji, me alegro de encontrarle solo esta mañana”. Acababa de llegar a la ermita de Serampore con una fragante carga de fruta y rosas. Sri Yukteswar me miró mansamente.

   “¿Cuál es la pregunta?”. El Maestro recorrió la habitación con la mirada como si buscara por dónde escapar.

   “Guruji, llegué a usted como un joven estudiante de secundaria; ahora soy un hombre maduro, incluso con una o dos canas. Aunque usted me ha colmado de silencioso afecto desde el primer momento hasta hoy, ¿se da cuenta de que sólo en una ocasión, el día de nuestro encuentro, me ha dicho ‘Te quiero’?”. Le miré suplicante.

   El Maestro bajó la vista. “Yogananda, ¿tengo que exponer a las frías esferas del habla los cálidos y mejor guardados sentimientos del mudo corazón?”.

   “Guruji, sé que usted me ama, pero mis oídos mortales suspiran por oírselo decir”.

   “Que sea como quieres. Durante mi vida de casado a menudo anhelaba tener un hijo para prepararle en el sendero del yoga. Pero cuando tú entraste en mi vida, me contenté; en ti he encontrado a mi hijo”. Dos cristalinas lágrimas afluyeron a los ojos de Sri Yukteswar. “Yogananda, siempre te querré”.

   “Su respuesta es mi pasaporte para el cielo”. Sentí que se me quitaba un peso del corazón, disuelto para siempre por estas palabras. Muchas veces, su silencio me había sorprendido. Aún sabiendo que él era poco emotivo e independiente, a veces temía no haber conseguido satisfacerle por completo. Era una naturaleza extraña, que no se conocía nunca totalmente; una naturaleza profunda y tranquila, insondable para el mundo exterior, cuyos valores había trascendido hacía mucho tiempo.

   Pocos días después, cuando hablé ante una inmensa audiencia en el Albert Hall de Calcuta, Sri Yukteswar accedió a sentarse a mi lado en el estrado, con el Maharajá de Santosh y el Alcalde de Calcuta. Aunque el Maestro no me hizo ningún comentario, de vez en cuando le miraba y me parecía distinguir un brillo de satisfacción en sus ojos.

   A continuación vino una conferencia ante los alumnos del Serampore College. Al mirar a mis antiguos compañeros y al mirarme ellos a mí, el “Monje Loco”, asomaron sin vergüenza lágrimas de alegría. Mi elocuente profesor de Filosofía, Dr. Ghoshal, se acercó a saludarme, disuelta nuestra pasada falta de entendimiento por la alquimia del Tiempo.

   A finales de Diciembre se celebró en la ermita de Serampore una Fiesta del Solsticio de Invierno. Como siempre, se reunieron discípulos de Sri Yukteswar de todas partes. Sankirtans devocionales, solos cantados por Kristo-da con su voz dulce como el néctar, un banquete servido por discípulos jóvenes, el discurso profundamente emotivo del Maestro bajo las estrellas en el atestado patio del ashram, ¡recuerdos, recuerdos! ¡Alegres fiestas de otros tiempos! Pero esa noche iba a tener un rasgo nuevo.

   “Yogananda, por favor dirígete a la asamblea, en inglés”. Los ojos del Maestro brillaban al hacer esta petición doblemente inusual; ¿estaba pensando en el aprieto a bordo del barco que había precedido a mi primera conferencia en inglés? Conté la historia a mi audiencia de hermanos discípulos, terminando con un ferviente tributo a nuestro gurú.

   “Su guía omnipresente estuvo conmigo no sólo en el barco”, terminé, “sino todos los días de mis quince años en la vasta y hospitalaria tierra americana”.

   Cuando se fueron los invitados, Sri Yukteswar me llamó al mismo dormitorio donde, una sola vez, después de una fiesta en mis primeros años, se me había concedido permiso para dormir en su cama de madera. Esa noche mi gurú estaba sentado allí tranquilamente, con un semicírculo de discípulos a sus pies. Sonrió cuando entré en la habitación deprisa.

   “Yogananda, ¿te vas para Calcuta? Por favor, vuelve mañana. Tengo algunas cosas que decirte”.

En la tarde del día siguiente, con unas sencillas palabras de bendición, Sri Yukteswar me confirió el título monástico adicional de Paramhansa1.

   “Ahora esto suplanta formalmente a tu anterior título de swami”, dijo cuando me arrodillé ante él. Sonriendo pensé en los problemas con que se encontrarían mis seguidores americanos para pronunciar Paramhansaji2.

