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Autobiografia de un Yogui
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Capítulo Cuarenta y Siete

Regreso a Occidente

   “He impartido muchas lecciones de yoga en la India y América; pero debo confesar que, como hindú, soy excepcionalmente feliz dirigiendo una clase para estudiantes ingleses”.

   Los miembros de mi clase, en Londres, se rieron agradecidos; ningún trastorno político enturbió jamás nuestra paz en yoga.

   La India era ya un recuerdo sagrado. Estamos en Septiembre de 1936; me encuentro en Inglaterra para cumplir la promesa, hecha dieciséis meses antes, de dictar una conferencia en Londres.

   También Inglaterra es receptiva al mensaje intemporal del yoga. Los periodistas y cámaras gráficos se arremolinaban en mis habitaciones de Grosvenor House. El British National Council of the World Fellowship of Faiths organizó un encuentro el 29 de Septiembre en Whitfield’s Congregational Church, donde me dirigí a una audiencia con el gran tema “Cómo la Fe en la Fraternidad puede Salvar la Civilización”. Las conferencias de las ocho en el Caxton Hall atraían tales multitudes, que en dos ocasiones quienes no consiguieron asiento esperaron a mi segunda charla de las nueve y media en el auditorio Windsor House. Durante las siguientes semanas las clases de yoga crecieron tanto que el Señor Wright se vio obligado a cambiarlas para otra sala.

   La tenacidad inglesa se expresa de una forma admirable en las relaciones espirituales. Tras mi marcha, los estudiantes londinenses de yoga se organizaron fielmente por sí mismos en un centro de Self-Realization Fellowship, manteniendo sus reuniones de meditación semanales durante los amargos años de la guerra.

   Semanas inolvidables en Inglaterra; días de turismo por Londres, después por el bello campo inglés. El Señor Wright y yo convocábamos al leal Ford para visitar los lugares de nacimiento y las tumbas de los grandes poetas y héroes de la historia británica.

   A finales de Octubre nuestro pequeño grupo se embarcó en Southampton, en el Bremen, con destino a América. En el puerto de Nueva York, la majestuosa Estatua de la Libertad no sólo puso un nudo en la garganta de la Señora Bletch y el Señor Wright, sino también en la mía.

   El Ford, un poco magullado de las luchas contra los suelos antiguos, todavía se mantenía poderoso; ahora se echó a las espaldas el viaje transcontinental a California. Al final de 1936, ¡allí estaba!, Monte Washington.

   Anualmente, en el centro de Los Ángeles las fiestas de final de año se celebran el 24 de Diciembre con una meditación en grupo de ocho horas (Navidad Espiritual), seguida el día veinticinco por un banquete (Navidad Social). Ese año la asistencia a las festividades se vió aumentada con la presencia de amigos y estudiantes queridos de ciudades lejanas, que llegaron para dar la bienvenida a casa a los tres viajeros de la vuelta al mundo.

   El banquete del Día de Navidad incluyó delicias traídas de veinte mil kilómetros de distancia para esta alegre ocasión: setas gucchi de Kachemira, rasagulla y pulpa de mango enlatados, dulce papar y un aceite de la flor india keora que dio sabor a nuestro helado. La tarde sorprendió al grupo alrededor del enorme y resplandeciente árbol de Navidad, con la chimenea cercana crepitando con aromáticos troncos de ciprés.

   ¡Hora de los regalos! Presentes traídos de lejanos rincones de la tierra, Palestina, Egipto, la India, Inglaterra, Francia, Italia. ¡Qué laboriosamente había contado el Señor Wright los baúles en cada transbordo en el extranjero para que ninguna mano ratera recibiera los tesoros destinados a los seres queridos de América! Recuerdos de los sagrados olivos de Tierra Santa, delicados encajes y bordados de Bélgica y Holanda, alfombras persas, chales de Kachemira finamente tejidos, bandejas con la duradera fragancia de sándalo de Mysore, piedras de “ojo de buey” de Shiva procedentes de las Provincias Centrales, viejas monedas indias de dinastías desaparecidas, floreros y copas incrustados de joyas, miniaturas, tapices, incienso y perfume para el templo, swadeshi de algodón estampado, obras lacadas, tallas en marfil de Mysore, zapatillas persas con sus largas y curiosas punteras, pintorescos manuscritos antiguos iluminados, terciopelos, brocados, bonetes Gandhi, loza, azulejos, trabajos en latón, tapetes para la oración, ¡un botín de tres continentes!

   Bajo el árbol se formó un inmenso montón de paquetes alegremente envueltos que fui distribuyendo uno a uno.

   “¡Hermana Gyanamata!”. Tendí una gran caja a la santa americana de dulce rostro y profunda realización, quien, en mi ausencia, se había hecho cargo de Monte Washington. Del papel de seda sacó un sari dorado de seda de Benarés.