   “Ahora mi tarea en la tierra ha terminado; tú debes continuarla”. El Maestro habló con tranquilidad, con ojos dulces y en calma. Mi corazón palpitaba de miedo.

   “Por favor, envía a alguien para que se haga cargo de nuestro ashram en Puri”, siguió Sri Yukteswar. “Dejo todo en tus manos. Conducirás con éxito la barca de tu vida y de la organización hasta la orilla divina”.

   Llorando, me abracé a sus pies; me levantó y me bendijo de una forma encantadora.

   Al día siguiente llamé a un discípulo de Ranchi, Swami Sebananda, y le envié a Puri a asumir la responsabilidad de la ermita3. Más tarde mi gurú trató conmigo los detalles legales de asignación de su patrimonio; estaba preocupado por evitar, tras su muerte, posibles litigios de sus parientes por las dos ermitas y las demás propiedades, que deseaba transferir únicamente con propósitos benéficos.

   “Recientemente el Maestro hizo preparativos para visitar Kidderpore4, pero no consiguió ir”. Amulaya Babu, un hermano discípulo, me hizo este comentario una tarde; sentí una oleada fría de premonición. Ante mis apremiantes preguntas, Sri Yukteswar sólo respondió, “No volveré a ir a Kidderpore”. Durante un momento, el Maestro tembló como un niño asustado.

   (“El apego a la residencia corporal, que surge de su propia naturaleza [es decir, de raíces inmemoriales, de las pasadas experiencia de la muerte]”, escribió Patanjali5, “está presente en pequeño grado incluso en los grandes santos”. En algunas de sus charlas sobre la muerte, mi gurú solía añadir: “Tal como un pájaro que lleva mucho tiempo enjaulado duda en dejar su acostumbrado hogar cuando se le abre la puerta”.)

   “Guruji”, le supliqué sollozando, “¡no diga eso! ¡No pronuncie jamás esas palabras delante de mí!”.

   El rostro de Sri Yukteswar se relajó con una sonrisa de paz. Aunque próximo a su ochenta cumpleaños, estaba bien y fuerte.

   Disfrutando día a día el sol del amor de mi gurú, no expresado pero profundamente sentido, desaparecieron de mi mente los diversos indicios que había dado de su próximo fallecimiento.

   “Señor, este mes se convoca la Kumba Melaen Allahabad”. Señalé a Sri Yukteswar las fechas de la mela en un almanaque bengalí6.

   “¿Realmente quieres ir?”.

   Sin darme cuenta de la reticencia de Sri Yukteswar a que le dejara, continué, “En una ocasión usted contempló al bendito Babaji en una kumbha de Allahabad. Quizá esta vez yo sea suficientemente afortunado para verle”.

   “No creo que le encuentres allí”. A continuación mi gurú guardó silencio, no queriendo obstaculizar mis planes.

   Cuando al día siguiente salí para Allahabad con mi pequeño grupo, el Maestro me bendijo de su tranquila forma acostumbrada. Parece como si este mantenerme ajeno a lo que implicaba la actitud de Sri Yukteswar, se debiera a que el Señor deseaba evitarme la experiencia de ser testigo impotente del fallecimiento de mi gurú. Siempre ha sucedido en mi vida que, en la muerte de aquellos a quienes amaba profundamente, Dios, en su compasión, dispuso que yo estuviera lejos de la escena7.

Shankari, Krisnananda y Yukteswar

   Nuestro grupo llegó a la Kumbha Melael 23 de Enero de 1936. El oleaje de una multitud de casi dos millones de personas era un espectáculo impresionante, incluso abrumador. El don característico de los indios es la reverencia innata, existente incluso en el más bajo aldeano, hacia el valor del Espíritu y hacia los monjes y sadhus que han abandonado las ataduras mundanas para encontrar un anclaje más divino. Desde luego hay impostores e hipócritas, pero la India respeta a todos por los pocos que iluminan el país con bendiciones sobrenaturales. Los occidentales que estaban viendo el espectáculo tenían una oportunidad única de sentir el pulso del país, el fervor espiritual al que la India debe su inextinguible vitalidad ante los embates del tiempo.

   Nuestro grupo pasó el primer día simplemente observando. Aquí había innumerables bañistas, sumergiéndose en el río sagrado para la remisión de sus pecados; allí vimos solemnes rituales de culto; más lejos se esparcían ofrendas devotas a los pies polvorientos de los santos; volvíamos la cabeza y desfilaba una hilera de elefantes, caballos enjaezados y lentas y pacíficas filas de camellos rajputana, o un pintoresco desfile de sadhus desnudos, ondeando cetros de oro y plata o banderas y serpentinas de aterciopelada seda.

   Anacoretas que no vestían más que el taparrabos, sentados tranquilamente en pequeños grupos, con sus cuerpos embadurnados de ceniza para protegerse del calor y el frío. El ojo espiritual estaba gráficamente representado en sus frentes por un lunar único de pasta de madera de sándalo. Aparecían por millares swamis de cabeza afeitada, vestidos de ocre y llevando su bastón de bambú y el platillo de la limosna. Sus rostros emanaban la paz del renunciante mientras caminaban o mantenían debates filosóficos con sus discípulos.

   Aquí y allá, bajo los árboles, alrededor de enormes pilas de leños ardiendo, había pintorescos sadhus8, con el pelo trenzado y recogido en un moño en lo alto de la cabeza. Algunos llevaban larguísimas barbas, enroscadas y atadas en un nudo. Meditaban silenciosamente o extendían las manos bendiciendo a la multitud que pasaba, mendigos, maharajás en elefantes, mujeres en saris multicolores y tintineantes brazaletes en brazos y tobillos, fakires con sus delgados brazos grotescamente mantenidos en alto, brahmacharis llevando sus accesorios para apoyar los codos en meditación, humildes sabios cuya solemnidad ocultaba la dicha interior. Por encima del estruendo oíamos la incesante llamada de las campanas de los templos.

   En nuestro segundo día en la mela, mis compañeros y yo entramos en varios ashrams y cobertizos provisionales, para ofrecer pronams a los personajes santos. Recibimos la bendición del líder de la rama Giri de la Orden Swami, un monje delgado y asceta con sonrientes ojos de fuego. Nuestra siguiente visita nos llevó a una ermita cuyo gurú había guardado los votos de silencio y una dieta estrictamente a base de fruta durante los últimos nueve años. En el estrado central de la sala del ashram se sentaba un sadhu ciego, Pragla Chakshu, profundamente versado en los shastras y altamente reverenciado por todas las sectas.

   Después de que yo pronunciara un breve discurso en hindi sobre Vedanta, nuestro grupo dejó la pacífica ermita para saludar a un swami que se encontraba cerca, Krishnananda, un apuesto monje de mejillas sonrosadas e imponentes espaldas. Cerca de él estaba reclinada una mansa leona. Habiendo sucumbido al encanto espiritual del monje, ¡no, estoy seguro, a su fuerza física!, el animal de la jungla rechazaba la carne a favor del arroz y la leche. El swami había enseñado a la bestia de pelo rojizo a pronunciar “Aum” con un profundo y atractivo gruñido, ¡un gato devoto!

   Nuestro siguiente encuentro, una entrevista con un erudito y joven sadhu, está bien descrito en el chispeante diario de viaje del Señor Wright.

   “Cruzamos el bajo Ganges en el Ford, por un crujiente puente de pontones; arrastrándonos como una serpiente entre las multitudes y los estrechos y serpenteantes caminos, pasamos por el lugar de la orilla del río que Yoganandaji nos señaló como el del encuentro entre Babaji y Sri Yukteswarji. Nos apeamos del coche un momento y caminamos cierta distancia entre el espeso humo de las hogueras de los sadhus y las arenas resbaladizas, hasta llegar a un grupo de minúsculas y modestísimas cabañas de barro y paja. Nos detuvimos ante una de esas insignificantes viviendas provisionales, con una diminuta entrada sin puerta, la morada de Kara Patri, un joven sadhu errante notable por su extraordinaria inteligencia. Estaba sentado, con las piernas cruzadas, en un montón de paja, cubierto por su única posesión: una tela ocre echada sobre los hombros.

   “Verdaderamente fue un rostro divino el que nos sonrió tras arrastrarnos al interior de la cabaña y saludar con un pronam a los pies de este alma iluminada, mientras la lámpara de queroseno de la entrada hacía parpadear extrañas sombras danzantes en las paredes de paja. Su rostro, especialmente sus ojos y dientes perfectos, brillaban y lanzaban destellos. Aunque yo no conseguía comprender el hindi, su expresión era muy reveladora; estaba lleno de entusiasmo, amor, esplendor espiritual. Nadie podía equivocarse sobre su grandeza.