   “Gracias, señor; trae el espectáculo de la India ante mis ojos”.

   “¡Señor Dickinson!”. El siguiente paquete contenía un regalo que había comprado en un bazar de Calcuta. “Al Señor Dickinson le gustará esto”, pensé en aquel momento. Un devoto querido, el Señor Dickinson había estado presente en todas las festividades de Navidad desde la fundación de Monte Washington en 1925. En esta decimoprimera celebración estaba de pie ante mí, desatando las cintas de su pequeño paquete cuadrado.

   “¡La copa de plata!”. Luchando con la emoción, miraba fijamente el regalo, una copa alta. Se sentó a cierta distancia, aparentemente aturdido. Le sonreí con cariño antes de retomar mi papel de Santa Claus.

   La tarde llena de exclamaciones terminó con una oración al Dador de todos los dones; a continuación un grupo cantó villancicos.

   Algún tiempo después el Señor Dickinson y yo estábamos conversando cuando me dijo:

   “Señor, por favor permítame darle ahora las gracias por la copa de plata. Durante la noche de Navidad no encontré palabras”.

   “Compré el regalo especialmente para usted”.

   “¡He estado esperando esa copa de plata durante cuarenta y tres años! Es una larga historia, que he mantenido oculta en mi interior”. El Señor Dickinson me miraba con timidez. “El comienzo fue trágico: estaba ahogándome. Mi hermano mayor me había empujado, jugando, a una piscina de cinco metros de profundidad en una pequeña ciudad de Nebraska. Yo sólo tenía cinco años. Cuando estaba a punto de hundirme por segunda vez en el agua, apareció una deslumbrante luz multicolor que llenó todo el espacio. En medio estaba la figura de un hombre de ojos serenos y sonrisa tranquilizadora. Mi cuerpo estaba hundiéndose por tercera vez cuando uno de los compañeros de mi hermano dobló una larga y fina rama de sauce lo suficiente como para que yo me agarrara a ella con dedos desesperados. Los chicos me sacaron a la orilla y me aplicaron con éxito los primeros auxilios.

   “Doce años después, siendo un joven de diecisiete años, visité Chicago con mi madre. Era en 1893; el gran World Parliament of Religions celebraba una sesión. Mi madre y yo paseábamos por una calle importante cuando vi de nuevo el inmenso destello de luz. Algunos pasos más allá, caminando con calma, apareció el mismo hombre que yo había contemplado años antes en mi visión. Se acercó a un gran auditorio y desapareció por la puerta.

   “‘Madre”, exclamé, ‘ése era el hombre que apareció cuando me ahogaba!’.

   “Nos precipitamos dentro del edificio; el hombre estaba sentado en el estrado de los oradores. Pronto supimos que era Swami Vivekananda, de la India1. Después de que él pronunciara un inspirador discurso me adelanté para saludarle. Me sonrió gentilmente, como si fuéramos viejos amigos. Yo era tan joven que no sabía cómo dar expresión a mis sentimientos, pero en mi corazón esperaba que se ofrecería a ser mi maestro. Leyó mi pensamiento.

   “‘No, hijo mío, yo no soy tu gurú’. Vivekananda miraba con sus bellos y brillantes ojos dentro de los míos. ‘Tu maestro vendrá más tarde. Te regalará una copa de plata’. Tras una pequeña pausa añadió sonriendo, ‘Derramará sobre ti más bendiciones de las que ahora eres capaz de contener’.

   “Me fui de Chicago pocos días después”, continuó el Señor Dickinson, “y no volví a ver al gran Vivekananda nunca más. Pero cada palabra que pronunció estaba indeleblemente escrita en lo más íntimo de mi conciencia. Pasaron los años; no aparecía ningún maestro. Una noche, en 1925, oré profundamente para que el Señor me enviara a mi gurú. Pocas horas después me despertó una delicada melodía. Ante mí apareció un grupo de seres celestiales, con flautas y otros instrumentos. Tras llenar el aire con una música gloriosa, los ángeles desparecieron despacio.

   “Al día siguiente por la tarde asistí por primera vez a una de sus conferencias aquí, en Los Ángeles y supe que mi oración había sido escuchada”.

   Nos sonreímos en silencio.

   “Durante once años he sido su discípulo en Kriya Yoga”, siguió el Señor Dickinson. “A veces me he preguntado sobre la copa de plata; casi me había convencido a mí mismo de que las palabras de Vivekananda eran sólo metafóricas. Pero la noche de Navidad, mientras usted me tendía la caja cuadrada que cogió del árbol, vi por tercera vez en mi vida el mismo intenso destello luminoso. Al minuto siguiente estaba mirando el regalo de mi gurú que Vivekananda me había predicho cuarenta y tres años antes, ¡una copa de plata!”.

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1 El principal discípulo del maestro Crístico Sri Ramakrishna.  Volver

 
         
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