   “Imaginad la feliz vida de alguien que no está apegado al mundo material; libre del problema de vestirse; libre del ansia por comer, sin mendigar jamás, sin tocar jamás alimentos cocinados excepto en días alternos, sin llevar jamás un platillo para la limosna; libre de los enredos del dinero, sin llevar jamás dinero encima, sin almacenar nada jamás, confiando siempre en Dios; libre de la preocupación del transporte, sin conducir jamás vehículos, sino caminando siempre por las orillas de los ríos sagrados; sin permanecer jamás en un lugar más de una semana para evitar que crezca ningún apego.

   “¡Qué alma modesta!, excepcionalmente versado en los Vedas y en posesión del grado universitario y el título de Shastri (profesor de las escrituras) por la Universidad de Benarés. Un sentimiento sublime me impregnó cuando me senté a sus pies; parecía ser una respuesta a mi deseo de ver la India auténtica, antigüa, pues él es un representante de este país de gigantes espirituales”.

   Le pregunté a Kara Patri sobre su vida errante. “¿No tiene ropa extra para el invierno?”.

   “No, ésta es suficiente”.

   “¿No lleva libros?”.

   “No, enseño de memoria a quienes desean escucharme”.

   “¿Qué más hace?”.

   “Vago por el Ganges”.

   Ante estas tranquilas palabras me vi dominado por el anhelo de simplicidad de su vida. Recordé América y todas las responsabilidades depositadas sobre mis hombros.

   “No, Yogananda”, pensé tristemente por un momento, “esta vida de vagar por el Ganges no es para ti”.

   Después de que el sadhu me relatara algunos de sus logros espirituales, le lancé una súbita pregunta.

   “¿Está usted dando estas descripciones a partir de su conocimiento de las escrituras, o de la experiencia interior?”.

   “Mitad de lo aprendido en los libros”, respondió con una franca sonrisa, “y mitad de la experiencia”.

   Nos sentamos un momento felices en silencio meditativo. Cuando dejamos su sagrada presencia, le dije al Señor Wright, “Es un rey sentado en un trono de paja dorada”.

   Aquella noche cenamos en los terrenos de la mela, bajo las estrellas, comimos en platos de hojas unidas con palos. ¡En la India la tarea de lavar los platos se ha reducido al mínimo!

   Dos días más en la fascinante kumba; después hacia el Noroeste, a lo largo de las orillas del Jumna, hasta Agra. Contemplé una vez más el Taj Mahal; en el recuerdo Jitendra estaba a mi lado, asombrado ante el sueño realizado en mármol. Seguimos a Brindaban, al ashram de Swami Keshabananda.

   Mi objetivo al ir a ver a Keshabananda estaba en relación con este libro. No había olvidado nunca la petición de Sri Yukteswar de que escribiera la vida de Lahiri Mahasaya. Durante mi estancia en la India aprovechaba cualquier oportunidad para ponerme en contacto con discípulos directos y familiares del Yogavatar. Recogiendo sus conversaciones en voluminosas notas, contrastaba fechas y datos, reunía fotografías, cartas antiguas y documentos. Mi carpeta de Lahiri Mahasaya comenzaba a hincharse; me daba cuenta con consternación de que tenía ante mí una ardua labor de escritura. Oraba para estar a la altura de mi papel de biógrafo del colosal gurú. Algunos de sus discípulos temían que en un relato escrito su maestro pudiera ser infravalorado o malinterpretado.

   “Difícilmente puede hacerse justicia en frías palabras a la vida de una encarnación divina”, observó en una ocasión Panchanon Bhattacharya.

   Otros discípulos cercanos estaban también satisfechos con mantener al Yogavatar escondido en sus corazones como al preceptor inmortal. Sin embargo, teniendo en cuanta la predicción de Lahiri Mahsaya acerca de su biografía, no escatimé esfuerzos por obtener y corroborar los hechos de su vida externa.

   En Brindaban Swami Keshabananda recibió cálidamente a nuestro grupo en su Katayani Peith Ashram, un imponente edificio de ladrillo con sólidas columnas negras, asentado en un bello jardín. En seguida nos hizo pasar a una sala adornada con un gran retrato de Lahiri Mahasaya. El swami tenía cerca de noventa años, pero su musculoso cuerpo irradiaba fuerza y salud. De pelo largo, barba blanca como la nieve y ojos que brillaban de dicha, era la auténtica encarnación de un patriarca. Le hice saber que deseaba mencionar su nombre en mi libro sobre los maestros de la India.

   “Por favor, hábleme de los primeros años de su vida”. Le sonreí suplicante; con frecuencia los grandes yoguis son poco comunicativos.

   Keshabananda hizo un gesto de humildad. “Tiene pocos acontecimientos externos. He pasado prácticamente toda mi vida en las soledades del Himalaya, viajando a pie de la tranquilidad de una cueva a otra. Durante algún tiempo sostuve un ashram en las afueras de Hardwar, totalmente rodeado por un bosquecillo de altos árboles. Era un lugar pacífico, poco visitado por los viajeros, debido a la ubicua presencia de las cobras”. Keshabananda sofocó la risa. “Más tarde una avenida del Ganges se llevó por delante la ermita, junto con las cobras. Entonces mis discípulos me ayudaron a construir este ashram de Brindaban”.

   Uno de nuestro grupo preguntó al swami cómo se había protegido de los tigres del Himalaya9.

   Keshabanda meneó la cabeza. “En esas elevadas alturas espirituales”, dijo, “las fieras salvajes apenas molestan a los yoguis. En una ocasión, en la jungla, me encontré cara a cara con un tigre. Bastó una exclamación mía para que el animal se paralizara como si se hubiera convertido en una piedra”. El swami volvió a reírse al recordarlo.

   “De vez en cuando dejaba mi retiro para visitar a mi gurú en Benarés. Él solía bromear sobre mis incesantes viajes por la jungla del Himalaya.

   “‘Llevas en los pies las señales del ansia por viajar’, me dijo en una ocasión. ‘Me alegro de que el sagrado Himalaya sea suficientemente amplio para absorberte’.

   “Muchas veces”, continuó Keshabananda, “tanto antes como después de su fallecimiento, Lahiri Mahasaya se me apareció corporalmente. ¡Para él no existe cumbre del Himalaya inaccesible!”.

   Dos horas después nos condujo a un comedor en el patio. Suspiré con silenciosa consternación. ¡Otra comida de quince platos! En menos de un año de hospitalidad india ¡había ganando veinticinco kilos! Pero se hubiera considerado el colmo de la grosería rechazar uno solo de los platos cuidadosamente preparados para los interminables banquetes en mi honor. En la India (en ningún otro lugar, ¡por desgracia!) un swami bien relleno se considera un espectáculo maravilloso10.

   Después de la cena, Keshabananda me condujo a un rincón retirado.

   “Esperaba su llegada”, dijo. “Tengo un mensaje para usted”.

   Yo estaba asombrado; nadie conocía mi plan de visitar a Keshabananda.

   “El año pasado, mientras vagaba por el Norte del Himalaya, cerca de Badrinarayan”, prosiguió el swami, “me perdí. Apareció un refugio en una cueva espaciosa, que estaba vacía, aunque las brasas de un fuego resplandecían en un hueco del suelo rocoso. Preguntándome sobre el ocupante de este solitario retiro, me senté cerca del fuego, con la mirada fija en la entrada de la cueva, iluminada por el sol.

   “‘Keshabananda, me alegro de que estés aquí’. Estas palabras sonaron detrás de mí. Me volví, sobresaltado, ¡y quedé deslumbrado al contemplar a Babaji! El gran gurú se había materializado en un hueco de la cueva. Lleno de alegría por volver a verle después de muchos años, me postré a sus sagrados pies.

   “‘Yo te llamé aquí’, continuó Babaji. ‘Por eso te perdiste y fuiste conducido a mi morada provisional. Ha pasado mucho tiempo desde nuestro último encuentro; me alegro de saludarte de nuevo.

   “El inmortal maestro me bendijo con algunas palabras de ayuda espiritual; después añadió: ‘Voy a darte un mensaje para Yogananda. Te visitará a su regreso a la India. Muchos asuntos relacionados con su gurú y con los discípulos supervivientes de Lahiri le mantendrán muy ocupado. Dile, entonces, que esta vez no deseo verle, como él espera ansiosamente; pero que le veré en alguna otra ocasión’”.

   Me sentí profundamente emocionado al recibir de labios de Keshabananda esta consoladora promesa hecha por Babaji. Cierta pena de mi corazón desapareció; ya no me sentí entristecido porque, tal como había insinuado Sri Yukteswar, Babaji no había aparecido en la Kumbha Mela.

   Tras pasar una noche como huéspedes del ashram, nuestro grupo salió a la tarde siguiente hacia Calcuta. Al pasar por un puente sobre el Río Jumna, disfrutamos del magnífico panorama del perfil de Brindaban justo cuando el sol incendia el cielo, una verdadera fragua de Vulcano en cuanto al color, que se reflejaba bajo nosotros en las aguas tranquilas.

   La playa de Jumna está santificada por los recuerdos del niño Sri Krishna. Aquí se enfrascaba con inocente dulzura en sus lilas (juegos) con las gopis (muchachas), ejemplificando el amor supremo que existe siempre entre una encarnación divina y sus devotos. La vida del Señor Krishna ha sido malinterpretada por muchos comentaristas occidentales. La alegoría de las escrituras es incomprensible para una mente literal. Una divertidísima errata de un traductor ilustará este punto. La historia se refiere a un inspirado santo medieval, el zapatero Ravidas, quien cantaba la gloria espiritual oculta en todo ser humano en los sencillos términos de su oficio:

   Bajo la bóveda azul

   Vive la divinidad vestida de piel.

   Uno tiene que mirar hacia otro lado para ocultar una sonrisa al oír la prosaica interpretación que un escritor occidental dio al poema de Ravidas.

   “Después de construir un cobertizo, puso en él un ídolo de cuero y se dedicó a adorarle”.

   Ravidas fue un hermano discípulo del gran Kabir. Una de las elevadas chelas de Ravidas fue Rani de Chitor. Ésta invitó a un gran número de brahmines a una fiesta en honor de su maestro, pero ellos rehusaron comer con un humilde zapatero. Cuando se sentaron con actitud distante para comer su propia e incontaminada comida, ¡he aquí que cada brahmin encontró a su lado la forma de Ravidas! Esta visión colectiva tuvo como consecuencia un renacimiento espiritual general en Chitor.

   Pocos días después nuestro pequeño grupo llegó a Calcuta. Deseoso de ver a Sri Yukteswar, me sentí desilusionado al saber que se había marchado de Serampore y ahora estaba en Puri, unos cuatrocientos cincuenta kilómetros al Sur.

   “Ven enseguida al ashram de Puri”. Este telegrama fue enviado el 8 de Marzo por un hermano discípulo a Atul Chandra Roy Chowdhry, uno de los chelas del Maestro en Calcuta. A mis oídos llegaron noticias de este mensaje; angustiado por lo que pudiera significar, caí de rodillas e imploré a Dios que perdonara la vida a mi gurú. Cuando iba a salir de casa de mi padre para tomar el tren, oí una voz divina interior.

   “No vayas a Puri esta noche. Tu ruego no puede ser atendido”.

   “Señor”, dije, “Tú no deseas entablar un ‘tira y afloja’ conmigo en Puri. Tú no desoirías mis incesantes oraciones por la vida del Maestro. ¿Debe entonces irse, a petición Tuya, para emprender tareas más elevadas?”.

   Obedeciendo el mandato interior, no salí para Puri esa noche. Al día siguiente por la tarde me dirigí a tomar el tren; por el camino, a las siete, una oscura nube astral cubrió de pronto el cielo11. Más tarde, mientras el tren rugía hacia Puri, tuve una visión de Sri Yukteswar. Estaba sentado, con semblante muy serio, con una luz a cada lado.

   “¿Se acabó todo?”. Levanté los brazos suplicante.

   Él asintió, después se desvaneció lentamente.

   A la mañana siguiente, mientras me encontraba en el andén de la estación de Puri, esperando todavía más allá de toda esperanza, se me acercó un desconocido.

   “¿Sabe que su Maestro se ha ido?”. Se marchó sin decir nada más; nunca supe quién era ni cómo había sabido dónde encontrarme.

   Anonadado, me tambaleé contra la pared del andén, comprendiendo que mi gurú estaba intentando transmitirme la devastadora noticia por distintos medios. La rebelión hervía en mi interior, mi alma era como un volcán. Cuando llegué a la ermita de Puri estaba a punto de desplomarme. La voz interior me repetía tiernamente: “Recóbrate. Ten calma”.

   Entré en la habitación del ashram donde estaba el cuerpo del Maestro, inimaginablemente natural, estaba sentado en la postura de loto, el vivo retrato de la salud y la belleza. Poco tiempo antes de su defunción, mi gurú había estado ligeramente indispuesto, con fiebre, pero antes del día de su ascensión al Infinito, su cuerpo se había recuperado por completo. Por mucho que miraba su querido cuerpo, no podía tomar conciencia de que la vida había desaparecido de él. La piel estaba tersa y suave; su rostro tenía una beatífica expresión de tranquilidad. Había renunciado conscientemente al cuerpo a la hora de la cita mística.

   “¡El león de Bengala se ha ido!”, exclamé aturdido.

   Dirigí los rituales solemnes el 10 de Marzo. Sri Yukteswar fue enterrado12 con los antiguos rituales de los swamis en el jardín del ashram de Puri. Más tarde llegaron discípulos de todas partes para honrar a su gurú en el servicio conmemorativo del equinoccio de primavera. El Amrita Bazar Patrika, principal periódico de Calcuta, publicó así su retrato:

   La ceremonia de funeral Bhandara por Srimat Swami Sri Yukteswar Giri Maharaj, de 81 años de edad, tuvo lugar en Puri el 21 de Marzo.

   Uno de los mayores exponentes del Bhagavad Gita, Swami Maharaj fue un gran discípulo de Yogiraj Sri Shyama Charan Lahiri Mahasaya, de Benarés. Swami Maharaj fundó en la India varios centros Yogoda Sat-Sanga (Fraternidad para la Autorrealización) y fue el gran inspirador del movimiento que ha llevado el yoga a Occidente de la mano de Swami Yogananda, su principal discípulo. Los poderes proféticos y la profunda realización de Sri Yukteswarji, inspiraron a Swami Yogananda a cruzar el océano y expandir por América el mensaje de los maestros de la India.

   Sus interpretaciones del Bhagavad Gita y otras escrituras, dan testimonio del profundo dominio que Sri Yukteswarji tenía de la Filosofía, tanto oriental como occidental, y permanecen como una revelación de la unidad entre Oriente y Occidente. Puesto que él creía en la unidad de todas las doctrinas religiosas, Sri Yukteswar Maharaj creó Sadhu Sabha (Sociedad de los Santos) con la cooperación de líderes de varias sectas y doctrinas, para inculcar el espíritu científico de la religión. En el momento de su desaparición nombró a Swami Yogananda su sucesor como presidente de Sadhu Sabha.

   La India se empobrece hoy con la defunción de un maestro de semejante talla. Ojalá todos cuantos tuvimos la fortuna de estar cerca de él, nos imbuyamos del verdadero espíritu de la cultura india y la sadhana que él personificó.

   Regresé a Calcuta. Sin confianza en mí mismo como para ir a la ermita de Serampore, con sus sagrados recuerdos, llamé a Prafulla, el pequeño discípulo de Sri Yukteswar de Serampore, y tomé las medidas necesarias para que entrara en la escuela de Ranchi.

   “La mañana que usted se marchó para la mela de Allahabad”, me dijo Prafulla, “el Maestro se dejó caer pesadamente en el sofá cama.

   “‘¡Yogananda se ha ido!’, exclamó. ‘Yogananda se ha ido!’. Añadió enigmáticamente, ‘Tenía que habérselo dicho de otra forma’. Después se sentó en silencio durante horas”.

   Mis días estaban repletos de conferencias, clases, entrevistas y reuniones con viejos amigos. Tras una sonrisa vacía y una vida de actividad incesante, una oscura y perturbadora corriente contaminaba el río interior de dicha que había serpenteado durante muchos años bajo las arenas de todas mis impresiones.

   “¿A dónde se ha ido el sabio divino?”. Lloraba silenciosamente desde la profundidad de un espíritu atormentado.

   No obtenía respuesta.

   “Que el Maestro haya completado su unión con el Amado Cósmico es lo mejor que pudo pasar”, me aseguraba la mente. “Está brillando eternamente en los dominios de la inmortalidad”.

   “Nunca volverás a verle en la gran casa de Serampore”, se lamentaba mi corazón. “Nunca más llevarás a tus amigos a conocerle o dirás con orgullo: “¡Mirad, éste es el Jnanavatar de la India!”.

   El Señor Wright hizo todos los preparativos para que nuestro grupo navegara desde Bombay hacia Occidente a comienzos de Junio. Después de pasar la última quincena de Mayo en Calcuta, asistiendo a banquetes de despedida y dando conferencias, la Señora Bletch, el Señor Wright y yo salimos hacia Bombay en el Ford. Al llegar, las autoridades portuarias nos pidieron que canceláramos nuestro pasaje, pues no habían podido encontrar sitio para el Ford, que volveríamos a necesitar en Europa.

   “No importa”, le dije con tristeza al Señor Wright. “Quiero volver a Puri una vez más”. Añadí en silencio, “Que mis lágrimas rieguen de nuevo la tumba de mi gurú”.

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1 Literalmente, param, el más alto; hansa, cisne. El hansa se representa en las escrituras populares como el vehículo de Brahma, el Espíritu Supremo; como símbolo del discernimiento, se supone que el cisne hansa blanco es capaz de separar el verdadero néctar soma de una mezcla de leche y agua. Ham-sa (pronunciado hong-sau) son dos palabras sánscritas recitativas que poseen una conexión vibratoria con la respiración que entra y sale. Aham-Sa significa literalmente “Yo soy Él”. Volver

2 En general ellos han eludido la dificultad dirigiéndose a mí como sir. Volver

3 Swami Sebananda todavía dirige una pequeña y floreciente escuela de yoga para niños en Puri y grupos de meditación para adultos. Periódicamente se convocan en ella reuniones de santos y pundits. Volver

4 Un sector de Calcuta. Volver

5 Aforismos: II:9. Volver

6 Las melas religiosas son mencionadas en el antiguo Mahabharata. El viajero chino Hieuen Tsiang ha dejado un relato de una gran Kumba Mela celebrada en Allahabad en el año 644 d.C. La mela más grande se celebra cada doce años; la siguiente Kumbha en tamaño (Ardha omediana) se celebra cada seis años. Cada tres años se convocan melas más pequeñas, que atraen a millones de devotos. Las cuatro ciudades sagradas con melas son Allahabad, Hardwar, Nasik y Ujjain.

Los primeros viajeros chinos nos han dejado muchas imágenes sorprendentes de la sociedad india. El sacerdote chino Fa-Hsien, escribió un relato de sus once años en la India durante el reinado de Chandragupta II (comienzo del siglo IV). El autor chino cuenta: “En todo el país nadie mata a ningún ser vivo, no beben vino… No crían cerdos ni aves de corral; no se negocia con el ganado ni existen carnicerías ni destilerías. A los sacerdotes residentes y en viaje, se les proporcionan habitaciones con camas y colchones, alimento y ropa, sin falta, y esto es así en todas partes. A su vez los sacerdotes se ocupan de la ayuda benéfica y de cantar la liturgia o se sientan en meditación”. Fa-Hsien nos dice que la gente de la India es feliz y honesta; no se conoce la pena de muerte. Volver

7 No estuve presente en la muerte de mi madre, de mi hermano mayor, Ananta, de mi hermana mayor, Roma, del Maestro, mi padre y varios discípulos cercanos.

(Mi padre falleció en Calcuta en 1942, a la edad de ochenta y nueve años). Volver

8 Los cientos de miles de sadhus indios están dirigidos por un comité ejecutivo de siete líderes, que representan los siete grandes sectores de la India. El actual mahamandaleswar o presidente, es Joyendra Puri. Este hombre santo es extremadamente reservado, a menudo limita su discurso a tres palabras, Verdad, Amor y Trabajo. ¡Suficiente conversación! Volver

9 Parece que existen muchos métodos para burlar a los tigres. Un explorador australiano, Francis Birtles, contó que encontraba las selvas indias “variadas, bonitas y seguras”. Su amuleto para estar a salvo era el papel matamoscas. “Todas las noches esparcía cierta cantidad de hojas alrededor de mi campamento y nunca fui molestado”, explicó. “La razón es psicológica. El tigre es un animal con una gran conciencia de la dignidad. Ronda y reta a los hombres hasta que llega al papel matamoscas; entonces se escabulle. ¡Ningún tigre digno se enfrentaría a un ser humano teniendo que acecharle sobre papel matamoscas engomado!”. Volver

10 Al regresar a América perdí 34 kilos. Volver

11 Sri Yukteswar falleció a esa hora, las 7:00, el 9 de Marzo de 1936. Volver

12 Las costumbres funerarias de la India establecen la cremación para las personas laicas; los swamis y monjes de las demás órdenes no son cremados, sino enterrados. (A veces hay excepciones). Se considera simbólicamente que los cuerpos de los monjes se someten a la cremación en el fuego de la sabiduría en el momento de tomar los votos monásticos. Volver

 
         
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